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Peregrinar a Nápoles según Javier Sierra

Martes 17 de Abril, 2018
Durante siglos, artistas de media Europa dedicaban uno o más años de su vida a viajar por Italia para empaparse de la belleza y la ciencia que entraña su disciplina. Pintores como Durero entraron en contacto con contemporáneos, compartiendo secretos que los hicieron más grandes si cabe.

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Durante siglos, artistas de media Europa dedicaban uno o más años de su vida a viajar por Italia para empaparse de la belleza y la ciencia que entraña su disciplina. Pintores como Durero entraron así en contacto con contemporáneos como Rafael o Leonardo, compartiendo secretos y pasiones que los hicieron a todos más grandes si cabe. Esa costumbre, hoy mantenida por algunas instituciones como la Real Academia de España en Roma, podría aplicarse también a los que aspiran dedicarse profesionalmente a eso tan ambiguo que algunos llamamos «el misterio».

Acabo de regresar de mi enésimo viaje a Italia, a Nápoles para ser preciso, y nunca antes había sentido tan claramente esta certeza como ahora. Todo en la capital vesubiana rezuma arcanos. Sin ir más lejos, una leyenda muy extendida dice que la ciudad fue fundada sobre la tumba de una sirena (Parténope). Hoy, en esta época tan poco amiga de las leyendas, se acepta en cambio que fue gracias a una indicación de la sibila de la cercana Cuma que se eligió el emplazamiento de la «nueva polis» o Nápoles.

El asunto de la sibila tiene su gracia. En 2002 el escritor estadounidense Robert Temple –conocido por su libro El misterio de Sirio– dedicó un trabajo monográfico a la red de túneles que rodea el oráculo de Cumas, llegando a la conclusión de que sus galerías infestadas de gases sulfurosos se utilizaban como un oráculo para invocar a los difuntos (Nekromanteion).

Curiosamente, ese ancestral culto a los muertos sobrevivió a los colonos foceos que fundaron el lugar y a los romanos que vendrían más tarde, y terminaría por arraigar en el corazón cristiano de la moderna Nápoles. Y es que, aún hoy, en pleno centro histórico, en la colosal cripta de la iglesia de Santa María del Purgatorio ad Arco, se sigue implorando la ayuda de los que ya no están en este mundo. Yo mismo he sido testigo de cómo algunos fieles, de un modo discreto, todavía descienden a ese inferos oscuro y sucio, lleno de hornacinas con huesos de humanos anónimos fallecidos durante la gran peste de 1656, para colocar allí la foto de uno de sus muertos y pedirle que interceda por ellos. En la muy supersticiosa Nápoles se acepta que los difuntos se manifiestan en sueños a los vivos, susurran números para la lotería e incluso nos dan instrucciones sobre cómo actuar en tiempos de tribulación. Allí todos las llaman las «almas escuchadoras».

La Iglesia católica hace la vista gorda y permite que se perpetúe un culto que puede retrotraerse con facilidad al siglo VI a. C. Quizá no le queda otro remedio. No en vano, entre el oráculo de Cumas y Santa María ad Arco, todavía es objeto de peregrinación el lago Averno: la antigua boca volcánica en la que el poeta Virgilio creyó ver la entrada al Hades y en la que Dante imaginó las escenas más truculentas de su Divina Comedia. O la casa de la calle Cairoli en la que, en 1918, falleció la médium más famosa de nuestros días, Eusapia Palladino. La mujer que impresionó al músico (y escéptico) Gustav Mahler, al Nobel de medicina Charles Richet o al incrédulo Gabriele d’Annunzio con las manifestaciones del espíritu de cierto «John King».

Nápoles es, pues, un libro de misterio que recorre veintiséis siglos de Historia. Nos la presentan como la ciudad de la pizza Margarita, la colección Farnesio de arte o el lugar en el que Maradona ha sido elevado a categoría de dios.

Pero por debajo de todo eso subyacen más de dos milenios de esfuerzos por penetrar el velo de la muerte. Por eso peregrinar a un lugar así debería ser obligatorio para los aspirantes a misteriólogo. Digo yo.

 

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