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JADE: PIEDRA GUÍA DEL MÁS ALLÁ

Martes 21 de Agosto, 2012
Paco González

Igualados ante la muerte, gobernantes y chamanes de la antigua China y la América precolombina eligieron el jade no sólo como medio para subrayar el elevado rango social que ostentaron en vida, sino como vehículo que les garantizara un tránsito sin complicaciones hacia el más allá. Extrañamente, pese a la enorme distancia geográfica que separaba a ambas civilizaciones, muchos de sus rituales –además de los funerarios– otorgaban a este bello mineral un papel determinante, muy por encima de cualquier otro. No en vano, lo estimaban como puente entre la Tierra y el Cielo.
El oro es valioso, pero el jade es inapreciable», reza una antigua sentencia china. Curiosamente, este mineral fue igualmente estimado en Mesoamérica, donde simbolizaba el maíz tierno y era considerado como una especie de «piedra angular de la Creación». No es extraño, pues, que ambas civilizaciones otorgaran al jade un protagonismo casi inaudito.

El jade pasó a convertirse en protagonista absoluto de sus rituales funerarios, habiéndose hallado importantes ajuares con el mismo tanto en China como en la América prehispánica. Sin embargo, a propósito de los usos concretos de este bello mineral, son menos conocidas las asombrosas coincidencias entre dichas ceremonias… Si cabe hablar de coincidencias.

Porque, ¿puede calificarse como casual que un soberano maya y otro de la antigua China fuesen enterrados con una cuenta de jade en el interior de la boca? ¿Lo es también el extraordinario parecido entre las máscaras olmecas y las pertenecientes, por ejemplo, a la dinastía Han?…
Cuenta el Popol Vuh –libro sagrado de los mayas quichés–, que cuando los dioses gemelos Hunahpú e Ixbalanqué descendieron al Xibalbá o inframundo, pasaron una noche en la Casa de los Murciélagos. Allí, para protegerse, ambos durmieron en el interior de sus cerbatanas. Pero cuando Hunahpú asomó la cabeza para ver si ya había amanecido, Camaztoz –la gran bestia– se la cortó. Avergonzado, Ixbalanqué convocó a los animales y, de entre ellos, apareció una tortuga, que se colocó sobre los hombros de Hunahpú, reemplazando así su cabeza. Después, Hunahpú recuperó la vista y el habla y, finalmente, volvió a la vida…
Como otros del Popol Vuh, este relato guarda una enseñanza más allá de su simpleza formal. De una parte, subraya la similitud existente entre el caparazón de una tortuga y la imagen fragmentada de las máscaras de jade funerarias mayas. Por otro lado, incide en las cualidades sobrenaturales que los mayas atribuían a las máscaras.

Hoy, cuando celebramos el 60 aniversario del hallazgo del sarcófago de Pakal el Grande, en Palenque, sabemos que su extraordinaria máscara y el resto de su ajuar funerario no sólo simbolizaban el tránsito del alma al reino de los muertos, sino que garantizaban la transformación en dios del más conocido de los soberanos mayas…
«Una enorme sala vacía que parecía tallada en hielo, una especie de gruta cuyas paredes y techo semejaban superficies perfectas, o una capilla abandonada cuya cúpula estuviera cubierta de estalactitas y de cuyo suelo surgían gruesas estalagmitas como los goteos de una vela», así describía el arqueólogo Alberto Ruz Lhuillier la tumba de K'inich Janaab' Pakal –también conocido como Pakal II o el Grande–, cuando accedió a la misma, en junio de 1952, después de tres años de minucioso trabajo de desescombro, en el interior del Templo de las Inscripciones de Palenque, la más célebre de las ciudades-estado mayas… (Continúa en AÑO/CERO 265).

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