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Así son los vampiros modernos

Jueves 07 de Septiembre, 2017
Los vampiros se han puesto de moda en los últimos tiempos gracias a numerosas películas, novelas y series de televisión. Sin embargo, junto a la moda de disfrazarse de «chupasangre» en carnaval y Halloween, ha llegado otra que imita la verdadera esencia de estos seres de ultratumba: la de beber sangre humana. Esta práctica ha calado hondo entre los adolescentes, pero también hay adultos consumidores que aseguran necesitarla fisiológicamente, y que en ocasiones se agrupan en sociedades vampíricas para dar rienda suelta a sus pulsiones más ocultas…
Texto Isabela Herranz

Algunas personas obsesionadas con imitar a los vampiros han llevado su obsesión al extremo de buscar ‘donantes’ vivos que estén dispuestos a dejarse chupar la sangre directamente del cuello», explica Justin Caba, divulgador médico y colaborador de Medical Daily. Consciente de los peligros para la salud que entraña esta práctica, Caba no se explica cómo Julia Caples ha conseguido sobrevivir durante 30 años a pesar de beber un par de litros de sangre al mes. ¿Acaso el tracto intestinal de esta mujer ha evolucionado como el de los murciélagos vampiro, impidiendo que el alto contenido en hierro de este líquido se filtre al torrente sanguíneo? Es muy improbable, pero si Caples no miente, ¿cómo explicar que su hábito todavía no la haya llevado a la tumba?

Ella es tan solo una más entre los miles de personas que, al parecer, tienen el hábito de ingerir el líquido vital de los seres vivos. No todas lo hacen por los mismos motivos. Desde el punto de vista clínico, son varios los casos registrados de individuos que sufren de vampirismo o síndrome de Renfield, un trastorno mental caracterizado por la excitación sexual asociada a la necesidad de ver, sentir o beber sangre de forma compulsiva. Sin embargo, ni Caples ni otros vampiros modernos entran en este grupo. Debemos buscar otras causas que expliquen cómo una práctica tan extravagante puede atraer a tanta gente. No se dispone de cifras concretas, pero a tenor de algunos estudios médicos y sociológicos, son muchos más de lo que en principio pudiera pensarse.

DRÁCULAS AUTÉNTICOS
A mediados de 2014, la doctora Teresa de Toni, de la Universidad de Génova (Italia), dio la voz de alarma sobre la creciente y peligrosa moda entre los adolescentes de beber sangre humana a imitación de los personajes vampiros de la saga de novelas Crepúsculo –escritas por la estadounidense Stephenie Meyer–, que han sido llevadas a la gran pantalla con notable éxito. La mezcla de vampirismo, romances, sexo y aventuras parece desatar el entusiasmo de los adolescentes italianos, que no tienen ningún reparo en autorretratarse bebiendo sangre con el fin de subir sus fotos a las redes sociales. En relación con este fenómeno de los selfies, el médico Federico Bianchi di Castelbianco, director del Instituto de Ortofonología en Génova, ha señalado que «es una verdadera enfermedad ligada a la falta de reconocimiento del cuerpo. Los jóvenes están en busca de su identidad y algunos hasta pasan diez horas al día haciéndose autorretratos». Algunos de estos muchachos de entre los 15 y 19 años se extraen sangre de los antebrazos con jeringas para luego beberla en secreto con sus amigos porque, como añade Bianchi di Castelbianco, «beber sangre significa ser bello, fuerte y valiente. Al someterse al rito, reciben el mayor reconocimiento del grupo».

Es probable que esta práctica tan en boga entre los adolescentes italianos se pueda explicar recurriendo a factores culturales y psicológicos como los mencionados, pero algunos médicos apuntan también a extrañas necesidades fisiológicas por parte de algunos individuos. Según Steven Gruenstein, hematólogo del Hospital Monte Sinaí en Nueva York, «ciertas personas pueden sentirse proclives a beber sangre debido a una deficiencia de hierro o de otro mineral». Esto último ha sido corroborado por un amplio estudio etnográfico, realizado a lo largo de cinco años por el escritor John Edgar Browning en varias comunidades estadounidenses de «vampiros auténticos», que proliferan sobre todo en zonas metropolitanas de Nueva Orleans y Búfalo.

Lee el artículo completo en el número 309 de la revista AÑO CERO

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