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Borrar los recuerdos

Jueves 23 de Junio, 2016

ISIS… Cómo cambia el significado de los nombres. Hoy, ese concepto da miedo; es sinónimo de horror, de muerte calculada, de intolerancia y barbarie; de rechazo a los símbolos del pasado.

Ver cómo la ciudad siria de Palmira, que se ha mantenido en pie durante dos milenios, es reventada por las bombas; ver cómo acaban a martillazos con las cabezas clavas que decoran las paredes del templo de Bel; o en estos mismos días, ver a través de la cuidada postproducción de la que suelen vestir su propaganda, cómo el milenario templo de Nabu, en Irak, la casa del dios del conocimiento y la sabiduría, salta por los aires… no es ni más ni menos que una declaración de las intenciones que guían al terror: acabar con cualquier forma diferente de creencia o de saber; destruir de un plumazo lo diferente porque frente a su fanatismo, lo diferente resta; resta que la gente piense; suma que se sometan como corderos y no alzen la voz…

Ya hemos comentado en alguna ocasión que por muy grande que sea el pedrusco que aparece en los caminos de la historia, el hombre tiene la capacidad de saltarlo una y cien veces. Por eso esta forma de proceder no es nueva. La fe era otra, pero los objetivos similares: borrar el rastro de aquéllo que invitara a pensar, porque si se piensa, se puede empezar a llevar la contraria. María Magdalena ejemplifica el opuesto; el arribismo frente a la tibieza; el inconformismo frente al aborregamiento; el NO meditado frente al SÍ dictado.

Por eso hace dieciséis siglos se decidió, en uno de esos concilios en los que casi nadie se pone de acuerdo –Nicea, 325 a.C.–, eliminarla de la historia; hacer de ella una figura casual, tentadora de espíritus puros, como una nueva serpiente que llevaba a los hombres a probar el fruto prohibido… Y quizás se intentó ensuciar su nombre porque ese fruto prohibido lo probó no un hombre cualquiera, sino el más importante de los últimos dos mil años.

Y esa mujer, como una nueva Isis –ésta sí más amable– se convirtió en el referente de quienes conocían la verdad; la verdad usurpada. Por eso los templarios, conscientes de que las Escrituras no son más que un cúmulo de metáforas, supieron que el contenido era tan importante como el continente, y aceptaron el reto, apostaron, y perdieron. O no; la barbarie de las mil caras es tozuda, pero la verdad se mantiene y finalmente triunfa. El tiempo dirá cuando llega, precisamente, el tiempo de la diosa, de la elegida, de la gran olvidada… El tiempo de la verdad.

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