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Rondonópolis: ¿la ciudad perdida del coronel Fawcett?

Domingo 20 de Enero, 2019
En 1925, el coronel británico Harry Percy Fawcett desapareció en el Mato Grosso buscando una mítica ciudad donde se habrían refugiado los descendientes de quienes sobrevivieron al hundimiento de la Atlántida. ¿Podría tratarse de la Ciudad de Piedra de Rondonópolis?

Mi amigo brasileño Luis Antonio da Silveira Abreu me conducía con los ojos tapados sobre el terreno pedregoso. Me prometía una sorpresa al final del camino. ¡Ahora puedes abrirlos! –me dijo con expresión jubilosa. Delante de nosotros se abría un escenario de película: la ciudad de piedra de Rondonópolis, en el corazón del estado brasileño de Mato Grosso. Cientos, quizá miles de formaciones rocosas imponentes se extendían a lo largo y ancho de más de mil hectáreas. Desde donde estábamos, una especie de mirador natural, la visión era impactante.

Tuve la impresión de estar contemplando los restos monumentales de una antigua civilización, resultado de la ira de unos dioses a quienes no hubieran calmado lo suficiente con ofrendas y sacrificios. Pero, como digo, mi mente formulaba mil especulaciones ante la admiración producida por aquellas rocas pacientemente trabajadas por el viento y la lluvia hasta adquirir unas formas que sugieren criaturas asombrosas y castillos o templos sagrados derruidos.

–Este es un lugar muy poco conocido– me decía Luis Abreu–, pero aunque se trate de formaciones naturales, el nombre de Ciudad de Piedra tiene más sentido de lo que parece. Los arqueólogos franceses que vienen aquí para llevar a cabo sus excavaciones han descubierto que este lugar estuvo realmente habitado por hombres prehistóricos. Además, muchas de estas rocas con formas rocambolescas y sugerentes pudieron ser grandes ídolos de piedra a los que rendían culto los antiguos.

De hecho, la Ciudad de Piedra de Rondonópolis está formada por estructuras de arenisca que ascienden a más de 70 metros de altura, conformando un dédalo natural de calles, callejones y pasillos que conducen a cuevas y paredones repletos de pinturas rupestres cuya antigüedad, probablemente, se remonta a miles de años. Es decir, toda una ciudad donde la contemplación de la naturaleza formaba parte del vivir cotidiano de una población de la cual sabemos muy poco.

El descubrimiento del complejo geológico es muy reciente: en 1982 un hacendado llamado Ferraz Egreja, que sobrevolaba la región en su avioneta, se percató de la existencia de las formaciones. En seguida exploró el territorio y encontró paredes enteras cubiertas de extrañas pinturas y símbolos.

Estas observaciones me remitieron hasta el año 1925, cuando el coronel de la armada británica Harry Percy Fawcett desapareció en el Mato Grosso buscando una ciudad de piedra, supuestamente habitada por descendientes de los supervivientes del cataclismo que hundió el continente de Atlántida.

Fawcett, seguidor de las teorías de Helena Blavastky, fundadora de la Sociedad Teosófica, y temerario explorador, desapareció sin dejar rastro. Algunos creen que fue «engullido» por la tierra, o llevado hasta una ciudad subterránea habitada por un pueblo de civilización avanzada (atlantes, extraterrestres). Otros cuentan, de forma mucho menos romántica, que fue asesinado por los belicosos indígenas.

Rondonópolis pudo haber sido la ciudad, o una de las ciudades que buscaba Fawcett en sus andanzas exploratorias. Y así lo creo, porque el obstinado británico había oído varias historias en boca de los indígenas que hablaban de ciudades de piedra en la región central del Brasil. De hecho, Rondonópolis no es la única, porque existe otra similar en la meseta de Chapada de Guimarães, un poco más al norte.

Los más antiguos

A más de 1.000 kms de la Ciudad de Piedra, en Sao Paulo, entrevisté al matrimonio francés Vialou. Denis y Agueda llevan casi 20 años realizando excavaciones arqueológicas en el Mato Grosso, gracias a un convenio con la Universidad de Sao Paulo (USP) y el Museo Nacional de Historia Natural de París. No muy lejos de Rondonópolis, a unos 300 kms., en la Sierra das Araras, descubrieron la ocupación humana más antigua de las Américas en el yacimiento de Santa Elina, cuyos restos tienen casi 27.000 años de antigüedad.

Las investigaciones anteriores mostraban que los primeros hombres que habitaron el territorio oriental de América del Sur no llegaron hasta 15.000 años atrás.

«Mi marido y yo estudiamos el yacimiento Santa Elina, en Sierra das Araras –me comentaba Agueda Vialou en el laboratorio de arqueología de la USP–. Allí encontramos un verdadero tesoro compuesto por más de mil pinturas rupestres y ochocientos fragmentos de huesos del Glossotherium, es decir, de un perezoso prehistórico gigante contemporáneo de los seres humanos de esa región, que debió de extinguirse hace unos 10.000 años».

En 1983 comenzaron a excavar en Rondonópolis, en el yacimiento Ferraz Egreja, donde encontraron restos cerámicos de 1.400 años de antigüedad, aunque las pinturas parecen remitirnos hacia un pasado más remoto, quizá 6.000 años o más. En el yacimiento Cipó –dentro de la Ciudad de Piedra– el matrimonio encontró una urna funeraria cuyos restos, pertenecientes a tres individuos, datan de unos 1.000 años atrás. También se hallaron extraños objetos labrados en hematita.

La Sierra das Araras también es conocida como Sierra do Curupira, nombre de una mítica entidad que aún hoy parece presentarse ante los ojos de los atónitos lugareños: se trata de una especie de duende, de cabellera pelirroja, pies vueltos hacia atrás, y dotado de un pésimo humor.

Según las leyendas, los Curupiras habitan las selvas y persiguen a los cazadores desalmados que matan a las hembras preñadas o a sus crías. Su venganza es terrible: castigan a los profanadores de sus lares y animales a los que protege y, en ocasiones, ha llegado a matarlos. Además, suele raptar niños que, si aparecen, lo hacen en lugares insospechados o de difícil acceso.

De hecho, en el yacimiento de Santa Elina existe una pintura rupestre de color rojo representando a un humanoide de gran estatura, cabeza redonda, con argollas en las orejas y rodeado de venados y algunas criaturas fantásticas. ¿Podría ser la más antigua representación del mítico Curupira?

Hombres Pájaros

Luis Abreu, del departamento de cultura del ayuntamiento de Rondonópolis, me condujo a la Hacienda Verde, en cuyo interior se encuentra el Parque Ecológico João Basso, una reserva particular donde se ubica la Ciudad de Piedra. En el edificio que es sede de la hacienda existe un pequeño museo que exhibe algunas urnas funerarias sacadas de la región. En ese terreno se cultivan el algodón y la soja destinadas, sobre todo a la exportación. El gerente y guarda de la reserva es Luis Nadal, quien nos llevó a algunos de los más recónditos e impresionantes lugares arqueológicos de la Ciudad de Piedra. Detalle que le agradecimos sobremanera, porque allí sólo se puede entrar con un permiso especial.

De los más de 40 yacimientos arqueológicos, sólo cinco han podido ser estudiados hasta este momento por la misión franco-brasileña de los Vialou: Ferraz Egreja, Caverna do Cipó, Fazendinha, Antiqueira y Arqueiros. Según las últimas investigaciones llevadas a cabo por diversos arqueólogos, entre los años 6.500 y 2.000 a.C. hubo una elevación de la temperatura y de la pluviosidad que produjo una gran expansión de la selva en el Brasil central.

En realidad, el Mato Grosso debió de ser una zona donde confluyeron varias poblaciones humanas procedentes de la Amazonía, del nordeste de Brasil, y quizá de otras regiones. Recientes hallazgos demuestran que entre los siglos IX y XII de la nuestra Era se produjo un notable incremento de población en la región del Mato Grosso: los indígenas construyeron en la cercanía de los ríos varias aldeas en forma de círculo, con capacidad para más de 1.000 habitantes. Sus posibles descendientes, los indios Bororo, levantaron poblados en forma anular, con tres anillos concéntricos cuyas chozas se reparten alrededor de una plaza central.

Ferraz Egreja fue la primera excavación arqueológica que visité dentro de la reserva. Se trata de uno de los muchos edificios rocosos en forma de champiñón gigante, cuyos paredones están decorados con figuras humanas, de animales y geométricas, todas ellas dibujadas en color rojo. Apunté la cámara fotográfica hacia dos humanoides que parecían tener antenas, brazos muy cortos y cuerpo rectangular. Dichas figuras no estaban pintadas, sino rayadas sobre la roca. Daban la impresión de ser unos extraños «espantapájaros», quizá representaciones de espíritus destinadas a amedrentar a los invasores del lugar…

Fotografié cruces de aspas amarillas y rojas muy semejantes a las que había visto más de 2.000 kilómetros al norte, dentro de otra «ciudad de piedra», la de Siete Ciudades, ubicada en Piauí. Y también capté la imagen del enigmático «hombre pájaro», un ser de brazos abiertos con plumas colgantes.

El mito del hombre volador que asciende a los cielos, a la morada de los dioses, parece haberse extendido desde Canadá hasta el sur del continente. Las dataciones basadas en el Carbono 14 hechas por los Vialou establecen varias fechas en las cuales se produjeron distintas ocupaciones del emplazamiento entre 5.000 y 3.000 años atrás. Sin embargo, otros grupos siguieron llegando hasta hace unos 500 años; finalmente, el lugar fue abandonado.

Otras figuras eran aún más intrigantes. Para el decano de los periodistas de Rondonópolis, Joao Batista Toledo, aquellas pinturas son prueba de que los «dioses astronautas» habían descendido desde su planeta hasta aquel fantástico dédalo de piedra. «Has podido ver que allí hay pinturas que representan cadenas de ADN, otras parecidas a satélites artificiales del tipo Sputnik y, por último, de hombres que no son como nosotros. ¿Qué más pruebas quieres de que un día fuimos visitados por seres de otros mundos?»– me desafiaba el septuagenario.

Y acaso estos seres aún sigan visitándonos. El 27 de abril del 2003, entre las 18 y las 18:40 horas, los camarógrafos Laurindo Guedes Junio y Joao Jacka pudieron grabar algo inusual sobre el horizonte. Desde un edificio en Rondonópolis hicieron tomas de una luz estática que alteraba su color periódicamente.

Y desde luego, no se trataba de un avión. Hacía las 18:40 aquella cosa brillante empezó a desplazarse hacia la ciudad de Pedra Preta. El objeto era muy luminoso y su superficie presentaba colores cambiantes, especialmente amarillo, verde, azul, rosa y rojo. Las imágenes fueron grabadas con una cámara profesional y, al enfocarlo en un zoom, sólo se pudo ver una intensa luminosidad. «Aquello no tenía forma de avión o de helicóptero», explicaron los camarógrafos.

Nadal nos llevó hasta una gran placa de arenisca desde donde se podía observar el cerro del Gavilán (Gavião) y otras formaciones rocosas. Luego emprendimos rumbo a otro sector de la reserva, donde se extienden varios «champiñones» y «copas» de piedra. Debajo de una de estas formaciones encontramos un bellísimo hombre pájaro cincelado en la roca. Pregunté a Nadal sobre «luces misteriosas».

–Hace unos tres años, no muy lejos de aquí, dentro de la Hacienda Verde, un amigo mío, Claudenir da Lava, me llamó y me señaló una luz brillante que venía flotando como a dos metros del suelo, a una velocidad de unos 30 km/ h. Hace aproximadamente veinte años, este mismo amigo se llevó un susto que jamás olvidará.

Mientras trabajaba con su tractor vio una luz que le pareció emitida por una linterna, pero que resultó ser una bola luminosa de unos treinta centímetros de diámetro. Volvió al tractor y embistió contra ella, pero la luz regresó casi rozándole la cabeza. Obstinado, Claudenir persiguió sin éxito a aquel objeto a lo largo de unos cinco kilómetros. Los lugareños llaman a estas luces «madre del oro».

Las luces de Fawcett

Al día siguiente viajé con Luis Abreu y la profesora de geografía Laurací hacia una región que tenía señalada en el mapa como «misteriosa». Se trata de la zona de Jarudore, pocos kilómetros al norte de Rondonópolis. El pequeño vehículo salvó con dificultad varios caminos arena que conducían a aisladas haciendas.

Cruzamos puentes y vimos montañas amesetadas de cima plana, y grandes cerros de color rojizo que recordaban al «Ayers Rock» , montaña sagrada de los aborígenes australianos. Muchos de tales cerros –llamados por los geólogos «inselbergs»– son considerados aún hoy sagrados para los indios Bororos.

A veces nos topábamos con un gran rebaño de ganado vacuno de la imponente raza cebú. Los «boiadeiros» (vaqueros, a caballo) procuraban apartar los animales del camino para que pasáramos. Soplaban sus «berrantes» –grandes cuernos usados como trompetas– para intimidar a las bestias. A pocos kilómetros del poblado de Jarudore, un municipio de Poxoréu, entramos en una hacienda donde se encuentra un grupo de montañas muy llamativas por su aspecto.

Encontramos a un peón, William Cesar, a quien pregunté si había visto «algo raro» en la zona.

–Allí, – señaló hacia una extraña columna de piedra de forma fálica,– surge de vez en cuando una luz en su extremo superior. Después, empieza a desplazarse por el cielo a lo largo de varios kilómetros hasta que acaba desapareciendo sobre aquella otra serranía.

En ese momento me acordé de lo que le decían los indios del Mato Grosso al coronel Fawcett : que en la enigmática ciudad perdida existía una columna de piedra muy alta en cuyo extremo siempre brillaba una luz fantasmal. ¿Sería aquella roca fálica la que mencionaban los indios? La verdad es que toda la zona me producía escalofríos. Pero los misterios no se habían acabado. Un niño de unos diez años se acercó y me dijo: –Me llamo Andrews Richard Pantaleão y casi todos los atardeceres veo en aquella montaña una luz que parece el foco intenso de una linterna, que se asoma y sobrevuela durante muchas horas todo el cerro, incluso hasta el amanecer.

Es... como si estuviera buscando algo– me dijo. Una amiguita suya, más pequeña, Gisele Alves de Souza, también me confirmó los avistamientos. ¿Qué demonios podría ser aquella luz «inteligente» que parecía buscar o vigilar algo? Prometí volver algún día a investigar aquel lugar, seguramente sagrado.

Por la noche, ya en Rondonópolis, entrevisté a la señora Sami Hanje, viuda de un comerciante y hacendado libanés. Ella me habló de otras apariciones de luces fantasmales en la región de Poxoréu que salen de una montaña y descienden en otra. En una zona distinta, conocida como Sierra da Jibóia –antigua hacienda de esclavos africanos– la luz sale de un palomar y desaparece entre las ramas de un árbol de goyabas. Aun en la misma sierra, doña Hanje mencionó la existencia de un anciano espectral que conducía un rebaño; pero cuando los viajantes se acercaban a él, se esfumaba por completo.

–Mi hijo tenía tierras allí, pero por culpa de estos sustos las vendió– dijo la viuda.

La pérdida de Jaciara

La siguiente etapa de mi viaje me llevó a Jaciara, un pueblo a 66 kilómetros al norte de Rondonópolis. Allí, en el Ayuntamiento, conocí a Jesús Mineiro, secretario de cultura.


Jesús nos llevó en su vehículo hasta las proximidades de la Gruta del Valle de las Perdidas. Allí había estado el francés Jean Perié y luego el matrimonio Vialou, en 1984, para identificar algunas pinturas rupestres. Los análisis de Carbono 14 establecieron un período de entre 3.630 y 4.610 años de antigüedad para el yacimiento. Pasamos por un bonito riachuelo y luego empezamos a descender en medio de un bosque. Me llamó la atención una especie de muralla derruida que cortaba algunos tramos de la cuesta.

–¿Quiénes son los autores de estas paredes formadas por bloques de piedra sin labrar?– pregunté a Jesús.

–No se sabe exactamente. He oído decir que fueron los esclavos, quizá para formar corrales para el ganado– me dijo sin mucho convencimiento.

Bajamos hasta el fondo del valle, cruzamos un matorral muy tupido y luego topamos con el paredón rocoso. Vimos ahí algunas superficies con figuras pintadas en rojo. Destacaba una figura humana, aparentemente un individuo obeso de brazos abiertos, al lado de un cérvido, ambos pintados con sumo cuidado.

En otro panel encontramos pinturas de extraños guerreros, uno con un escudo y otros rodeando una especie de lanza. Uno de los guerreros se parecía a los famosos “cabezas redondas” del desierto argelino del Tassili. En otro punto se representaba algo remotamente parecido a una página del Kamasutra, con seres humanos fornicando en diversas posiciones. Aislado de las demás figuras, vimos a un hombre alado, también con los brazos abiertos, como en Siete Ciudades de Piauí o Ferraz Egreja.

Y así finalizó nuestra aventura en Rondonópolis. Un lugar lleno de misterios que ni siquiera el empeño de los arqueólogos ha podido aún resolver por completo.

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