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Domina tus emociones, transforma tu vida

Miércoles 11 de Abril, 2018
Estas son las claves para identificar los sentimientos y superar las crisis personales en que ni siquiera entendemos lo que sentimos en cada momento. ¿Dominas tus emociones o son ellas las que te controlan?

En ocasiones, la vida se ancla en deseos, pretensiones, obstáculos, excusas… No siempre es sencillo ponerse en movimiento: aquí, por la magnitud de la acción en sí; allí, por la limitación del pensamiento. No es fácil, no es rápido y no es definitivo, pero os aseguro que es la diferencia, la auténtica diferencia entre controlar tu vida y dejarte llevar por los caprichosos vientos del destino, por el oleaje arbitrario de la vida.

Hacer, tomar las riendas y ponerse en marcha es crucial para tu éxito emocional. Conquistar las propias emociones es una batalla ganada si la llenamos de acción, si la embadurnamos de vida, movimiento y toma de decisiones.

Antes de comenzar con la resolución y la consecución de la acción, me gustaría adentrarme en los tipos de motivos que podemos hallar a la hora de impedirnos actuar, o lo que viene a ser lo mismo: las causas más frecuentes de inacción.

En este punto me gustaría rofundizar en un concepto algo olvidado en ocasiones, un aspecto de la vida intrínsecamente ligado a la acción en sí, aunque en su antítesis: la procrastinación, o lo que resulta similar, la postergación.

NO DEJES PARA MAÑANA…

El hecho de aparcar para «después» lo que podría hacer en este preciso y preciado momento. Hasta la sabiduría popular nos advierte de este hecho con sus refranes y sentencias: «No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy». La procrastinación es uno de los asesinos de la acción más voraces y destructores, acaba con nuestras voluntades más férreas y condena al fracaso cualquier buena voluntad, por vehemente y bienintencionada que ésta sea.

Además de esto, procrastinar nos conduce a una innecesaria acumulación de tareas que acaba por producirnos estrés y ansiedad si continúa manteniéndose en el tiempo. Probablemente todos hayamos procrastinado alguna vez y conocemos la angustia que genera.

Sabemos cómo se torna en el centro de nuestra vida esa tarea sin terminar, cómo comienza a pesar la responsabilidad, cuán difícil se vuelve comenzar de nuevo cuando las tareas inconclusas nos aplastan, es una sensación devastadora y dañina que nos dificulta sobremanera emprender cualquier acción. Debo resaltar algo: cuando os encontréis en ese punto y queráis sobrellevar la situación, no tratéis de resolverlo todo de golpe, de una vez, es más útil dividir las tareas y repartirlas correctamente en el tiempo.

Como inacción paralizante y heladora, la procrastinación debe ser, en primer lugar, detectada, para proceder con posterioridad a ejecutarla sin piedad ni remedio. No hay acción que podamos llevar a cabo si dicha postergación se apiada de nuestro ser. Detrás de este especial monstruo podemos encontrar diversos motivos, entre los más habituales están la sobrecarga física y psicológica, la pereza, la falta de confianza y la inseguridad. Vamos a proceder a abordarlos por separado para darles una solución eficaz.

Además de paralizarnos, y en consecuencia también a esta particular parálisis, la procrastinación es procreadora de multitud de emociones demoledoras, tales como la inseguridad, la duda, la frustración, la desconfianza… Al encontrar un gran abismo entre lo que creemos que debemos hacer y lo que realmente terminamos haciendo, nuestra mente busca incansablemente el porqué, el culpable, el motivo… llegando a definirlo, en multitud de ocasiones, como la ausencia de valor, capacidad o habilidad. Condenándonos, inevitablemente, a la percepción de incapacidad o falta de habilidad, lo que promueve la insatisfacción personal, la falta de confianza en nosotros mismos, pudiéndose, en situaciones graves, darse un deterioro firme de nuestro propio autoconcepto. Todo esto puede llegar a producir una virtual relación negativa entre lo que queremos ser y lo que creemos ser, círculo retroalimentado constantemente de manera poco adaptativa y que acabará, irremediablemente, por producir severos deterioros en el equilibrio personal del individuo.

Para trabajar este aspecto es útil comenzar la tarea que postergamos de inmediato, aunque solo sea por unos minutos. Vamos a poner un ejemplo. Imaginémonos que queremos hacer algo de deporte pero constantemente encontramos la excusa perfecta, tenemos que hacer la cena, debemos hacer los deberes con los niños, tenemos que entregar ese trabajo que nos solicitó el jefe sin falta, hoy llueve, mañana hace mucho sol… En fin, una serie de excusas maravillosas que desecharemos por unos instantes.

A pesar del sol, de la lluvia, de los deberes o de cualquier otra cosa, podríamos comenzar, únicamente, realizando unos abdominales durante unos minutos, así cada día; eso sí, a ser posible, siempre a la misma hora. Con los días, a los abdominales le añadiremos unas flexiones, después unas sentadillas y, poco a poco, llegaremos a realizar una rutina completa de ejercicios. Con esto, no solo haremos deporte, sino que, al hacer lo que creemos que deberíamos hacer, alimentaremos nuestra autoestima y nos sentiremos más capaces.

EXCESO DE RESPONSABILIDAD

En otras ocasiones, dicha procrastinación también se produce por exceso de responsabilidades asumidas, nuestro organismo se resiente y rebela ante tal hecho, produciendo una sensación de agotamiento e incapacidad profundos que nos empujan a la inacción. Frustrando cualquier intento por evitarlo, en casos extremos y continuados en el tiempo, puede llegar a producir trastornos como el Burnout o «síndrome del quemado», depresión o ansiedad.

De todo esto se deriva que debemos ser objetivos con nuestras acciones, tenemos que aprender a diferenciar los momentos en los que simplemente postergamos por pereza o inseguridad, entre los que lo hacemos por una absoluta sobrecarga de tareas pendientes, hecho éste que puede llegar a suponer un verdadero problema de salud.

En otras situaciones, no menos numerosas, permanecemos inactivos por la duda, esa duda que a veces nos corrompe y abruma, produciendo una momentánea e incómoda parálisis virtual que ejecuta todas nuestras ilusiones y ánimos, produciendo frustración y miedo.

En innumerables situaciones se presentan ante nosotros opciones, diversas y variadas, entre las que debemos elegir, seleccionar, optar por tan solo una de ellas, con el hándicap de tener que «acertar». Parece que en esta sociedad ha perdido valor el error como procedimiento de aprendizaje, con la ansiedad y el malestar que esto genera muy a menudo.

Cuando estamos pendientes de una determinada decisión para actuar, permanecemos parados, inactivos, a expensas de que la situación se resuelva por sí sola, y esto rara vez ocurrirá. Los problemas que aparecen en el trayecto no se disipan sin más. Puede parecerlo en ocasiones, pero solo permanecen ocultos y van enquistándose paulatinamente para hacer acto de presencia con posterioridad, resultando más fuertes y resistentes. Las situaciones problemáticas debemos tratarlas a la mayor brevedad y de la manera más eficaz posible, gestionando tanto nuestra actitud como nuestros pensamientos y acciones.

CONTRA LOS MIEDOS, MOVIMIENTO

Una de las emociones que más nos ancla, como hemos comprobado en diversas ocasiones, es el miedo; miedo a perder, a fracasar, a no llegar…

A veces no podemos vencer la emoción sin más, es por ello que desde aquí os invito a actuar, a seguir adelante pese a ese miedo que nos aborda. Cuando comenzamos a hacer, a actuar, nos daremos cuenta de que el miedo se difumina, se disipa entre las diversas acciones. La vida, como ya sabemos, es tremendamente escueta, breve y efímera, por ello hay que vivir a cada momento con pasión, con fiereza, actuar, hacer y emprender acciones distintas que nos muevan hacia adelante; siempre hacia adelante.

Una vez hayas tomado la decisión que sea, no mires atrás. Es obvio que cada vez que decido algo, otra cosa se queda en el tintero, y a veces nos centramos en esto en vez de en nuestra propia elección. Son típicas y tópicas las preguntas del tipo ¿qué hubiese pasado si…?, ¿y si no debo hacer esto, no sería mejor que eligiese lo otro? Un cúmulo de preguntas que te siembran dudas innecesarias que atentan contra la propia acción, y que además no tienen respuesta certera, ya que nadie conoce las posibilidades que no han sido, solo podremos hablar de quimeras por realizar.

Siempre dejaremos de hacer algo al seleccionar una opción, y lo que debemos hacer, una vez tomada la decisión pertinente de manera reflexiva, es olvidarnos del resto de posibilidades y poner toda nuestra energía en lo que realmente queremos realizar. De esta manera, el éxito está asegurado, incluso cuando el camino seleccionado no resulta ser tal y como en un primer momento te lo imaginaste. Alguno de vosotros os preguntaréis, ¿y si me equivoco? Pues bien, no pasa absolutamente nada, en el momento que, habiendo puesto toda la carne en el asador, percibas que estás avanzando por el camino equivocado, cambia de ruta, así sin más, recoge todo lo aprendido y comienza de nuevo.

Tenemos pánico al error, a la equivocación, y desgraciadamente debo deciros que toda acción conlleva error, antes o después. El único que jamás se equivoca es el que no hace nada, por lo que equivócate todo lo posible, te aseguro que, al final, acertarás, porque solo por el simple hecho de permanecer en movimiento y activado estás triunfando.

Lucha por lo que crees, actúa y crea, sea lo que sea, lo importante es hacer, continuar, seguir. Ten en cuenta que, como dice el sabio refrán, de los errores se aprende, y tú serás cada día más sabio cuanto más hagas y más errores cometas. Eso sí, aprende, aprende y aprende, nunca dejes de aprender y reinventarte, recuerda que los seres humanos estamos en constante cambio, no somos estables, aunque en ocasiones lo lleguemos a creer. Lo que a veces nos mantiene paralizados son los hábitos las costumbres, pero no olvides que éstos son fruto de tu trabajo, por lo que pueden ser variados a tu antojo.

Otro de los motivos por los que, en ocasiones, permanecemos inactivos es, sin duda alguna, la avalancha de opiniones ajenas que nos abordan a diario. Nosotros podemos tener la pasión, las ganas, los medios y la decisión, pero de repente personas bienintencionadas a las que probablemente adoremos, nos comienzan a dar su opinión de manera gratuita, frenando nuestro impulso y lanzándonos de bruces contra el muro de la duda y la incapacidad, donde se aplastan nuestras ilusiones más activas. Sé que no es fácil hacer oídos sordos, que la duda germina con facilidad porque es una mala hierba poderosa, sobre todo cuando esa duda viene de la mano de alguien a quien admiramos. Ahora bien, por un momento olvidaos de los consejos, podéis analizarlos si lo deseáis, incluso darles su peso específico para perfilar vuestra idea, pero nunca, nunca dejéis de forjar vuestros sueños y acciones, aunque sea a fuego lento. Tened en cuenta que la persona que os brinda tales consejos habla únicamente desde su perspectiva y su forma de ser, no desde vuestro punto de vista y vuestro propio ser.

Cuando os percibáis paralizados por las opiniones ajenas, respirad profundo y pensad en vosotros, en por qué queréis hacer lo que os habéis planteado, analizad fríamente los motivos y las causas, y seguid adelante. Siempre podemos rectificar y volver a empezar en el caso de que nos equivoquemos.

Para afrontar este momento, os resultará útil plasmar en un papel tanto los objetivos que pretendéis lograr como las motivaciones que os mantienen en marcha, así como los comentarios que frenan el impulso. Una vez plasmados todos estos aspectos, perfilaremos las acciones necesarias para continuar y vencer esa parálisis momentánea a la que nos veíamos sometidos.

MIEDO AL FRACASO

La sociedad actual donde nos movemos parece no tolerar el error, o cuanto menos, sancionarlo con su poderosa crítica. Nos cuesta aceptar que el fruto de nuestro esfuerzo pueda conducir al «fracaso». Ahora bien, ¿habéis pensado alguna vez qué es el «fracaso»? Grosso modo, supondría la no consecución de un objetivo prefijado tras un esfuerzo considerable y un empleo de recursos varios para su logro final. Pues bien, el fracaso es un término muy subjetivo, está en la mente del que lo experimenta, no fracasamos por no lograr lo que nos proponemos, fracasamos por sentir que, ciertamente, hemos fracasado.

El simple vocablo está fuertemente cargado de dosis de dolor, tristeza o ira. Nuestra sociedad y, por ende, nosotros que la heredamos, hemos dotado al término de una carga emocional especial y poderosa. En contrapunto con el éxito, el fracaso es un vil enemigo que nos persigue a cada paso, parece ese eterno fantasma que nos observa a milímetros de nuestro propio cogote, esperando a echarnos en cara nuestro fatuo error. Pues bien, quiero romper una lanza a su favor: el fracaso es una construcción humana con final feliz, una quimera, una falacia de los ojos que lo miran. Un error no implica un fracaso, éste nos enseña cómo andar más firmes y decididos. No olvidéis nunca que son nuestros errores, una vez asumidos y superados, los que nos empujan hacia adelante con fuerza.

Dicho esto, ¿cómo podemos llegar a superar un error, dejándolo atrás y aprendiendo de él? La respuesta a esta cuestión es tan fácil o compleja como queramos que sea. Vamos a tratar de abordarla de la forma más sencilla posible. El primer y definitivo paso es aceptar que, como seres humanos, somos imperfectos, y es así como nos gusta ser. Todos cometemos errores en mayor o menor medida. Si aceptamos este punto, podremos comenzar a trabajar de manera más honesta en nuestra propia superación personal. La vida parece un eterno viaje hacia la perfección, todo lo que nos rodea pareciera girar en torno a ella, hay que tener la casa perfecta, el trabajo perfecto, la pareja perfecta, los hijos perfectos… ¡Agotador!

Hay que preguntarse: si fuésemos perfectos, ¿qué podríamos cambiar?, ¿cómo creceríamos personalmente?, ¿no sería un tanto aburrido? La vida, sobre todo en su parte emocional, está hecha para ser vivida, construida casi de la nada, solo así maduramos como seres humanos. En el mundo emocional nada viene dado sin más para no ser modificado. Un aspecto definitivo al cometer un error es aceptar nuestra responsabilidad en el mismo. Tirar balones fuera, en más ocasiones de las que podáis creer, nos resta poder de gestión, nos dificulta futuras posibles acciones, si no depende de mí, qué hago o cómo salgo, cómo solvento. Es mucho más útil asumir lo propio como tal, de esta manera sí residirá en nosotros la posible solución. Ahora bien, cuidado con asumir errores ajenos. Tan firmes y honestos debemos ser para asumir errores propios como para rechazar los que no lo son.

LA IMPORTANCIA DE ACTUAR

Una vez que nos sabemos humanos e imperfectos, y hemos asumido la autoría de nuestros propios errores en su caso, es crucial conocernos poderosos y fuertes, capaces de superar cualquier percance.

Este punto supondrá la diferencia entre lograr dejar atrás un error y no hacerlo. Es algo así como que «lo pasado, pasado está», no se puede modificar. Es hora de enfrentar el presente y el futuro, solo así éste podrá brindar la ansiada búsqueda.

El tercer y último punto para superar un error es «hacer», actuar constantemente, de tal manera que cometamos numerosos errores, aprendiendo a superarlos desde la práctica. Eso sí, cuando hayamos cometido un error, tomémonos un tiempo prudente para reflexionar, para pensar, buscando las causas, los agentes implicados y las posibles formas diversas en que podríamos haber afrontado el problema. Solo así seremos conscientes realmente de si somos nosotros los causantes o hay alguien más implicado, si el hecho que lo provocó está bajo nuestro poder o no y, finalmente, cuáles serían las posibles estrategias de afrontamiento en futuras ocasiones.

Con este sencillo trabajo reflexivo aprenderemos a gestionar nuestros errores de manera eficaz y nos volveremos personas más eficientes, aunque nunca dejaremos de cometer errores y, en consecuencia, jamás dejaremos de aprender y triunfar en la andadura. Hay que recordar que el único que no se equivoca nunca es el que no lo intenta jamás.

Para finalizar, os diré que, tal y como sucede en ámbitos como el boxeo y otros deportes similares, «un luchador no pierde cuando se cae, sino cuando no se levanta», de ahí que uno no fracase al cometer un error o incluso mil, sino cuando deja de hacer cosas para continuar en el camino.

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