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TURQUÍA: EL TRIÁNGULO DE LOS SUEÑOS DIVINOS

Jueves 27 de Agosto, 2015
Existió una región en la antigüedad donde los hombres soñaban con dioses, los muertos tan sólo dormían y los enfermos sanaban gracias a sus visiones oníricas. Este enclave se encuentra en un rincón de la actual Turquía y es considerado una auténtica Tierra Santa tanto para los cristianos como para los paganos. Un colaborador de AÑO/CERO ha recorrido ese paisaje singular, verdaderamente modelado con el material del que están hechos los sueños… Por Juan José Sánchez-Oro

A menudo escuchamos que hay lugares marcados por la tragedia y el dolor. Son esos enclaves donde históricamente se han acumulado las desgracias y, por tanto, resulta muy difícil sustraernos al recuerdo de tan negra trayectoria. En cambio, existen otros rincones que parecen señalados por todo lo contrario. Es decir, por las bondades de su calidad de vida y la longevidad de sus habitantes. Son las denominadas «zonas azules», un reducido número de poblaciones repartidas a lo largo y ancho del planeta que acumulan la mayor tasa de residentes centenarios que podamos cuantificar.
Ambos tipos de localidades, marcadas por la vida o la muerte, reflejan las dos mayores preocupaciones del ser humano, así que no resulta nada extraño que les prestemos la máxima atención. Sin embargo, mucho menos común es tropezar con regiones profundamente señaladas por las visiones oníricas. Unos de esos enclaves que parecen modeladas por sueños sagrados son Éfeso, Selçuk y Pérgamo. Se trata de una tríada de ciudades ubicadas en la actual Turquía, aunque realmente pertenezcan a una geografía mucho más sutil. Aquella que ignora el tiralíneas de la cartografía entre estados modernos y prefiere la etiqueta más difusa y evocadora de Tierra Santa. Porque Éfeso, Selçuk y Pérgamo son escenarios bíblicos de los textos canónicos y también de los apócrifos.

MENSAJES PROFÉTICOS
Sin embargo, los límites de esa santidad desbordaron los moldes cristianos. Las tres localidades fueron notabilísimos centros de sacralidad pagana. Con todo, los cristianos y paganos que allí vivieron, estaban separados por sus credos, ritos y mitos, hasta llegar a odiarse con violencia por ello. Pero unos y otros estuvieron unidos, sin saberlo, por el uso que de los sueños hicieron sus respectivos dioses. Y es que en el mundo antiguo soñar no era cualquier cosa. Suponía una oportunidad para trascender la materia en la que el individuo está inmerso. Por unas horas, el ser humano parecía liberarse de sus cadenas carnales y adentrarse en planos más etéreos, solo al alcance de criaturas superiores. Por eso mismo, el sueño ofrecía un privilegiado canal de comunicación con las deidades. Era el momento en el que el hombre y su dios podían reducir distancias y tratarse de tú a tú sin barreras de ningún tipo. Semejante intimidad explica por qué algunos grandes líderes políticos divinizados en vida, como Alejandro Magno o Augusto, fueron gestados mientras su progenitora dormía…
Tan importantes eran los sueños en la antigüedad clásica, que se desarrolló una disciplina para interpretarlos y analizarlos. Se trataba de la onirocrítica, varios de cuyos tratados más importantes han llegado hasta nuestros días. Precisamente, dos de sus principales exponentes y estudiosos, Artemidoro y Macrobio, distinguían entre tres tipos básicos de sueños proféticos: los directos,  los alegóricos o simbólicos y los oraculares. En los primeros, el soñador contemplaba con absoluto detalle aquello que le iba a ocurrir. En los segundos, en cambio, el mensaje resultaba confuso al ser mostrado bajo imágenes simbólicas que requerían de un pormenorizado examen ulterior. Finalmente, los oraculares estaban mediados por una divinidad o un personaje relevante que advertía al durmiente y predecía su futuro.

CONECTANDO CON LA DIOSA
Éfeso era uno de los lugares ideales para disfrutar de experiencias oníricas de este tercer tipo. Allí precisamente residió Artemidoro, quien tomó buena nota de lo que veían sus ojos para su tratado La Interpretación de los sueños. No en vano, en Éfeso estaba el templo de Artemisa, una de las Siete Maravillas del mundo antiguo y hogar de la citada diosa, cuya fama y devoción era bien conocida por todo el Mediterráneo. Plinio el Viejo describe el edificio asegurando que tenía unos 115 metros de largo por 55 de ancho, y su perímetro lo componían 127 robustas columnas de mármol que se elevaban a hasta los 18 metros de altura. A su vez, Plutarco narra que el santuario había sufrido un incendio en una época anterior y que los perplejos efesios no entendían cómo la diosa había tolerado que se consumiera su casa… (Continúa en AÑO/CERO 302).

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Es muy interesante esta historia me gusta y me encanta. Mantengame siempre informado. Gracias...

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