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Sobre la Santa Compaña: "nos apartamos para que pasaran"

Miércoles 11 de Julio, 2018
¿Qué puede haber más tenebroso que toparse con una procesión de espíritus en medio de la calle? Para más inri, hablamos de la calle de un pueblo abandonado y destruido por la Guerra. ¿Qué vio esta gente?

Hace tan solo unas semanas tenía la oportunidad de entrevistar en la localidad ovetense de Villalba de Alcor a uno de los protagonistas del último caso de encuentro con la Santa Compaña del que tengamos constancia los investigadores.

Mi informante, José Manuel Díaz Saldaña, se encontraba junto a otras siete personas en el pueblo en ruinas de Membrillo Bajo, perteneciente a la provincia de Huelva y destruido durante los combates de la Guerra Civil española (1936-1939). Todos aficionados a la radiestesia, estaban realizando prácticas con el péndulo.

«Esto sucedió un día de finales de julio de 2017 –comenzó a relatarme José Manuel–. Llegamos al poblado abandonado por la tarde y nos pusimos a experimentar con el péndulo durante varias horas, hasta que se hizo de noche. Nos encontrábamos en la calle principal, cuando nos invadió un olor muy fuerte a velas encendidas. Aquello nos extrañó mucho, e instintivamente, no sé por qué, nos separamos en dos filas, como si por el medio de nosotros fuera a pasar alguien».

Al mismo tiempo, comenzaron a notar una extraña sensación, muy común en infinidad de casos de encuentros con OVNIs o con entidades espectrales: «De repente, nos dimos cuenta de que había desaparecido por completo el sonido ambiente. No se escuchaban los grillos, ni las chicharras, absolutamente nada. Era como si un manto de silencio nos envolviera. También desapareció la brisa, ya no corría el aire».

Después de casi media hora en tan rara situación, uno de los presentes advirtió al resto de la presencia de dos figuras a lo lejos, a unos 30 metros de donde se encontraban. «Estuvimos un rato mirándolas, y no cabía duda de que estaban completamente paradas. Hasta que comenzaron a desplazarse en nuestra dirección por la calle principal. Pero lo que nos descolocó por completo era que a medida que esos dos seres oscuros avanzaban en paralelo, otros exactamente iguales iban apareciendo de la nada por las calles perpendiculares a la principal, y se colocaban detrás de ambas figuras. Al final se formaron dos filas de seis que caminaban en paralelo».

Todos entraron en pánico ante la escena que estaban contemplando, porque aquellas figuras se materializaban ante sus ojos como si alguna puerta invisible estuviese conectando nuestra realidad con otra paralela. Sin embargo, nadie se movió. Al contrario, se les dio por interpelar a esas sombras de aspecto humanoide. «Gritábamos: ‘¿Quiénes sois? ¿Qué queréis?’, pero nadie respondía », me relataba José Manuel.

A medida que se iban acercando a los testigos, se hacía más evidente que los «intrusos» no caminaban, sino que levitaban, no tocaban el suelo. Cuando se encontraban a menos de diez metros de nuestros protagonistas, pudieron contemplar con cierta nitidez sus características físicas. Según me revelaba mi informante: «Aunque era de noche, en el cielo había una enorme luna llena, así que la visibilidad era bastante buena.

Por eso te puedo decir que eran altos, medían más de metro y ochenta centímetros. Aunque parecían sombras, completamente oscuras, estaban cubiertas por unas túnicas con capuchas que les ocultaban los rostros. No movían los brazos, sino que los tenían rectos y pegados al cuerpo. Esos hábitos como de monje les tapaban los pies, pero estaba claro que no caminaban, sino que avanzaban levitando».

Los presentes se apartaron para dejar paso a la «comitiva espectral», cuando de repente «esas figuras desaparecieron en un visto y no visto, todas a la vez, como si hubieran entrado en otra dimensión. En ese momento regresó el olor a velas, pero todavía más intenso que la vez anterior, como si los ensotanados estuvieran pasando entre nosotros, aunque no los veíamos».

Poco a poco el olor comenzó a remitir, a la vez «que regresaba el sonido ambiente y el aire hacía de nuevo acto de presencia. Enseguida todo volvió a la normalidad», terminó José Manuel con su relato.

Resulta sorprendente que el anterior no es, ni mucho menos, el único caso de encuentro con extrañas sombras en el pueblo en ruinas de Membrillo Bajo. En junio de 2006, Manuel Sánchez Lepe y un grupo de amigos –eran tres chicos y dos chicas– decidieron pasar la tarde en el sitio abandonado.

«El caso es que el tiempo pasó volando y se nos hizo de noche –comenzó a contarme Manuel–. Las chicas se empezaron a aburrir, así que se marcharon a un descampado donde estaban aparcados los dos vehículos en los que habíamos llegado, y que está a unos 300 metros de la calle principal de Membrillo Bajo.

Pasados unos minutos, nos llamaron por teléfono para advertirnos de que doce o trece personas se dirigían hacia el pueblo, pero sin linternas, como si quisieran ocultarse de algo. Enseguida las vimos. En verdad eran unas figuras oscuras que caminaban muy lentamente y que murmuraban algo entre ellas.

Se pararon en un cruce de calles y continuaron la marcha. Les hicimos señales con las linternas, pero no nos hicieron ni caso». Los tres jóvenes tomaron la decisión de seguir a esas sombras.

«Contamos dieciséis y avanzaban en fila india –continuó narrándome Manuel–. Vimos que se introducían en una zona de monte repleta de matojos y piedras sueltas. Es imposible caminar de noche por ese lugar si no llevas linterna, pero el caso es que siguieron andando como si nada. No quisimos saber nada más del asunto y nos marchamos de allí, hacia la zona en la que estaban nuestras amigas».

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