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Chauchilla, las momias del Valle de la Muerte

Viernes 31 de Agosto, 2012
De un extremo al otro, nuestro viaje por Perú continúa envuelto por un fino halo de misterio que se palpa en cada población, en cada montaña, en cada selva… Atrás dejamos la región amazónica y, tras una breve pero necesaria parada en Lima, iniciamos el descenso hacia las provincias del sur. Allí nos aguardan algunas de las momias más misteriosas y antiguas del mundo.
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Aquí el desierto acaricia montañas y depresiones. “Se nota –comenta uno de nuestros acompañantes– que ‘;el niño’ está cerca”. El temido fenómeno meteorológico se presenta cíclicamente cada siete u ocho años, haciendo que llueva en el desierto y que las zonas húmedas sufran sequías. El tiempo cambia, muta bruscamente convirtiendo el caos en más caos.
Aquí, en Nazca, en la pampa colorada de san José de Socos, nunca llueve. Al menos no tanto como se desearía; apenas un par de horas o tres al año. No más. Sus misteriosas líneas, a las que aún nadie ha podido dar explicación definitiva, han dado fama mundial a esta zona del planeta, que en este caso se ha “beneficiado” del citado fenómeno atmosférico; el calor impide que las corrientes frías que llegan desde el Pacífico penetren más allá de la costa, impidiendo que las nubes descarguen sobre lugares como éste, y que así los gigantescos geoglifos se hayan mantenido en el del Valle del Ingenio –qué nombre más acertado– con el paso de los siglos.
Y es que pese a los datos que se acumulan, lo cierto es que la cultura Nazca, que vivió en esta región costera del Perú preincaico, continúa rodeada de misterio, por lo menos en lo que a la “construcción” de sus líneas se refiere. Pero hay más, como veremos después… Hace mil años los nazcas sustituían en el dominio de las tierras costeras a la cultura Paracas, que hasta ese momento había dominado este basto desierto bañado por el Pacífico en el oeste del continente sudamericano. Ambos pueblos, muy avanzados, trabajaban la cerámica y los textiles de modo que no se volvería a ver nada igual hasta cientos de años después de su desaparición.
Así pues, cuando un pueblo avanza hasta límites incomprensibles para su tiempo, inexorablemente, y como ha demostrado la propia historia, aparecen preocupaciones más elevadas; la trascendencia en estado puro; la religión, el fervor fanático y los sacrificios humanos que se hicieron habituales en los pueblos primitivos.
De las enigmáticas líneas ya hemos hablado en otras ocasiones, por lo que no lo haremos una más. Sin embargo, en estas mismas latitudes, y a ras de desierto, los nazcas dejaron otro gran misterio que por su crudeza y “descaro” pone espanto en el corazón. Y es que este pueblo, al igual que hicieran otras culturas en tiempos remotos, acudió a la momificación como forma de alcanzar la eternidad. La religión era el foco de todos sus miedos; el juicio llegaba tras la muerte, y la única forma de hacer un quiebro al infausto destino que aguardaba al difunto, era precisamente la momificación, que aquí, en el Valle de la Muerte de Nazca, nos mira desde las cuencas vacías de estas momias milenarias…
(continúa la información en revista ENIGMAS 160)
Juan José Revenga y Lorenzo Fernández Bueno
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