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Dragones, el linaje secreto

Viernes 21 de Julio, 2017
¿Qué poso de verdad esconden las historias y leyendas de dragones? Pudo haber una estirpe de dragones que convivió con el ser humano. Francisco González.
Dragones, el linaje secreto

Investigamos el origen de estas fabulosas criaturas, cuya existencia es el eje de las tradiciones más antiguas de la humanidad. Los dragones moran en la imaginación popular, en cuentos y leyendas como la de San Jorge, símbolo de la eterna lucha entre el bien y el mal. Pero, ¿hasta qué punto los dragones son solo criaturas fabulosas? ¿Encierran estas leyendas un poso de verdad? En Anatolia, Armentia y el Kurdistán iraquí hay evidencias literarias y arqueológicas que apuntan a una fascinante posibilidad: en tiempos muy remotos, un estirpe de “hombres-dragón” habitó la tierra.

Vayamos en busca de dragones, para conocer, por ejemplo, qué hay de cierto tras la historia de personajes como Daenerys Targaryen, la poderosa “Khaleesi” de la serie de ficción Juego de Tronos. Obviamente, sabemos que Daenerys no es real, aunque pueda parecérselo a los millones de espectadores de todo el mundo que sufren con sus  padecimientos y disfrutan con sus  victorias. Daenerys Targaryen, la «madre de dragones», nació de la fértil imaginación del escritor estadounidense George R. R. Martin, del mismo modo que su homólogo J. R. R.Tolkien, célebre autor de El Hobbit, diera vida a Smaug, el último de los grandes dragones que habitaron la Tierra Media, más de 60 años antes de que Martin comenzara a componer su popular serie de novelas Canción de hielo y fuego.

Debo reconocer que no soy un gran aficionado a la literatura fantástica, pero los relatos de Tolkien y Martin han conseguido dignificar el género, quizá porque destilan la pasión de sus autores por la historia y la mitología, conocimientos que sin duda han contribuido a que los lectores que se sumergen en sus narraciones, las perciban como verdaderas. Presente en las obras que acabo de citar y en muchas otras, el universo de los dragones nos atrae por la misma razón que los argumentos de T olkien y Martin nos resultan cercanos y verosímiles: estos como aquél están tejidos con materiales a mitad de camino entre la crónica de sucesos y las leyendas, los acontecimientos reales y las alegorías, con el añadido de que la figura del dragón ha sido adoptada por culturas de prácticamente todo el mundo, tal es la fuerza y trascendencia de su imagen.

 

EL ORIGEN DE LA BESTIA

Quienes nos hemos educado en la cultura occidental, tenemos una idea bastante aproximada de cómo es un dragón, gracias sobre todo a las tradiciones populares recogidas en cuentos, leyendas, novelas y, en tiempos más recientes, el cine y la televisión. Así, en nuestra mente dibujaremos una especie de reptil gigantesco, alado, con la capacidad de escupir fuego y, a menudo, habitante de una cueva –o de un lago– en la que protege ferozmente un fabuloso tesoro. En suma, se trata de la descripción de una criatura quimérica o mitológica, de esas que integraban los bestiarios fantásticos que se hicieron tan populares durante la Edad Media, época en que las historias sobre dragones devoradores de hombres corrían de boca en boca.

Con tales antecedentes, no es de extrañar que durante el Medievo en no pocos mercados de Europa se vendieran pretendidos restos de dragón. Si el mercader era un hombre «honrado», se trataba de trozos disecados de cocodrilos procedentes de Egipto, Sudán o Arabia. De lo contrario, lo habitual es que el comprador se llevara a casa  un pedazo de lagarto o serpiente vulgares. A casa o a las Cruzadas, porque es seguro que a más de un «soldado de Cristo», a punto de emprender viaje a Tierra Santa, le dieron gato por liebre… o lagarto por dragón en este caso. Lo relevante de esta anécdota es que en la Edad Media, en muchos rincones del viejo continente, se creía firmemente en la existencia material de dragones, tanto es así que incluso se señalaban las grutas o cavernas habitadas por estas criaturas, en las que desde luego nadie osaba entrar. Buena parte de la culpa de esta certidumbre la tuvo la eclosión de un «género literario» que, salvando el contexto y las distancias, anticipó el éxito de autores como  los mencionados J. R. R. Tolkien y George R. R. Martin. Me refiero a las leyendas caballerescas o, más concretamente, a aquellas cuyo trío protagonista estaba formado por un caballero, una doncella y, desde luego, un dragón.

 

DE DRAGONES Y DONCELLAS

Probablemente, uno de los mejores ejemplos de esta clase de relatos lo constituye la archiconocida leyenda de San Jorge y el dragón, cuya versión más ortodoxa fue la popularizada por el dominico y beato italiano Jacobo de la Vorágine en su obra La Leyenda Dorada, un compendio de vidas de santos mediante el cual pretendía impulsar la religiosidad de los cristianos de su época, concretamente de finales del siglo XIII.

Según el texto que dedica a San Jorge, el santo habría llegado a la capital de un reino de Libia cuyos  habitantes vivían aterrorizados por un sanguinario dragón que se ocultaba en una laguna cercana. Para que el monstruo saciara su apetito y no se aproximara a la ciudad –y envenenara a sus habitantes con su aliento venenoso–, los lugareños le dejaban diariamente dos ovejas junto al lago donde moraba. Hasta que se acabaron las ovejas y decidieron alimentar a la bestia con doncellas elegidas por sorteo.

Cuando ya casi no quedaban doncellas en la ciudad, la elegida en el macabro sorteo fue la única hija del rey. Aunque el monarca ofreció todas sus riquezas a cambio de la vida de la princesa, sus súbditos le obligaron a cumplir con la palabra dada y condujeron a la joven hasta la guarida del dragón.

Pero justo cuando la bestia se disponía a devorarla, apareció San Jorge, montado en un caballo blanco, y clavó su lanza en la criatura, dejándola malherida.

La versión de Jacobo de la Vorágine sigue con San Jorge convirtiendo al cristianismo a los infieles habitantes del lejano reino libio, tras lo cual termina de dar muerte al dragón. Más adelante, fue el propio santo el que pereció por defender la fe que profesaba, tornándose en mártir y, de paso, en oportuno ejemplo para los lectores de La Leyenda Dorada, persuadidos de que los hechos narrados eran absolutamente ciertos.

De hecho, la historia de San Jorge y el dragón fue considerada verdadera durante siglos, hasta que alguien se dio cuenta de que aquella leyenda se parecía sospechosamente a otras que habían circulado por Europa y otras regiones del mundo mucho tiempo atrás.

Como ejemplos, recordemos el poema épico Beowulf, ambientado en Escandinavia (siglo VIII), cuyo héroe homónimo, rey de los gautas, pelea hasta la muerte con un feroz dragón que está destruyendo su reino y guarda en su cueva un fabuloso tesoro. Al igual que San Jorge,

Beowulf, que ha resultado malherido, muere poco después de su enfrentamiento con la bestia, pero como premio alcanza la «santidad pagana»: en agradecimiento, sus compatriotas le construyen un túmulo donde es enterrado junto al tesoro.

También tenemos la conocida historia de Sigfrido –o Sigurd–, héroe de las mitologías germánica y escandinava, quien con la ayuda de un maestro herrero mata al dragón que custodia un enorme tesoro (el de los nibelungos en la versión germánica). O incluso la muy anterior de Perseo, vencedor del monstruo Medusa y salvador de Andrómeda, princesa de Etiopía.

 

«CON SALIVA VENENOSA»

Mención aparte merecen las de Vahagn, rey mítico de la Gran Armenia, que pasó a la historia con el sobrenombre de «cazador de dragones». O la más plausible de Tigranes el Grande, emperador armenio, pues el relato desmitifica al dragón proporcionándole un nombre –Ajdahak– y un rango a la altura de Tigranes (Ajdahak es un «rey dragón»).Y es que en Armenia, país limítrofe con Asia Menor, patria de San Jorge, los dragones resultan inquietantemente humanos…

El vocablo armenio para designar al dragón es vishap, una palabra de origen persa que significa «con saliva venenosa». De ahí que en la mitología irania –del antiguo Irán–se utilizara con frecuencia este término como calificativo del Azi Dahaka (Gran Serpiente en avéstico, la lengua de los textos religiosos del zoroastrismo), una especie de dragón demoniaco con tres cabezas y seis ojos. Pero, al contrario que en la mitología persa, en las tradiciones populares armenias el dragón no siempre tiene carácter maléfico.

Por ejemplo, en varias leyendas armenias se asume que los dragones constituían tribus o familias, distinguiendo a los «jefes dragón» del resto de individuos que integraban los clanes. Esta «humanización» de los dragones se advierte en historias como la de la princesa Tigranuhi, hermana del rey Tigranes, que en rigor no fue raptada por Ajdahak, el «rey dragón», sino que se habría marchado con él por propia voluntad. Esto no afectó la decisión de su hermano, el emperador Tigranes, que acudió en su «rescate» y, como he mencionado antes, mató con su lanza al rey dragón que sedujo a su hermana, pese a que Ajdahak, avisado por sus Magi (magos santos del zoroastrismo), se había casado con Tigranuhi apenas unas horas antes de la llegada del emperador.

Otra de estas historias cuenta que Satenik, hija del rey de los ala- nos y esposa de Artaxias I de Armenia, fundador de la Dinastía Artáxida, fue víctima de un hechizo de amor lanzado por un tal Argavan, que era el jefe de una tribu de dragones. Al parecer, Argavan invitó a Artaxias a acudir a un banquete celebrado en su honor en el «palacio de los dragones» del Monte Massis (Monte Ararat). En realidad, la intención del traicionero Argavan era la de seducir a Satenik y acabar con la vida de Artaxias, pero el rey armenio logró escapar sin un rasguño –junto con su voluble esposa– y regresar a la capital de su reino, Artashat.

 

EN EL MONTE ARARAT

Sagrado para los armenios y lugar de descanso del Arca de Noé en un célebre episodio cuya veracidad es aceptada por el cristianismo, el judaísmo y el islam, el Monte Ararat aparece en muchas tradiciones armenias como sede de las tribus de dragones, que construyeron sus  casas y palacios muy cerca de la cima de la impresionante montaña, a más de 5.100 metros sobre el nivel del mar. En estas mismas historias, los dragones son descritos como seres misteriosos, con una inteligencia muy desarrollada y poseedores de una gran destreza en el uso de la magia y la hechicería. También se cuenta que tenían un tamaño gigantesco y una voz atronadora, y aunque no hay consenso a la hora de definir cuál era su forma, en general se dice que eran como enormes serpientes, pero con la facultad de cambiar su apariencia a voluntad, de ahí que a menudo no se les distinguiera de los hombres.

Esto explicaría que en muchos relatos se asuma con naturalidad que hubo matrimonios entre dragones y humanos, de los cuales nacieron hijos que poseían las cualidades de ambas especies, como los tres vástagos de la reina Anush, esposa humana de un jefe dragón. De hecho, varias leyendas reflejan que la vida de estos clanes de dragones no era muy diferente de la de los hombres y mujeres que vivían en las laderas del Ararat, subrayando que entre las aficiones de estas criaturas estaba la de cazar pequeñas aves con redes, de la misma manera en que lo hacían los campesinos armenios. No obstante, se enfatizaba la importancia de descender de un linaje de dragones o de tener «padres serpiente», pues los hijos de estos matrimonios mixtos siempre fueron distinguidos con grandes honores.

En cuanto a su capacidad para volar, en un texto del monje Eznik de Kolb (siglo V) se explica que los dragones ascendían al cielo como  torbellinos, subidos en «carros voladores tirados por bueyes», expresión que hace pensar en que se habrían servido de algún medio  mecánico para hacerlo, pues no tendrían alas propiamente dichas.  A propósito, resulta llamativo el parecido entre esta descripción y el pasaje bíblico en el que Elías asciende a los cielos: «Un carro de fuego con caballos de fuego apartó a los dos; y Elías subió al cielo en un torbellino» (Reyes 2:11)…

 

Puedes leer el artículo completo en el número 325 del mes de agosto de la revista AÑO/CERO. 

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