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Delfos: enigma en piedra

Martes 20 de Enero, 2015
En esa época imprecisa en la que los dioses trabajaron por vez primera –y algunos creen que única–, en esas fechas míticas en que todas las cosas fueron dispuestas, Zeus tuvo la genial idea de soltar dos águilas desde puntos opuestos del mundo. Las dos aves se cruzaron en un lugar mágico que fue considerado durante más de mil años el centro del planeta, el lugar más sagrado y más enigmático de la Tierra.

Se trataba de un punto de la antigua Fócide colgado a una altura de unos 500 metros de las faldas del mítico monte Parnaso. Aquel lugar sería el ombligo del mundo y una piedra simboliza aún hoy el ónfalos. Allí el dios Apolo habló por boca de la sibila durante más de mil años, hasta que el cristianismo cerril del bizantino Teodosio arrasó el enclave en 393 d. de C.

No puedo ocultar al lector mi debilidad por todas aquellas culturas precristianas que buscaron el pozo de la espiritualidad que se oculta en el interior de cada cual, a pesar de que, una vez llegada la Iglesia con sus ejércitos seráficos y sus pecados originales, se demostrara que todas aquellas gentes estaban no sólo equivocadas, sino condenadas sin remedio. De modo que cuando subí aquella mañana de cielo limpio y sin pecado por la llamada Vía Sacra, el empedrado camino que conducía al devoto de Apolo –a través del complejo arquitectónico del dios hasta las puertas del oráculo– me estremecí. De haber podido, eso lo puedo asegurar, habría caído de bruces ante los sacerdotes del citado dios tras haberme purificado antes en la fuente Castalia para consultar a la sibila. Pero no pude hacerlo, porque tampoco Delfos es lo que fue. Pero, ¿qué fue Delfos en otros tiempos, para mí mejores?

El ónfalos
Dos piedras recuerdan al visitante que está en el centro del mundo. La primera está en el museo de Delfos y es una réplica de la que se encuentra el visitante en el complejo arqueológico, a un paso de donde en el siglo VI a. de C. los beocios y los potideos edificaran los templos con sus ofrendas al dios Apolo. Esas piedras hablan de la extraordinaria antigüedad del lugar como emplazamiento sagrado.

Una leyenda afirma que Apolo mató a la serpiente pitón que aquí reinaba y luego se instaló en este maravilloso paraje cercano al mar. ¿Cuándo ocurrió tal proeza? Es difícil saberlo, aunque parece que hubo asentamientos humanos en este lugar en 1400 a. de C. Seguramente era ya un lugar de poder, pero no es fácil hacer afirmaciones con tan pocos vestigios arqueológicos.

En 1200 a. de C. una enigmática catástrofe se llevó por delante a los habitantes del lugar y el paraje empobreció hasta que en 800 a. de C. reaparecieron las construcciones de piedra. El historiador Pausanias diría con el tiempo que los primeros tres templos en honor a esta divinidad se construyeron con ramaje de laurel –clave para los oráculos–, con cera de abeja mezclada con plumas y con bronce.

A partir de los siglos VI al IV a. de C. la importancia del templo de Apolo fue enorme. Miles de devotos venían aquí en busca del apoyo del dios y de las predicciones de su oráculo. Se multiplicaron las donaciones de los fieles y de las ciudades, que terminaron por competir entre sí, y eso obligó a los sacerdotes a construir pequeños edificios o depósitos denominados tesoros para poder acoger las donaciones: cascos, escudos, estatuas, calderos… Aún hoy el visitante podrá ver los restos de esos edificios y admirar la reconstrucción que se hizo del tesoro de los atenienses en 1906. El original había sido erigido tras la victoria en Maratón.

Los Juegos Píticos y los Siete Sabios
Dos causas contribuyeron notablemente al impulso del templo de Apolo: la antifictionía y los Juegos Píticos. ¿Qué era la antifictionía? La podríamos definir como una liga religiosa que agrupaba a una docena de pueblos griegos de la Grecia central –tesalios y vecinos–, los jonios del Ática y Eubea y otros pueblos del Peloponeso.

En cuanto a los Juegos Píticos, debemos su creación precisamente a esta liga religiosa, pues fueron creados en 582 a. de C. gracias a su impulso. Se celebraban cada cuatro años, de modo que se alternaban cada dos con los que se celebraban en Olimpia.

Delfos fue, en palabras de Píndaro, el hogar común de la Hélade. Era en verdad el centro del mundo antiguo y también el centro moral, razón por la cual los llamados Siete Sabios, entre los cuales estaban Solón y Tales de Mileto, habían ordenado escribir en el vestíbulo del templo de Apolo las que se consideraron máximas más útiles para la vida de los hombres. Pausanias, historiador del siglo II de nuestra era, aún tuvo la fortuna de leerlas y entre ellas destacó las siguientes: “Conócete a ti mismo” y “En todas las cosas, su medida”.

El misterio del oráculo y su pitonisa
Al tocar las viejas piedras de los restos del templo de Apolo y ver la grieta que, según dicen, conducía a la habitación desde donde los sacerdotes del dios escuchaban las misteriosas palabras que en trance pronunciaba la pitia, me dejé llevar por una de mis aficiones favoritas: soñar despierto. Y lo que a todas luces para los demás debía ser un claro síntoma de idiotez, para mí era un viaje en el tiempo, y eso que no se lo ponen fácil a los soñadores, ya que no se puede visitar el interior del templo ni acceder al misterioso cubículo donde la profetisa caía en trance extático.

Algunas fuentes afirman que la misteriosa dama que se convertía en pitia o profetisa debía tener más de cincuenta años; otros no parecen estar de acuerdo, pero algo que todo el mundo ignora se producía en el interior de aquella habitación situada en lo más recóndito del templo. Un lugar seleccionado por los dioses con algún motivo, de eso no cabe duda, y no puede ser casual que justamente allí, sobre el mismísimo asiento en el que la dama se sentaba para profetizar, todavía hoy se mantenga abierta una grieta en la tierra a través de la cual brotaban vapores que inducían al trance extático. Pero al parecer, para que tal estado alterado de conciencia se produjera, era preciso masticar al mismo tiempo hojas de laurel.
¿Quién y cómo averiguó que aquel lugar producía esos efectos en la conciencia? ¿Cómo saber que había que masticar hojas de laurel…? Realmente, a pesar de que los autores cristianos se esforzaron en presentar a la pitonisa como una mujer desgreñada y fuera de sí, lo cierto es que prácticamente nada se sabe sobre la ceremonia de consulta.

Ningún autor pagano, ni siquiera Plutarco, ha dejado escrito nada al respecto sobre el misterioso ceremonial. Se asegura que la ambigüedad era la nota dominante en las respuestas que daba la pitonisa, aunque tampoco está claro, puesto que al parecer eran los sacerdotes quienes, desde una habitación contigua, interpretaban las frases pronunciadas en trance por la enigmática mujer. Ellos eran los que daban la respuesta al devoto.

Auge y muerte del oráculo
Fotis Petsas, que ostentó el cargo de director de antigüedades de Delfos, nos recuerda que al principio las predicciones de la pitonisa se celebraban una vez al año. La gente estaba convencida de que el dios Apolo hablaba a través de su boca, y aunque esto parezca hoy increíble, tal vez no lo es tanto para quienes se alarman si se piensa que otros en la actualidad estiman que el Papa es el representante de Dios en la Tierra.Todo es cuestión de perspectiva histórica.

Durante esos siglos de esplendor los sacerdotes debieron elegir con cuidado a la mujer que ostentaría el cargo de pitonisa. Vestida con ropajes blancos, la mujer debía tener algo extraordinario para abandonar familia y pasado y recluirse hasta su muerte en un recinto privado e inaccesible para los demás. La fama de Delfos obligó a que en algunos momentos de la historia hubiera tres pitonisas en el templo.

La mañana de la consulta la pitonisa se lavaba y bebía agua de la vecina y mítica fuente Castalia, donde también harían sus abluciones los fieles, que serían conducidos en procesión hasta el templo por los sacerdotes tras los sacrificios de rigor y el pago del tributo llamado pélanos.

No está claro si fue el edicto de Teodosio en el siglo IV de nuestra era el causante del desastre. Probablemente así fue, aunque otros hablan de catástrofes previas tras el paso de hérulos, godos y bastarnos que arrasaron la Grecia central previamente. Pero el caso es que Delfos fue asolado. ¿Qué sabidurías enterró el fanatismo cristiano? ¿Dónde estaba Dios y dónde Apolo para evitarlo? ¿Por qué los hombres destruyen con tanto afán en nombre de dioses que no están presentes?
Poco antes del siglo IV de nuestra era aún parece que tenía cierta vida el santuario, puesto que cuenta la leyenda que el emperador Juliano, hacia el 360, envió un emisario al oráculo y recibió la respuesta siguiente: “Decid al rey que ha sido derribada la suntuosa morada. Apolo ya no tiene techo ni laurel profético. Ni agua que habla, pues la fuente parlante ha enmudecido”. Nunca fue abandonado del todo el lugar, pero la historia trajo el polvo y el barro, y el olvido cayó con su peso colosal sobre el lugar donde en otros tiempos el dios Apolo habló a través de una mujer. Aquello, lo de que un dios pagano se expresase a través de una mujer, tal vez fue demasiada provocación para el cristiano Teodosio. ¡Ellas oficiando ritos religiosos! Hubo que esperar hasta finales del siglo XIX para que las excavaciones arqueológicas comenzarán a sacar de su largo sueño todas las maravillas del complejo arquitectónico de Delfos, sin duda uno de los parajes más bellos y cautivadores por los que he caminado.

Y así miro al cielo en busca de las águilas de Zeus, pero no están. Se debieron ir de aquí como lo hizo Apolo, al poco de llegar el cerril Teodosio. Pero ni Teodosio ni todos los inquisidores de la historia del cristianismo han podido acallar a la Tierra, que sigue mandando señales a través de los vapores de la grieta del poder. Cualquier día, de nuevo una mujer se sentará sobre el trípode sagrado y esa jornada el centro del mundo recuperará su poder y la religión será empeño delicado y femenino. Lo siento por Teodosio. Bueno, no lo siento.

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