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Los megalitos de los chamanes voladores

Miércoles 02 de Agosto, 2017
En tiempos remotos, Asia central vio nacer una casta de sacerdotes-médicos cuya influencia en la tribu radicaba en su capacidad para intermediar entre el mundo de los vivos y el elusivo universo de los espíritus, privilegio que les facultaba para curar a los enfermos, exorcizar demonios, adivinar el futuro y una larga lista de funciones generalmente vinculadas con la magia. Lo que resulta excepcional es que aquellos primitivos chamanes actuaran también como arquitectos y erigieran monumentos similares a los levantados por los constructores de megalitos. En Siberia y Mongolia están las pruebas sólidas de que fue así.
Texto: Francisco Gonzalez

Si preguntamos a un antropólogo cuál es el origen del chamanismo, probablemente obtendremos una respuesta vaga, pues el fenómeno posee múltiples variantes y se extiende a prácticamente todo el mundo.   En cuanto al significado del vocablo, éste define a un sanador o curandero, aunque la traducción del término chamán en lengua tungús –literalmente «el que sabe»– sitúa a estos personajes en un marco aparentemente ambiguo, pero en todo caso distinto del de los médicos convencionales.

 «Él –o ella– actuaba como intermediario entre la Humanidad y lo Otro, y como guardián de la tradición cultural y mágica. Su trabajo implicaba dirigir las bendiciones, sobre todo en bebés recién nacidos, realizando rituales de protección, adivinando el futuro, sanando a los enfermos, exorcizando fantasmas y demonios, supervisando el entierro de los muertos y, principalmente, actuando como mediador entre la tribu y el mundo de los espíritus y sus habitantes», escribe a propósito de esta cuestión el reputado ocultista Michael Howard.

Al contrario que el investigador británico, los primeros viajeros occidentales que visitaron Siberia y Mongolia y conocieron a estos extraños personajes, quedaron perplejos al contemplar sus extrañas vestimentas y desconcertantes ceremonias, tanto que las adscribieron al ámbito de lo demoniaco. 

SACERDOTES DEL DIABLO
El diplomático y cartógrafo holandés Nicolaas Witsen (1641-1717), pionero en la descripción literaria de estas regiones, asistió a una ceremonia dirigida por un chamán siberiano –«sacerdote del diablo», en palabras de Witsen–, ritual que le causó una honda impresión y que reseñó en su ensayo Noord en Oost Tartarye (Norte y Este de Tartaria). Según Witsen, el oficiante se presentó vestido con ropas muy llamativas, iba tocado con una cornamenta y no cesaba de cantar mientras tañía un tambor, todo ello al objeto de comunicarse con los espíritus.

Marco Polo, el célebre viajero contaba que en su visita a estas tierras conoció a magos que podían diagnosticar y sanar las enfermedades mediante rituales de adivinación, ceremonias en las que eran poseídos por diablos que hablaban utilizando las gargantas de los propios chamanes, o así interpretó el veneciano los inquietantes sonidos guturales que proferían los oficiantes cuando entraban en trance. Cuernos, tambores, voces extrañas, espíritus malignos… Dada su condición de occidentales y cristianos, no es raro que Marco Polo, Witsen, Johnston y demás pioneros en contactar con aquellos peculiares sacerdotes, extrajeran la conclusión de estar ante una especie de embajadores del diablo. Afortunadamente, la perspectiva sobre el chamanismo y sus practicantes comenzó a cambiar en la segunda mitad del siglo XIX.

Los primeros chamanes que habitaron estas tierras dejaron su impronta en las piedras que les rodeaban. Misteriosos petroglifos hallados en Siberia confirmarían la existencia de una primitiva escuela de pintores chamanes.  

MEGALITOS IMPOSIBLES
Incluso hoy, las estepas de Asia Central ofrecen un paisaje monótono, con apenas fauna y sin señales de haber sido hollado por el hombre.  No obstante, en ocasiones surgen otros signos que denotan la actividad civilizadora, aunque en el caso que nos ocupa estos remitan a los antiguos pobladores del lugar, quienes, en torno al segundo milenio antes de nuestra era, erigieron cientos de extraños megalitos. Por lo general, los bloques no presentan signos inscritos, pero algunos fueron grabados con motivos animales y, más a menudo, con cérvidos. Es por eso que son conocidos como «piedras ciervo» o «piedras reno», según la diferente interpretación de quienes los han estudiado.

Esculpidos sobre granito o diorita, en función de la abundancia de uno u otro mineral en el área donde se erigieron, algunos monolitos superan los cuatro metros de altura, aunque lo normal es que no levanten más de un metro sobre el suelo. En cuanto a su morfología, la parte superior de los mismos suele ser plana o redondeada, si bien en algunos monolitos se aprecia que ésta fue rota o arrancada deliberadamente, quizá para eliminar un diseño o deidad «inconvenientes». En relación con los grabados, estos se practicaron antes del levantamiento de los bloques, aunque varias de estas piedras muestran que fueron esculpidas en origen.

 Ya hemos mencionado que en muchos de estos megalitos se grabaron ciervos o renos, además de otros símbolos entre los que destaca el disco solar. Pero aún más relevante es la «actitud» de dichos animales, pues como advierte el antropólogo y experto en chamanismo Piers Vitebsky, «el reno fue representado con el cuello muy extendido y las patas flotando sobre el suelo, no como si el animal avanzara al galope, sino como desplazándose por el aire». Pero antropólogos y arqueólogos no pasan por alto la similitud entre los diseños de las «piedras ciervo» y las primeras manifestaciones artísticas de los misteriosos escitas y las tribus que recogieron su legado cultural. En este sentido, los Pazyryk, el pueblo nómada constructor de túmulos o kurganes, quizá constituyen la mejor evidencia del vínculo entre megalitos y chamanes.

TUMBAS Y PETROGLIFOS
Habitantes de la cordillera de Altái, entre Siberia y Mongolia, los Pazyryk desarrollaron extraordinarias manifestaciones culturales, incluida la afición a llenarse el cuerpo con sofisticados tatuajes, el uso de saunas rituales y la práctica activa del chamanismo, como ha quedado demostrado por el hallazgo en varios enterramientos de restos de cannabis e incluso de unos curiosos aparatos para inhalarlo.

En cuanto a los tatuajes, muchos de nuestros lectores tal vez recuerden el hallazgo de la conocida como Princesa de Ukok o Dama de Hielo de Siberia. Ocurrido en 1993, el descubrimiento dio la vuelta al mundo debido al excepcional estado de conservación de la momia, supuestamente perteneciente a una dama de alto rango o chamana fallecida a causa de una enfermedad hace 2.500 años. Gracias al hielo, los tatuajes de la joven eran perfectamente visibles, llamando la atención el de un ciervo muy estilizado que ha terminado convirténdose en «marca» o imagen icónica de la cultura Pazyryk. En efecto, la similitud entre los trazos de este tatuaje y los de las «piedras ciervo» resulta evidente. ¿Levantaron los Pazyryk o sus antepasados los misteriosos megalitos de Mongolia?

Los nativos chukchis, coriacos, chuvanos, evenks, yukagirs y otras etnias habitantes de la región de Chukotka, poseen una tradición milenaria que les vincula con el consumo de la amanita muscaria.

Particularmente los chukchis, cuyos antepasados, hace aproximadamente tres mil años, pintaron en las rocas cercanas al río Pegtymel varias figuras antropomorfas que desconciertan a cualquiera que las observa. En concreto, se trata de las representaciones de tres mujeres y un hombre con un llamativo adorno que salta a la vista: todos ellos llevan sobre la cabeza –o unidos a ella– lo que parecen ser enormes hongos de la especie amanita muscaria, todavía muy abundante en la zona

VIAJE ESPIRITUAL
Hasta ahora, los únicos testimonios arqueológicos sobre las misteriosas tribus escitas se han extraído de los montículos funerarios o kurganes dispersos por las estepas de Asia Central. Pero, como hemos visto, es posible que este pueblo de jinetes y chamanes dejara constancia de su paso por estas tierras a través de las extrañas «piedras ciervo» tan abundantes en Mongolia.  

Sea como fuere, estos megalitos nos proponen un enigma fascinante, tanto como la realidad humana de los chamanes-constructores que probablemente los erigieron.

Lee el reportaje completo en el número 307 de la revista AÑO CERO 

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