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Curaciones milagrosas a través de los sueños

Lunes 16 de Abril, 2018
En la antigüedad durante el ensueño aparecieran figuras espectrales que daban buenos augurios, y atraían la curación instantánea a dolencias de los durmientes. Este prodigio se materializaba a través de un extraño ritual: el sueño incubatorio.

Pocos lugares han tenido una historia tan convulsa como Alejandría. Símbolo de la cultura del mundo antiguo, esta ciudad egipcia sufrió innumerables saqueos y destrucciones, tantos que apenas quedan ruinas de los edificios que le dieron fama.

Como la Biblioteca Real fundada por Ptolomeo I, que llegó a albergar casi un millón de manuscritos. O el Serapeum, un monumental santuario erigido para rendir culto a Serapis, dios a cuya figura se encomendaban todos aquellos que buscaban la curación de las enfermedades físicas y espirituales.

La misma suerte que estos enclaves corrieron los muchos templos paganos dispersos por la ciudad, destruidos por el patriarca cristiano Teófilo a finales del siglo IV. Las cosas no mejoraron en las siguientes décadas, marcadas por agrias disputas doctrinales en el seno del cristianismo, disensiones que hicieron suyas los habitantes de la ciudad, enfebrecidos por un fervor religioso que contribuyó a segar la vida de inocentes como Hipatia de Alejandría, la célebre maestra neoplatónica.

Un par de siglos después de estos sucesos, Alejandría continuaba sumida en el caos, pero en mitad del mismo tuvieron lugar ciertos episodios en los que merece la pena que nos detengamos. No en vano, constituyen los primeros registros documentados de sanaciones milagrosas en el ámbito de la religiosidad cristiana oriental, con la particularidad de que dichas curaciones se produjeron gracias a la mediación de espíritus o fantasmas que se aparecían en los sueños de los pacientes, mientras estos últimos pernoctaban en las inmediaciones de templos o tumbas.

PRODIGIOS EN ORIENTE

En el siglo VII, Alejandría se convirtió en una especie de ciudad de los prodigios, o eso es, al menos, lo que se infiere de las crónicas de hombres como Sofronio de Jerusalén, último patriarca de la ciudad santa, ya que a él le correspondió el ingrato deber de rendirla a las tropas del califa Omar el Grande, ante quien capituló personalmente. Además de protagonizar este relevante acontecimiento histórico, Sofronio fue un viajero impenitente, autor de escritos poéticos, litúrgicos y hagiográficos, y maestro en retórica, cualidad que le valió el ser conocido como «el Sofista» o, también, «el de la lengua de miel».

Fue precisamente en Alejandría donde el monje Sofronio situó la «acción» de algunos de sus escritos más interesantes, sobre todo los dedicados a mártires cristianos y a sus «intervenciones póstumas» –me atrevería a decir que fantasmagóricas– en la curación de enfermos que se encomendaban a ellos. El resultado fueron setenta historias taumatúrgicas que recientemente han sido traducidas por primera vez al castellano. Recogidas en un solo volumen, titulado Sueños y curaciones: Relatos de milagros en la Alejandría bizantina (Ed. Sígueme) y editado por el investigador del CSIC Natalio Fernández Martos, constituyen un excepcional testimonio sobre la geografía y la historia del Oriente cristiano y, por encima de todo, sobre el complejo universo de la salud y la enfermedad.

POSESIÓN DIABÓLICA

Uno tras otro, los setenta relatos nos sumerjen en un mundo acuciado por patologías comunes que nos resultan cercanas, con excepción de las «enfermedades del alma» o posesiones diabólicas que tanto preocupaban a las autoridades cristianas de aquella época turbulenta.

En cualquier caso, el abordaje de todas ellas tiene más que ver con el inquietante ámbito de los espectros, que con las prácticas médicas a las que estamos habituados. Veámoslo con un par de ejemplos. Sofronio cuenta el caso de Teopompo, un hombre que había sido «cruelmente poseído por el demonio» durante dieciocho años.

Hasta que, cierto día, no pudiendo soportar más la rabia que anidaba en su alma, decidió visitar las tumbas de dos mártires cristianos, Ciro y Juan, situadas junto a una iglesia a las afueras de Alejandría:

«Completó con mucha fatiga la larga distancia del camino, ya que por carecer de recursos lo había hecho a pie –puntualiza Sofronio–. A duras penas, después de la puesta de sol, alcanzó el sepulcro de los mártires. Exhausto por el enorme cansancio, se recostó en el pórtico exterior de la iglesia (…) Y los mártires, amigos de los hombres, se le presentan durante el sueño allí donde había pasado toda la noche, usando sus propias figuras y no otras. Lo llaman por su nombre y le dicen: ‘Mira, hermano Teopompo, hemos expulsado de ti el mal espíritu que te molestaba y atribulaba en nombre de Jesucristo, que a través nuestro ha marcado la cruz. Levántate, da gracias a Dios y retírate a tu casa’. Y él, sin esperar a que los hombres vieran el sol –había depuesto junto con el demonio el cansancio del camino–, al punto se levantó de donde estaba acostado. Entró en el santuario, entonó un canto de agradecimiento a Dios y a los mártires que lo habían curado por la grandísima sanación, y se alejó alegre y exultante a la vez que proclamaba la gran proeza del milagro».

Podríamos pensar que la peculiar naturaleza del mal que aquejaba a Teopompo requería la intervención de espíritus de probada fortaleza, pero los fantasmas de los santos también se ocupaban de enfermedades bastante más prosaicas, descritas con todo lujo de detalles por Sofronio de Jerusalén: «El lentísimo Zacarías se nos ocultó durante un corto periodo de tiempo. Su lentitud no se debía a una dolencia de los pies, sino a otra enfermedad que priva de la velocidad. Estaba impedido por la inflamación de los órganos genitales». Así es, Zacarías padecía de los testículos, pero también de una enorme vergüenza que le impedía acudir a los galenos convencionales, de manera que se encomendó a los «fantasmas de Dios», nuevamente los santos Ciro y Juan.

Tras acudir al santuario y quedarse dormido, los mártires le preguntaron en sueños por la razón de su visita, causa que él les desveló entre sonrojado y temeroso: «Pero los mártires le corregían, diciéndole que no se avergonzase de las dolencias corporales, le ordenaban que les mostrase la dolencia que creía que tenía en las partes genitales. Y él, lleno de verguenza, hizo lo mandado. Pues ni por pudor pudo resistir a los que le mandaban. Y ellos (…) pusieron en fuga la carga de la inflamación y le ordenaron que se fuera a casa. ‘Mira –dijeron–, no tienes ningún mal, así que levántate y emprende en paz el camino de vuelta a casa».

Como vemos por lo anterior y por el resto de curaciones muy similares a estos dos ejemplos, el monje Sofronio se esmera en vincular la sanación de la enfermedad con la fe en los santos, mártires y templos cristianos. Pero más allá de sus intenciones didácticas, utilitaristas, y de la defensa a ultranza de la religión que profesaba, llaman la atención los métodos y el contexto geográfico donde tienen lugar los prodigios que describe.

FUERA DEL TEMPLO

Para empezar, el autor bendice el contacto con los espíritus de los fallecidos como medio para lograr un objetivo terapéutico, subrayando que dicha comunicación debe establecerse a través de los sueños y –muy importante– en la proximidad pero no el interior de los templos, o sea, durmiendo a raso, bajo las estrellas. Por otra parte, en la mayoría de casos que describe, los «pacientes» recurren a los mártires como última y desesperada opción, llegando hasta las tumbas o templos de los santos extenuados física y mentalmente.

Que las sanaciones se produjeran en Alejandría tampoco parece ser fruto de la casualidad… Sofronio de Jerusalén no era un erudito al uso, pues antes de obtener el patriarcado de la ciudad santa había viajado en misiones doctrinales por Anatolia, Grecia y Egipto, además de Siria, de donde era natural. Así, es seguro que conocía las costumbres de los habitantes de aquellas regiones, incluidas las prácticas relacionadas con la cura de la enfermedad. Pues bien, entre estas últimas existía una tradición terapéutica, la del «sueño incubatorio», que los cristianos se esforzaron por erradicar, tanto es así que demolieron la mayoría de templos donde se llevaba a cabo.

Pero una cosa era destruir los templos en los que se rendía culto a los dioses paganos, y otra no poner en valor ciertas prácticas que parecían funcionar y que, además, contaban con el apoyo de la población.

De manera que aunque el Serapeo de Alejandría fuese destruido por orden del patriarca Teófilo en el año 391 de nuestra era, algunos jerarcas cristianos comprendieron que era más fácil captar las simpatías de la población no cristiana con miel que con hiel, para lo cual hicieron suyas tradiciones tan ajenas a sus dogmas como el citado y extraño ritual, así descrito por Mercedes López Salvá, doctora en Filología Clásica por la Universidad Complutense de Madrid: «Era costumbre en la Antigüedad pagana acudir a los lugares sagrados con el fin de entablar contacto mediante el sueño con alguna divinidad. Esta costumbre adquirió a partir del siglo IV a. C. gran augen torno a la figura de Asclepio, cuando este dios se convirtió en una divinidad panhelénica (…) De valor excepcional en lo que atañe al sueño incubatonio fueron las tres estelas enteras y fragmentos de una cuarta en que se recogían los iamata, colección de setenta curaciones milagrosas efectuadas por Asclepio. Estas setenta reseñas de curaciones han sido base de diferentes estudios sobre la incubatio pagana y el sueño incubatorio en los asklepieia del mundo clásico».

Así pues, las setenta curaciones milagrosas reseñadas por Sofronio de Jerusalén no solo coinciden en número con las atribuidas a Asclepio (Esculapio, para los romanos), sino que sus características se asemejan sospechosamente a las que venían realizándose en los templos paganos desde tiempos remotos.

El hábil y retórico Sofronio se limita a sustituir a los dioses paganos por mártires cristianos, y a los asklepieia o centros de salud del mundo clásico por tumbas, ermitas o iglesias cristianas. Todo lo demás –o casi todo– se ajusta perfectamente al ritual del sueño incubatorio, cuyo objetivo, no hay que olvidarlo, era proveer de salud o ciertos dones espirituales a quienes lo practicaban.

«Las personas de espíritu religioso –continúa López Salvá– acudirían al templo en espera de que la divinidad mediante el sueño coadyuvase a la resolución de su situación conflictiva. La consideración del estado de enfermedad como especialmente conflictivo contribuyó a que el sueño incubatorio adquiriera un cariz eminentemente medicinal en el sentido de que los clientes de los templos eran enfermos que acudían al recinto sagrado con el fin de recibir del dios (o del santo) por vía onírica la liberación de su dolencia o el tratamiento de la misma».

CENTROS DE SALUD

Los ciudadanos de Alejandría, la ciudad donde se ubicaba uno de los mayores y más renombrados serapeos del mundo, estaban familiarizados con aquel método curativo, no mucho tiempo atrás administrado por «iatromantes» o sacerdotes-médicos que actuaban como embajadores de Isis, Osiris, Apolo, Serapis o cualquier otra divinidad relacionada con la iaetria o medicina arcaica, aunque fuese el griego Asclepio, hijo de Apolo y Corónide, el que ha pasado a la historia como verdadero impulsor de las artes mágico-curativas.

Lejos de resultar una práctica minoritaria, en el ámbito griego existió una auténtica red de asclepeion –aproximadamente 300– donde se llevaba a cabo el ritual del sueño incubatorio, templos de los que quedan vestigios en Atenas, Cos, Mesene, Éfeso, Epidauro y Pérgamo, entre otros lugares. Al respecto de estos edificios y de su funcionamiento, escribe lo siguiente el doctor Pedro Gargantilla Madera, autor de Manual de historia de la medicina (Grupo Editorial 33):

«Para su edificación se eligieron lugares sanos, con agua abundante y naturaleza exuberante, hasta donde llegaban los enfermos en un largo peregrinar. Los sacerdotes consagrados al templo los recibían y les relataban las curaciones que allí habían conseguido. A continuación, el enfermo realizaba una ofrenda en honor a Asclepio y un ritual (baños, masajes, unciones) para prepararse para el descanso nocturno. La curación tenía lugar en el abaton del templo, en las proximidades de la estatua del dios. Mientras el paciente dormía (incubatio) se le aparecía el dios, o bien le sanaba de la dolencia y/o le relataba la forma mediante la cual se curaría. A la mañana siguiente, el sueño era descrito al sacerdote, el cual lo interpretaba y le aplicaba el tratamiento más adecuado (amuletos, oraciones, pociones…)».

Como vemos por lo anterior, las ceremonias realizadas en los asclepeion no eran tan distintas de los usos médicos actuales. De hecho, es habitual que los facultativos de hoy en día, además de fármacos, prescriban descanso o reposo a los pacientes. De igual modo, la fe en la sanación (en los dioses) continúa siendo importante en el proceso curativo. Por no extendernos en la capacidad de los placebos, capaces de provocar un efecto positivo a ciertos individuos enfermos si estos ignoran que están recibiendo una sustancia inerte (agua, azúcar, etc.), creyendo que es un medicamento.

Sin embargo, hace tiempo que la medicina convencional desterró la intervención de entidades suprahumanas en el ámbito de la curación, o la capacidad de determinados ensueños, inducidos o no, para hacerla efectiva. Paradójicamente, en la Antigüedad tales sueños eran estudiados «científicamente».

Todos hemos oído alguna vez la expresión «sueño reparador», en alusión a los beneficios resultantes de dormir bien, pero en el mundo antiguo existía una vasta cultura onírica que categorizaba los sueños, incluida la que conectaba estas misteriosas manifestaciones mentales que se presentan cuando dormimos con fenómenos como el de la «iatromancia» (diagnóstico) o la curación de la enfermedad, exclusivos de los «sueños enviados por los dioses» a los que se refería el filósofo Jámblico en el siglo II: «Cuando el sueño nos está abandonando y empezamos a despertar, nos parece escuchar una leve voz que nos indica lo que ha de hacerse. Es cuando estamos entre el despertar y el dormir o ya totalmente despiertos el momento en que se oyen las voces. Entonces, un espíritu invisible e incorpóreo rodea a los que yacen, de tal modo que no es posible verlo, pero sí sentirlo y percibirlo».

ESPECTROS «CARNALES»

Aunque Jámblico escribiera que no era posible ver a los espíritus, en los relatos sobre los sueños incubatorios no solo se insiste en que dichos fantasmas surgían ante los durmientes con una corporeidad manifiesta, sino que se dirigían a ellos como en una conversación normal e impropia de la actividad inherente al ensueño, aunque algunas de las situaciones que percibimos en ese trance se nos antojen coherentes o reales. Así, los protagonistas de las curaciones descritas por Sofronio de Jerusalén veían, reconocían perfectamente, a los mártires Ciro y Juan, del mismo modo que los pacientes que dormían en los templos griegos asistían con naturalidad a la irrupción del mismísimo Asclepio acompañado de su séquito de enfermeros espectrales, por más que la naturaleza etérea del dios lo hiciera improbable.

Por los relatos sobre el sueño incubatorio en el ámbito de la antigua Grecia, cabe inferir que dicho ritual se realizaba en el interior y no fuera de los templos. Sin embargo, en las textos de Sofronio de Jerusalén a los que me he referido antes, el monje nacido en Damasco parece enfatizar que el momento clave del ritual tenía lugar en el exterior del recinto sagrado, no traspasadas sus puertas, haciendo hincapié en que los pacientes acudían a las «tumbas» de los mártires. ¿Por qué el interés de Sofronio en dejar claro este aspecto de la ceremonia?

TUMBAS DE LOS HÉROES

Para empezar, es muy posible que Sofronio de Jerusalén conociera las antiguas tradiciones de Alejandría en la materia y, de hecho, también lo es que supiera que, en origen, el ritual del sueño incubatorio no se realizaba en templo alguno, sino junto a tumbas, monumentos funerarios o en lechos excavados en la piedra, «camas» donde en tiempos aún más pretéritos se llevaba a cabo otra práctica ritual emparentada con la del sueño incubatorio, me refiero a la excarnación.

Por ejemplo, sabemos que en Cerdeña, hasta la irrupción del cristianismo, muchos de sus habitantes acudían a las «tumbas de gigantes» para dormir junto a sus héroes fallecidos. El objetivo de esta tradición, que data al menos del II milenio a. C., era doble: atraerse las cualidades de aquellos héroes y curarse de ciertas dolencias. Para lograrlo, los aspirantes debían permacer en un estado de duermevela entre 5 y 6 días, condición que seguramente alcanzaban gracias al consumo de ciertas sustancias.

Fue más adelante cuando los simpatizantes de aquella costumbre la exportaron a los templos cristianos que se levantaron en la isla: «Dormir dentro de las iglesias, repetidamente prohibido por los sínodos de Cerdeña, parece ser el último legado de un disfraz precristiano que se prolongó en el tiempo incluso cuando el significado original se había perdido», apunta la folclorista italiana Dolores Torchi. Perdidos o no, esta clase de rituales vinculados a la recuperación de la salud parecen haber influido en terapeutas actuales que promueven curas de sueño… aunque ignoren que un tal Asclepio las «puso de moda» hace milenios.

Sueños sagrados en el antiguo Egipto

En el antiguo Egipto había muchos templos donde se practicaba el ritual del sueño incubatorio. Además de en el Serapeum de Alejandría, hay constancia de que dicha ceremonia se llevó a cabo en los templos de Isis en la isla de Filae, en el de Seti I en Abidos y en el de Toth en Hermópolis, por citar solo los más conocidos.

En relación con este asunto, el investigador Scott Cunningham, experto en magia natural, relata el siguiente caso en su libro Dreaming the Divine: Techniques for Sacred Sleep:

«Mehitousket, esposa de un célebre mago egipcio, Setme Khamuas  nunca había quedado encinta, de manera que durmió en el templo de Imhotep, en Menfis. En un sueño le fue indicado que preparase una receta con cierta planta y que se la diera a su marido. Ella siguió el consejo y el remedio tuvo éxito: dio a luz a un hijo. Justo después, Setme Khamuas recibió en otro sueño el nombre que debía poner al niño, y éste llegó a ser tan buen mago como él».

Como vemos por este ejemplo, tanto Mehitousket como su marido reciben indicaciones muy precisas acerca de qué deben hacer y, como apunta Cunningham, probablemente tuvieron que someterse a algún proceso de purificación previo a la consecución de las mismas: «Era indispensable un estado de absoluta pureza (parece ser que consistía en no haber tenido relaciones sexuales durante un periodo determinado). Y también se podía ordenar al aspirante que ayunara o que tomase ciertas sustancias que le indujeran sueños ‘benéficos’».

 

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