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Llamadas desde el más allá

Viernes 09 de Diciembre, 2016
El periodista y colaborador de Año/Cero David Cuevas acaba de publicar dossier de lo insólito (luciérnaga, 2016), una obra fascinante en la que da a conocer distintos episodios vinculados con el fenómeno ovni, la parapsicología o las apariciones fantasmales. En el siguiente reportaje –extracto de la citada obra– mostramos casos absolutamente sorprendentes, en los cuales personas sin ninguna vinculación con el mundo del misterio reciben llamadas telefónicas de familiares fallecidos o avisos procedentes del más allá, en ocasiones sobre hechos futuros.

Luis M., de mediana edad, es una persona entrañable. Buen amigo de sus amigos, entregado a nobles causas y siempre atento a aquellos que le rodean y comparten sus aficiones. Un buen día, Luis me confesó que había sido testigo de un fenómeno inexplicable a pesar de que se trata de alguien enormemente pragmático. Tras varios intentos, conseguí que me permitiera escuchar una historia que guardaba recelosamente.

Según nuestro protagonista, «ocurrió en 2011 y, por aquel entonces, me encargaba de acompañar a enfermos terminales en un hospital especializado. Atendí a un montón de personas que se encontraban solas de distinta edad y condición, permaneciendo a su lado ante un momento tan complicado. Es muy duro estar solo, abandonado o perdido cuando tienes que afrontar una muerte tan próxima como irremediable.

Les ayudaba para que asimilaran lo que estaba a punto de pasarles». El caso es que Luis conoció a alguien muy especial, ya que «hay personas con las que tienes un feeling de entrada, y José Manuel era una de ellas. Te puedo contar que la estancia media de las personas hospitalizadas allí era de unos 15 días, pero el caso de José Manuel fue distinto, ya que estuvo ingresado durante meses. Era un señor muy racional y poco dado a fantasear, pero se encontraba en fase de negación. No aceptaba su muerte». Un día, el paciente le contó a Luis M. algo que le dejó perplejo: «Me aseguró que esa mañana se le había acercado un enfermero que le dijo que le quedaban sólo unos días de vida. Me pareció muy curioso porque, que yo supiera, en el hospital no trabajaba ningún enfermero. Todas son mujeres. A mí aquello me pareció cruel, máxime sabiendo que José Manuel no aceptaba su muerte.

Una noticia así, de sopetón, no venía a cuento y más si el responsable era un profesional. Confirmé con las enfermeras que no se le había suministrado ningún tipo de medicamento u opiáceo que pudiera causarle alguna clase de alucinación. Pero lo cierto es que pasados unos días, tal y como dijo aquel enfermero, José Manuel falleció». Al preguntarle a Luis por más detalles acerca de aquel extraño profesional de la salud, éste me contó, no sin cierta emoción, que «el paciente vio físicamente al enfermero, quien se identificó como tal. José Manuel lo dio por real en todo momento, hasta que se dio cuenta de que no había enfermeros en el hospital. Nunca existió. No tengo ninguna explicación, pero está claro que aquella predicción se cumplió a rajatabla».

Y si de predicciones va la cosa, el caso que narraré a continuación es de esos difíciles de encontrar. Me lo contó Olivia, una persona de mi total y entera confianza: «Llevaba casi un año esperando un doble trasplante que entrañaba bastante riesgo, y después de tres falsas alarmas sobre posibles donantes, decidí marcharme unos días a la playa a causa del estrés que estaba sufriendo. Eso sí, con el visto bueno de los médicos. A los siete días de irme, tuve un sueño». ¿Qué aconteció en dicha experiencia onírica?

Olivia me siguió contando: «En él aparecía una mujer vestida de blanco en medio de una neblina. Tendría unos 50 años y era bajita y regordeta. La identifiqué claramente como una enfermera. Me dijo que ya tenía mi trasplante. Yo sentí un gran pesar por esas palabras, puesto que significaban que alguien había fallecido. Dicha enfermera me tranquilizó explicándome que saldría todo bien»

UN SUCESOEXTRAORDINARIO
Pero la cosa no se quedó ahí, sino que «al momento apareció otra persona. Era la donante. Se acercó a mí y me dijo que no me sintiera
mal ya que ella estaba feliz de que sus órganos fueran a ser para mí, tranquilizándome en todo momento. Incluso se mostró agradecida
a pesar de mi incertidumbre por si era verdaderamente merecedora de sus órganos. Me comunicó el día del trasplante. Sería el miércoles.
También me dijo que habría ciertas complicaciones posteriores. Así acabó el sueño. Me impactó tanto que se lo comenté a algunos familiares y amigos». ¿Qué pasó después?

Lee el artículo completo en AÑO CERO nº317 de diciembre de 2016

 
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