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El nuevo orden mundial satánico

Lunes 15 de Octubre, 2018
Los creadores del actual sistema económico neoliberal tomaron sus dogmas de los mismos ideólogos que inspiran a los modernos satanistas. ¿Vivimos bajo el yugo de Satán?

El sistema económico imperante actualmente en nuestro planeta es el sueño de cualquier satanista. Sus bases ideológicas, objetivos y funcionamiento están estrechamente ligadas a la visión de la realidad que defienden los seguidores de las tesis de Anton LaVey y Michael A. Aquino, fundadores de la Iglesia de Satán y el Templo de Seth respectivamente, las dos organizaciones satánicas más poderosas e influyentes del planeta.

Sin embargo, no piense el lector que dicha vinculación entre el neoliberalismo –la corriente económica y política capitalista que domina nuestras vidas desde las últimas décadas del siglo XX hasta hoy en día– y el movimiento satánico tiene que ver con una conspiración perpetrada por unos tipos multimillonarios, integrantes de una sociedad secreta de adoradores del príncipe de las tinieblas, que se reúnen para practicar rituales de magia negra y esclavizar a los habitantes del planeta.

La relación entre ambas concepciones del mundo –en apariencia tan distintas– es mucho más realista, profunda y trascendente que las teorías conspirativas respecto a poderosas sociedades secretas ocultistas moviendo los hilos del mundo desde las sombras. Esta historia, como suele ser habitual, no tiene un punto de partida, sino varios que finalmente terminan confluyendo.

Pero como es necesario empezar de algún modo, podemos hacerlo por una fecha tan concreta como la madrugada del 30 de abril al 1 de mayo de 1966, precisamente cuando los pueblos germánicos celebraban la noche de Walpurgis, el único momento del año en el que se rasgaba el velo que separa el mundo de los espíritus y de otras entidades no humanas y nuestra realidad tridimensional.

En el centro y norte de Europa se conoce como la «noche de las brujas», por eso los primeros evangelizadores de esa zona eligieron el 1 de mayo como el Día de Todos los Santos.

EL MUNDO PERTENECE AL PRÍNCIPE DE LAS TINIEBLAS
Pero regresemos a esas horas nocturnas de 1966, cuando Anton Szandor LaVey y un pequeño grupo de sus seguidores fundan mediante un ritual celebrado en un pequeño local de San Francisco la Iglesia de Satán.

Su líder, Anton LaVey –fallecido en 1997–, era un personaje peculiar. Domador de fieras en un circo, artista ambulante, músico e incluso fotógrafo del Departamento de Homicidios de San Francisco fueron algunos de los empleos que desempeñó para ganarse la vida.

Al mismo tiempo, se preocupó de estudiar ciertas corrientes mágicas y las obras de ocultistas como el archiconocido Aleister Crowley (1875- 1947), el más popular y polémico mago negro de la era moderna. Sin embargo, décadas después LaVey terminó confesando que no se había basado en ningún ocultista o creencia mágica para asentar las bases ideológicas de su Iglesia, sino principalmente en Friedrich Nietzsche, el filósofo alemán que proclamó ufano que Dios estaba muerto y su asesino era el ser humano, y la pensadora y escritora Ayn Rand, fundadora de un movimiento que bautizó como Objetivismo y líder de una secta que defendía el más puro individualismo y el capitalismo más salvaje.

Algunos de los economistas que «fabricaron» el neoliberalismo que ahora ahoga a millones de personas, eran miembros de su secta o rendidos admiradores de su obra. LaVey llegó a afirmar que solo empleó el disfraz del satanismo para ofrecer al gran público la filosofía de Ayn Rand, deudora de un darwinismo social –la supervivencia del más fuerte en un mundo de brutal competencia– sin demasiados miramientos morales.

Como hemos apuntado, los cimientos de la Iglesia de Satán debemos de buscarlos, en primer lugar, en la obra de Friedrich Nietzsche, concretamente en uno de sus libros más conocidos: El Anticristo, publicado en 1886. En el siglo XX, la filosofía de Nietzsche se convirtió en el arma ideológica tanto de los movimientos fascistas como de los revolucionarios anarquistas. Muchos de los fundadores del nazismo eran rendidos admiradores de Nietzsche, al igual que los muchachos de las revueltas de mayo de 1968 en Francia.

LA FILOSOFÍA DE LOS PODEROSOS
En El Anticristo encontramos algunas de las afirmaciones que posteriormente harían suyas tanto Anton LaVey como Ayn Rand. Dicho libro desprende un rechazo atroz hacia el cristianismo:

«Es característicamente cristiano el odio mortal a los señores de la Tierra, a los ganadores (…) Ser cristiano implica odiar la inteligencia, el orgullo, la valentía, la libertad, el libertinaje del espíritu; odiar los sentidos, el gozo sensual, el placer en cuanto a tal (…) Hay que sostener a quienes sufren con una esperanza que no pueda ser contradicha por ninguna realidad: con una esperanza en el más allá. Precisamente por esa propiedad cristiana que permite tener entretenidos a los desdichados, los griegos consideraban que la esperanza constituye el peor de los males, el más genuinamente perverso».

Nietzsche admiraba a los ganadores, fuertes y poderosos, y consideraba que los desheredados no se merecían la atención que les prestaba el cristianismo: «Todo individuo, como poseedor de un alma inmortal, ocupa el mismo nivel jerárquico que los demás. (…) El cristianismo debe su victoria a esa adulación deplorable de la vanidad personal. Merced a ella, ha convencido a que le sigan fielmente a todos los fracasados, a todos los individuos que albergan sentimientos de rebeldía, a todos los que no han conseguido lo que se proponían, a toda la escoria y la hez de la humanidad. (…) El cristianismo ha difundido de la manera más intensa el veneno de esa doctrina que afirma que todos tenemos los mismos derechos. (…) El cristianismo es una rebelión de todo lo que se arrastra por el suelo contra todo lo que tiene altura. El evangelio de los viles, envilece».

También rechazaba con vehemencia el culto a cualquier Dios y consideraba el amor uno de los mayores errores humanos: «Para que sea posible el amor a Dios, éste ha de ser personal; para que se dé rienda incluso a los instintos más bajos, Dios ha de ser joven. Para satisfacer el ardor femenino, hay que presentar, en primer término, un santo hermoso; para el masculino, una hermosa doncella: la Virgen María (…) La obligación de ser casto favorece la vehemencia y la intensidad del instinto religioso y hace que el culto sea más ardoroso, más exaltado y más vivo (…) El amor es el estado en el que el hombre se encuentra más propenso a ver las cosas como no son».

En cuanto a los sentimientos de compasión y misericordia, defendía que únicamente constituían una pérdida de energía vital: «Al cristianismo se le ha llamado la religión de la misericordia o de la compasión. Ahora bien, la compasión se opone totalmente a los efectos glorificantes que elevan la energía del sentimiento vital: genera un efecto depresor. Perdemos fuerza cuando nos compadecemos de alguien. Con la compasión aumentamos y multiplicamos todavía más la pérdida de la fuerza que, ya de por sí, confiere el dolor a la vida. El padecer se vuelve contagioso a causa del compadecer y, en determinadas ocasiones, puede producir la pérdida total de la vida y de la energía vital, lo cual resulta absolutamente desproporcionado en relación con la nimiedad de la causa: la muerte de Jesucristo».

Nietzsche afirmaba que la ciencia ya había acabado con los sacerdotes y los dioses y abominaba de Jesús de Nazaret, al que describió como «un anarquista que incitaba al pueblo sencillo, a los marginados que había en el seno del judaísmo, a oponerse contra el orden establecido, con un lenguaje que, de ser cierto, incluso hoy lo hubieran hecho merecedor de que lo deportasen a Siberia; era un criminal político».

Teniendo en cuenta el pensamiento de Nietzsche, a nadie puede sorprender que Anton LaVey se definiera como ateo. Los auténticos satanistas no creen en la existencia de Dios, pero tampoco del Diablo. En realidad, la Iglesia de Satán es una filosofía que defiende la esencia animal, carnal y material del ser humano. El Diablo para ellos no es más que la representación arquetípica de la verdadera naturaleza humana.

La Iglesia de LaVey pretende liberar a sus miembros del sentimiento de culpa que ha impuesto la Iglesia católica. Los satanistas creen en la libertad sexual del individuo. Creen que el cielo y el infierno son aquí y ahora, y que el más allá es una patraña creada por las religiones. Por lo tanto, no se sienten culpables por odiar a sus enemigos, pues eso debería ser lo normal. Un satanista nunca pone la otra mejilla, como brama la filosofía cristiana, no tiene complejos en sentirse gratificado por su triunfo en la vida y disfruta sin complejos del dinero, el sexo, la lujuria y el poder.

«¡MUERTE A LOS DÉBILES!»
Las promesas cristianas de una vida en el más allá están bien para quienes no llevan una existencia satisfactoria, pero para aquellos que han experimentado todos los placeres de la vida terrenal, el miedo a morir es totalmente comprensible, defendía LaVey. El cristianismo es la religión del conformismo, del sufrimiento en la vida terrenal; siempre con la excusa de un paraíso esperándonos a nuestra muerte.

Esa es la gran mentira, creen los satanistas. Por tanto, el deber de todo humano es crear su propio paraíso en la Tierra, porque no existe más realidad que la material.

LaVey odiaba a los comunistas y socialistas porque, según él, estas ideologías parten de la filosofía cristiana que pretende igualar a los seres humanos. Para el líder de la Iglesia de Satán, los hombres no son iguales. Existen personas que por sus capacidades, inteligencia y tesón se merecen llegar a lo más alto, dirigir al resto de la sociedad; y otros solo pueden pertenecer a la manada, a la masa. Un satanista siempre aspira a liderar a la manada.

«¡Muerte a los débiles, salud para los fuertes!», clamaba LaVey en su Biblia Satánica. Los miembros de la Iglesia de Satán no creen en utopías. El mundo que nos ha tocado en suerte vivir es cruel, competitivo e injusto; siempre ha sido así y siempre lo será por una razón sencilla: los seres humanos, no lo podemos evitar, somos animales con instintos competitivos, crueles y destructivos.

Para los satanistas la vida es una lucha en la que solo triunfan los más aptos, por eso no creen en la compasión ni en el amor universal, sino en la fortaleza del espíritu y en amar únicamente a aquellos que se merecen nuestro amor, odiando sin complejos a los que se ganan nuestro odio. Repudian a los pobres y desamparados y bendicen a los valientes y a los triunfadores. La Iglesia de Satán exige a sus seguidores que se amen a sí mismos por encima de todo y que desarrollen su ego e importancia personal. La fecha más importante para un satanista siempre debe ser el día de su nacimiento.

CAPITALISMO RADICAL Y SATANISMO
En La Biblia Satánica, obra cumbre de LaVey y libro de cabecera de cualquier seguidor del «sendero de la mano izquierda», leemos que el objetivo de todo satanista consiste en manipular a las masas. Recomienda a cualquiera de los suyos que «permanezca orgullosamente en sus lugares secretos de la Tierra y manipule a las masas atontadas a través de su propio poder satánico, hasta el día en que pueda manifestarse en todo su esplendor, procla mando: ‘¡Soy un satanista, inclinaos, porque soy la personificación más alta de la vida humana!’».

LaVey defendía que los seres humanos hemos inventado todas las religiones porque tenemos ego e instintos; y como nos negamos a aceptarlos, hemos tenido que exteriorizarlos en una gran invención espiritual que llamamos Dios o dioses. La realidad es que Dios puede hacer todo lo que a los humanos les está vedado: matar personas; mostrar un carácter vengativo; controlar la voluntad de los hombres; imponer reglas, erigiéndose en líder absoluto; etc.

La conclusión es que proyectamos en la figura inalcanzable de Dios todo aquello que quisiéramos hacer. En definitiva, adoramos a la naturaleza carnal de todo ser humano, ni más ni menos. LaVey explicaba la figura del Diablo cristiano en un sentido parecido. Éste también es la personificación más clara de la naturaleza animal de los humanos. Es habitual que nos lo encontremos representado con claros atributos animales: cola, cuernos, pezuñas. Antes de que el cristianismo manipulara su figura, el Maligno simbolizaba nuestro lado carnal y era conocido por los nombres de Pan o Dioniso.

En la Grecia clásica, Pan representaba la abundancia, la fertilidad y la fecundidad, es decir, todo aquello contra lo que carga sus tintas el cristianismo. Todo aquel que haya leído La Biblia Satánica no tendrá dudas de que la visión que preconiza la obra se parece demasiado a la ideología del capitalismo salvaje o neoliberalismo que actualmente impera en el mundo.

Entonces, cabe preguntarse: ¿Qué conexiones existen entre ambas filosofías? Demasiadas, porque LaVey, como apuntó él mismo, creó su movimiento para popularizar las tesis de Nietzsche y Ayn Rand. Y esta última también se basó en el pensamiento de Nietzsche para «armar» su teoría del Objetivismo, que a la postre constituyó la base ideológica que tomaron los fundadores del neoliberalismo para instaurar un orden mundial político y económico que en pleno siglo XXI es el dominante.

Ayn Rand se definía como una auténtica libertaria que colocaba la libertad individual por encima de cualquier otro aspecto. Por eso defendía la producción, distribución y consumo de cualquier tipo de pornografía y de droga, la más absoluta promiscuidad sexual, el matrimonio homosexual y el derecho de toda persona a defender públicamente cualquier filosofía o ideología política.

LA REVOLUCIÓN SILENCIOSA
En 1943 publicó una novela que le otorgó cierta fama. Se titula El manantial, y en la misma se muestra que el egoísmo es el valor supremo que debe guiar cualquier decisión personal. Por contra, el altruismo es un mal que finalmente acaba destruyendo las creaciones y los impulsos de progreso de los más aptos.

Rand presenta al estado como la mayor forma de control de la libertad individual. Para ella es el modo en que los «seres inferiores» saquean y se aprovechan de los esfuerzos de los «seres superiores». Únicamente el capitalismo radical respeta la dignidad humana, porque cada uno se hace responsable de sus actos, triunfos y fracasos. La novela de Rand se adaptó al cine en una película –protagonizada por Gary Cooper y Patricia Neal– que consiguió un relativo éxito de taquilla.

Desde ese instante, la escritora obtuvo el apoyo de poderosos empresarios y políticos liberales que vieron en su ideología una potente arma que enarbolar contra el comunismo, el socialismo e incluso la socialdemocracia, que se convirtió en la forma política dominante en Occidente tras el fin de la II Guerra Mundial. Una vez acabada la Gran Guerra, el mundo se dividió en dos grandes polos: el comunista y el capitalista. Para evitar que en Europa Occidental y EE UU se fraguase una revolución comunista como consecuencia de la miseria y la falta de oportunidades, los propietarios y directivos de las grandes multinacionales se empeñaron en lograr un acuerdo con los sindicatos y las grandes organizaciones internacionales de trabajadores, que entonces contaban con un enorme poder.

A cambio de mayores cotas de bienestar económico y social para las clases trabajadoras –incluida la posibilidad de ascenso social para los hijos de los obreros–, las organizaciones sindicales internacionales renunciaron a la revolución y se integraron en el sistema capitalista.

A pesar de los innumerables intentos de la URSS y sus servicios secretos para generar un conflicto social en Europa Occidental, nunca lo consiguieron, porque nadie hace la revolución cuando posee vivienda, un trabajo estable, educación y sanidad gratuita y universal, vacaciones pagadas durante un mes, una pensión de jubilación y, sobre todo, la esperanza de que tus hijos vivirán mejor que tú.

Este gran acuerdo estuvo representado en la política europea por los partidos socialdemócratas: antiguos movimientos obreristas y socialistas que se sometieron a las reglas de juego de las democracias liberales, incluida la aceptación del sistema capitalista de libre mercado.

A cambio, las clases trabajadoras disfrutaban de una enorme protección del estado ante los desmanes del capital. Sin embargo, Ayn Rand y un marginal grupo de economistas consideraban que la constante injerencia e influencia de los estados en las vidas de los individuos marginaba a los emprendedores y suponía un lastre para el beneficio personal y la obtención de logros individuales.

GUERRA CONTRA LAS MASAS
Después de interminables jornadas de trabajo y el empleo de drogas para resistir tal esfuerzo físico y mental, en 1957 Rand publicó una monumental novela titulada La Rebelión del Atlas. La trama transcurre en EE UU, cuyo Gobierno legitima políticas económicas que perjudican a los empresarios y emprendedores –los auténticos generadores de riqueza–, para repartir los beneficios industriales entre las clases holgazanas y carentes del más mínimo espíritu emprendedor.

A la larga, esta política económica genera un deterioro de la sociedad que se hace patente en la falta de alimentos, revueltas sociales, huelgas y el cierre de las fábricas y las industrias. La clase trabajadora se presenta en La Rebelión del Atlas como hordas de vagos y estúpidos sin el más mínimo impulso vital y criterio personal. El héroe y protagonista de la novela es John Galt, filósofo y científico que se refugia en las Montañas Rocosas junto a un grupo de empresarios y políticos de ideología capitalista. Ellos organizan la resistencia contra las masas de desarrapados obreros saqueadores.

Por vez primera, los héroes no eran los defensores de los pobres, sino los ricos empresarios presentados como los auténticos generadores de riqueza. La Rebelión del Atlas tampoco es una oda a la solidaridad y al altruismo, sino a todo lo contrario: al egoísmo personal y al individualismo. En una conferencia, la propia escritora resumió la tesis de su novela:

«La historia de La Rebelión del Atlas presenta el conflicto de dos antagonistas fundamentales, dos escuelas opuestas de filosofía o dos actitudes opuestas ante la vida. Como forma breve de identificarlas, las llamaré el eje razón-individualismo- capitalismo, versus eje misticismo- altruismo-colectivismo».

Rand nunca volvió a escribir otra novela, porque consideró que era su obra cumbre y, por lo tanto, nunca podría superarla. A partir de su publicación, se dedicó a definir y exponer públicamente su filosofía, que bautizó como objetivismo: la búsqueda del beneficio personal y la auténtica libertad individual por encima de todo. La autodenominada filósofa escribió:

«¿Qué constituye el monumento al triunfo del espíritu humano sobre la materia? ¿Las chozas roídas de insectos a orillas del Ganges o la silueta de los rascacielos de Nueva York sobre el Atlántico?». Consideraba que «no hay más valor que la propia estima» y que «aquellos que niegan el incentivo capitalista quieren como recompensa la nada».

LA REBELIÓN DE LAS ÉLITES
La Rebelión del Atlas coincidió en el tiempo con una corriente económica a favor de un mercado totalmente libre, sin ninguna injerencia del estado. El centro de esta tesis, entonces absolutamente marginal, estaba en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Chicago, con los economistas Milton Friedman y Friedrich von Hayek a la cabeza.

Su fundamentalista credo era que el mercado se regulaba por sí mismo, expulsando del sistema a aquellos no aptos o suficientemente preparados, valientes o inteligentes. En un magnífico artículo sobre la figura de Rand (lagranepoca. blogspot.com.es), su autor, José Fernández-Cruz Sequera, escribe: «La Escuela de Chicago recogió el credo de Rand sobre la función curativa del caos y la crisis, tal y como refleja en su Rebelión del Atlas.

En la novela, el bloqueo completo de la sociedad y el más terrible caos conducen a John Galt y a su élite a la oportunidad de salvar a la sociedad. Milton Friedman sostenía las mismas ideas sobre el caos, las crisis y ‘la tiranía del status quo’. A su modo de ver es crucial actuar cuando la crisis empieza a golpear, porque las circunstancias permiten imponer sin demora los cambios necesarios para que la sociedad no vuelva a su antiguo inmovilismo».

A medida que la URSS dejaba de constituir un rival para Occidente y los sindicatos, los partidos socialdemócratas –los antiguos partidos socialistas– y las antaño poderosas organizaciones internacionales de clase ya formaban parte del sistema capitalista, las élites económicas perdieron al miedo a que se produjeran procesos revolucionarios en la Vieja Europa.

Por tanto, decidieron romper el pacto que los había obligado a redistribuir sus beneficios empresariales entre las clases trabajadoras. A principios de los 70 se hizo evidente que los líderes financieros y empresariales –en complicidad con políticos comprados y adocenados–, paso a paso, comenzaban a poner en marcha un proceso de desregulación y liberalización de la economía, recortando en gastos sociales y sueldos y acabando con cualquier atisbo de protección social.

Como «fundamento científico» de sus planes neoliberales tomaron las tesis de los economistas de la Escuela de Chicago, que entonces eran contemplados por la inmensa mayoría de sus colegas como unos radicales absolutamente marginales.

«¡SOIS INFERIORES!»
Los grandes centros del poder empresarial y económico comenzaron a promocionar las teorías de estos economistas, hasta el punto de que en 1976 Milton Friedman, uno de los líderes de la Escuela de Chicago, recibió el Premio Nobel de Economía. De este modo, la filosofía vital de Ayn Rand y las teorías económicas neoliberales de la Escuela de Chicago se convirtieron en el sustrato de la revolución del capitalismo global diseñada por los más poderosos grupos financieros y empresariales del planeta.

«La Rebelión del Atlas –escribe José Fernández-Cruz Sequera– se ha convertido en la Biblia de los especuladores de Wall Street, de los accionistas amantes de la usura, de los vendedores de hipotecas basura y de los CEOs de Silicon Valley con salarios anuales de varios millones de dólares. En resumen, Rand se ha convertido en un icono mítico de los especuladores de EE UU. La admiración que suscita se basa principalmente en que sus ideas son vistas como una declaración de autoestima, basada en los valores y las virtudes de la empresa privada y del individualismo».

Otro economista, Ludwing von Mises, también defensor a ultranza del capitalismo radical y promocionado por las élites económicas al olimpo del mundo académico, se jactaba de ser amigo personal de Ayn Rand, sobre la que escribió la siguiente descripción laudatoria:

«Usted tiene el coraje de decirle al mundo lo que ningún político se atreve a decir: que sois inferiores y que cualquier progreso en vuestras vidas que consideráis normal, se lo debéis a hombres que son mucho mejores que vosotros».

Rand opinaba que los sentimientos altruistas –como el amor– o las creencias religiosas debían ser desterrados. «No puede existir amor sin causa; amar es evaluar», aseguraba. Respecto a las religiones, consideraba que eran «filosofías primitivas» que tendrían que sustituirse por el «culto al hombre», es decir, la deificación del más absoluto de los materialismos.

Parece claro que La Biblia Satánica de LaVey está impregnada de las tesis de Rand. El propio LaVey se dejó de circunloquios cuando confesó abiertamente que «mi religión es la filosofía de Ayn Rand con ceremonial y rituales añadidos». Si éste no se quedó en la mera teoría y acabó fundando la Iglesia de Satán, Rand tampoco.

Ella y su amante ocasional, Nathaniel Branden –psicólogo que después sería uno de los máximos difusores de la tesis psicologista del pensamiento positivo–, crearon un instituto para difundir las tesis de Rand. Aquello terminó convirtiéndose en una comuna en la que experimentar las radicales tesis del Objetivismo.

Numerosos jóvenes economistas, embelesados por la filosofía materialista de Rand, se convirtieron en sus admiradores, generando un culto a la personalidad alrededor de la pensadora. La desinhibición sexual marcaba las relaciones entre los miembros de la organización, que al final acabaron enfrentados a causa, principalmente, de líos amorosos y sexuales.

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