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Nueva York, los habitantes del subsuelo

Miércoles 20 de Diciembre, 2017
El inmenso entramado de su red de transporte subterráneo muestra la cara más dura y menos apetecible de la gran manzana, por ello constituye un terreno para apariciones fantasmales y toda clase de sucesos imposibles, además de ser la puerta de entrada a un inframundo habitado por criaturas mutantes y peligrosas tribus urbanas. Por Javier Peinado.

Todos los que hemos visto alguna vez la película Ghost recordamos la escena en la que un fantasma con serios problemas de autocontrol sembraba el caos en los vagones del metro de Nueva York. Lo cierto es que, si bien no se tiene constancia de una actividad poltergeist tan evidente, no son pocos los neoyorquinos que en ocasiones achacan comportamientos anómalos en el metro a presencias espectrales antes que a fallos eléctricos o averías mecánicas. De acuerdo a datos oficiales, tan sólo en 2013 casi 6 millones de personas se desplazaron diariamente a través de este descomunal suburbano –el más grande del planeta–, cuya extensión se estima en casi 470 estaciones repartidas entre más de 1.350 km de vías. Cifras que no hacen sino demostrar la existencia de otra ciudad paralela cuyos habitantes se enfrentan a misterios similares a los de la superficie… apariciones fantasmagóricas incluidas.

A finales de octubre de 2015, la edición online del diario am-NewYork publicó un revelador artículo que puso de manifiesto cómo a día de hoy los fenómenos paranormales parecen ser una realidad para numerosos viajeros, con apariciones de familiares fallecidos en las estaciones cercanas al barrio de East Village o comportamientos inusuales en las puertas de vagones vacíos de la línea 1, por citar algunos ejemplos.

 

PRÓXIMA ESTACIÓN… FANTASMA

Pero si hay una localización que podamos catalogar como «estación fantasma», esa es sin duda City Hall. Inaugurada el 27 de octubre de 1904, ya entonces era considerada como una de las estaciones más bonitas y espectaculares del recién creado sistema de transporte público. Suntuosos candelabros, mosaicos de cristal, bóvedas catalanas obra del arquitecto español Rafael Guastavino y lujosas decoraciones popularizaron la parada como un auténtico logro arquitectónico. Lamentablemente, la imposibilidad de adaptar las vías en curva a los nuevos trenes y la importancia de la cercana estación de Brooklyn Bridge provocó su cierre a finales de 1945, convirtiéndose en una auténtica cápsula del tiempo que todavía alberga prácticamente inalterado todo el encanto de comienzos de siglo.

Si bien es posible echar un breve vistazo a esta joya del antiguo Nueva York cuando la línea 6 realiza el giro en dirección norte, tras llegar al final de la misma, la única forma de visitarla es inscribiéndose en los limitadísimos tours guiados que el Museo de Tránsito de Nueva York ofrece a sus miembros. Lamentablemente, las condiciones que dicho organismo impone a los medios de comunicación, tanto para las visitas como para la concesión de entrevistas, atentan flagrantemente contra la libertad de prensa, por lo que me vi obligado a buscar otras fuentes más serias y profesionales.

Por suerte, en la ciudad más encantada de EE. UU. no faltan expertos en misterios paranormales, incluso cuando éstos suceden bajo tierra. Philip Schoenberg, profesor de historia en la Vaughn College y reputado guía turístico especializado en rutas fantasmagóricas por Nueva York, tuvo la amabilidad de compartir conmigo sus conocimientos referentes al tétrico pasado de esta estación tan particular. De acuerdo al Dr. Schoenberg, todo empezó cuando los responsables de las obras de construcción de las líneas N y R estaban trabajando en la estación de City Hall, donde comenzaron a escuchar desgarradores lamentos. En un primer momento, nadie fue capaz de interpretar el contenido de estos mensajes indescifrables, hasta que un operario, miembro de la tribu nativa LenniLenape –que habitó Manhattan en tiempos anteriores a las invasiones europeas– reconoció como suya la lengua de estas voces de ultratumba.

«Explicó que hubo una cruenta batalla en esa misma localización, y que los perdedores, al no haber recibido jamás un entierro digno, continúan vagando por el mundo de los espíritus en una suerte de versión india del Purgatorio», me explica Schoenberg. Al parecer, las víctimas de esta masacre finalmente lograron descansar en paz tras la ceremonia de un brujo que acudió al lugar para conducir un servicio fúnebre.

 

EL ALCALDE ESPECTRAL

Si bien es la historia de espectros más popular ambientada en la estación, está lejos de ser la única. Buen ejemplo de ello es la que implica al difunto alcalde George McClellan, quien supuestamente ha sido visto en más de una ocasión a altas horas de la noche conduciendo el mismo tren que partió de City Hall a Harlem en 1904. Según se dice, McClellan disfrutó tanto de aquel viaje inaugural, que ha estado conduciendo el tren a la calle 103… ¡hasta el día de hoy!

Aunque menos populares, existen otras paradas con fama de estar habitadas por espectros. Una de ellas es Astor Place, en plena ciudad universitaria de Manhattan, donde de acuerdo a la leyenda un tren fantasma con el magnate del transporte August Belmont al volante recorre la línea de Lexington Avenue que él mismo inauguró. A buen seguro, los testimonios de personas que aseguran haber visto un ente espectral en este crudo y en ocasiones espeluznante entorno subterráneo continuarán en el futuro.

¡Hay quien afirma incluso haber visto a Fala, la perrita Scottish terrier del presidente Franklin Delano Roosevelt, esperando a su dueño en los andenes de la estación de Grand Central!

 

LOS MORADORES DE LAS PROFUNDIDADES

De los más de 1.300 kilómetros de vías que conforman el sistema de transporte subterráneo, aproximadamente 180 no son transitables, con estaciones abandonadas y túneles desatendidos, donde hace años que ni trenes ni personal de mantenimiento hacen acto de presencia. Para prácticamente cualquiera, este desolador submundo no es más que un nido de enfermedades repleto de peligros. Nadie en su sano juicio osaría adentrarse en dicha zona… Sin embargo, cientos de neoyorquinos lo consideran su hogar.

Durante décadas, estos «habitantes de las profundidades» se convirtieron en protagonistas de numerosas leyendas urbanas, herederas de los mitos presentes en toda clase de culturas que ubican a los miembros menos aptos de la sociedad –esclavos, fugitivos y criminales– subsistiendo bajo tierra.

Los rumores que apuntan a individuos viviendo en las profundidades de la ciudad llevan décadas circulando de boca en boca, tan sólo para ser ignorados por el descrédito y el silencio institucional. Todo cambió en 1993, cuando Jennifer Toth, intrépida periodista de Los Angeles Times, publicó un demoledor libro que descubrió para el mundo la existencia de estos «hombres topo» (como comúnmente se les denomina), habitantes del mundo subterráneo de la Gran Manzana.

En Bajo el asfalto: la vida en los túneles de Nueva York, la joven reportera –quien tuvo que huir de la ciudad debido a las amenazas de muerte recibidas– destapó para siempre el velo que cubría una de las verdades más incómodas de la sociedad estadounidense: el inframundo donde comunidades enteras de desfavorecidos nacen y mueren entre tinieblas. El trabajo de Toth abrió el camino a otros investigadores que desde entonces han indagado en este asunto para documentales tan destacados como Dark Days (2000) y Voices in the Dark (2008).

 

EL INFIERNO ES REAL

La investigación de Toth narra de forma precisa y detallada sus experiencias tras internarse en la red de túneles abandonados que conectan la ciudad; un submundo de inmensa complejidad estructurado en un sistema de capas interconectadas que en ocasiones llegan a alcanzar 18 niveles de profundidad. Gracias a una red de contactos que accedieron a guiarla, llegó a familiarizarse con lo que ella misma denominó «otra ciudad bajo las calles». Sus moradores son indigentes de todas las edades –desde madres con bebés recién nacidos a ancianos, pasando por adolescentes con tendencias suicidas– que optan por la relativa seguridad y el cobijo que proporcionan las profundidades frente al mundo exterior.

Estigmatizados como parias en la superficie, estos individuos han roto sus lazos con la sociedad para abrazar una nueva vida bajo tierra. Y, sorprendentemente, han sabido adaptarse con notable éxito, agujereando tuberías para lavarse, manipulando la red eléctrica para extraer electricidad y desarrollando un sistema propio de comunicación para alertar de la presencia de intrusos.

Más sorprendente aún es su organizada red jerárquica, con líderes comunitarios que ejercen de alcaldes y portavoces, y «exploradores» que salen a la superficie en busca de bienes e información. La mayoría vive entre el subsuelo y el exterior, trabajando o robando durante el día para regresar de noche a los túneles. Pero es en los niveles inferiores, en el abismo ignoto e insondable que subyace en las entrañas de Nueva York, donde moran los auténticos «hombres topo» de las leyendas, los que han sacrificado su humanidad a cambio de la más absoluta soledad. Pocos logran regresar a la vida en el mundo exterior, y los que lo consiguen se ven incapaces de adaptarse, optando por regresar a las profundidades.

Se trata de un entorno hostil, depresivo e inmisericorde, donde las ganas de vivir y las necesidades de pertenencia al grupo en sus pequeñas comunidades contrastan de forma paradójica con situaciones marcadas por la más absoluta deshumanización. Y es que la particular solidaridad imperante en este reino subterráneo no debe hacernos olvidar que buena parte de sus pobladores son drogadictos, enfermos mentales y peligrosos criminales que sobreviven en un mundo con reglas propias, donde atrocidades como los asesinatos y las violaciones son habituales. Cientos de personas despiertan cada día bajo tierra para vivir una auténtica pesadilla, alimentándose de ratas –o «conejos de las vías», como algunos las llaman– y rodeados de trampas mortales –como el temido «tercer raíl»– que pueden sesgar sus vidas en un instante.

 

MUTANTES Y TRIBUS DE CANÍBALES

Pero esto no es todo. Más allá del indescriptible drama humano, algunos de los testimonios de Toth dan cuenta de situaciones, sucesos y personajes cuyo entendimiento escapa a la razón. Artistas urbanos, operarios del metro e incluso agentes de policía hablan de aterradores seres dotados de visión nocturna, mutantes con extremidades adaptadas a la vida subterránea e incluso salvajes grupos de caníbales que roban y asesinan a cualquiera que ose adentrarse en sus dominios.

Un auténtico infierno que tendría incluso su propio diablo, un espeluznante individuo con los ojos inyectados en sangre y conocido entre la comunidad sin techo como «El Ángel Oscuro», quien afirma ser la encarnación del mal.

Jamall, uno de los habitantes de este submundo, asegura que una extraña comunidad de «pequeños hombres pájaro» –que emplean un lenguaje similar al de las aves– vive en un sistema natural de cuevas situado en el acantilado de Ghost Cliff, al final de un túnel sobre el río Harlem.

Relatos verdaderamente increíbles que han sido objeto de no poco escepticismo por parte de autores que han acusado a Toth de mezclar ingeniosamente realidad con ficción. Una crítica que, si bien podría estar justificada, no basta para negar la mísera existencia de las comunidades que subsisten a cientos de metros bajo el suelo ni los terroríficos enigmas de las profundidades de nueva York que todavía están por desvelar.

Ansioso por conocer más, me dirijo al cruce entre la calle 48 y la Décima Avenida, en pleno barrio de Hell’s Kitchen, donde de acuerdo a la obra de Toth debería existir una explanada olvidada por todos que una activa comunidad de «hombres topo» utilizaba como acceso a su hogar subterráneo en la década de los 90. Las vías abandonadas y el inicio de los tétricos túneles me reciben en silencio. Nadie miraría aquí dos veces o se detendría a echar un vistazo en su camino hacia el río Hudson.

Pero para los que sabemos dónde mirar, el lugar está cargado de tristeza y recuerdos. Fijo mi vista en la oscuridad del túnel durante un buen rato con la esperanza de vislumbrar algún movimiento. Nada. A mi lado, por la acera, pasa uno de los miles de indigentes con problemas mentales que deambulan cada día por la metrópolis, discutiendo consigo mismo. Me pregunto si al caer la noche buscará refugio y comprensión en túneles similares.

 

UNA REALIDAD SECRETA

Mucho tiempo ha pasado desde que el terrible drama social de los «hombres topo» viera la luz. Se estima que en 1993 unas 5.000 personas vivían bajo tierra. Hoy en día, gracias a los esfuerzos de rehabilitación en albergues y refugios, la cifra es sustancialmente menor.

Pero que nadie se lleve a engaño: los habitantes del subsuelo siguen ahí. Así me lo confirma un empleado de la Autoridad de Transporte Metropolitano en Times Square, quien asegura que los subterráneos de las principales estaciones de ferrocarril de la ciudad continúan habitados:

«Oh, hay muchos. Yo los veo de vez en cuando en Grand Central, bajo las vías. Algunos tienen mejores apartamentos que el tuyo ahí abajo. Televisión, electricidad… es increíble. Durante la epidemia de crack de hace años sí que podía haber muchísimos, pero ahora son menos».

Inadvertidamente, millones de personas transitan cada día sobre un ecosistema retorcido, terrible y desconocido, donde el delicado equilibrio entre la vida y la muerte adquiere unos tintes de dramatismo aún mayores que en la superficie. Nadie sabe con certeza lo que se esconde en las profundidades de una ciudad donde nada parece imposible. Fantasmas, mutantes y seres demoníacos podrían ser meras leyendas, el testamento del atávico terror a la oscuridad o el indicio de verdaderos horrores a la espera de ser descubiertos. La próxima vez que visite la ciudad que nunca duerme, recuerde que el conocido lema no sólo se aplica a lo que ven sus ojos, sino también al inframundo que palpita con vida propia bajos sus pies…

 

Si quieres saber más acerca de los habitantes del subsuelo de Nueva York hazte con el número 312 de Año Cero

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