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Sacrificios humanos en el antiguo Egipto

Viernes 02 de Junio, 2017
El desconocimiento y el secretismo envuelven este oscuro capítulo de la historia del país del Nilo.
Por: Nacho Ares

Muy pocos visitantes alcanzan la cúspide de la Montaña Tebana sobre la antigua aldea deGurna.Allí no hay tumbas espectaculares, aunque el contenido de algunas de ellas es estremecedor. Ascendiendo por la encrespada pared rocosa un chiquillome persigue denodadamente, ofreciéndome su ayuda a cambio de una propina. Cree queme he perdido.Para él allí no hay tumbas de interés. Además, prácticamente nadie se ha interesado por ese punto casi inaccesible. Cuando le digo que busco la tumba 81, de un tal Ineni, elmuchacho se detiene desconcertado. «¿Ineni? Aquí no hay ningún Ineni, señor. ¿Nakht? ¿Rekhmire? ¿Ramose?», señala el chiquillo creyendo que me he equivocado de nombre. «No, Ineni», insisto con vehemencia. «Mira, ahí está», le señalo.

NADIE OYÓ NADA, NADIEVIO NADA
Frente a mí tengo la entrada de la tumba de Ineni. En la puerta metálica pende la cartela con el número de su registro entre las tumbas tebanas: TT81. Ineni fue, entre otros muchos cargos, Supervisor del Doble Granero de Amón, portador del sello de todos los contratos de la Casa de Amón y, lomás importante de todo, arquitecto y director de las obras durante gran parte de la primera mitad de la dinastía XVIII (1570- 1450 a. C.). La tumba fue excavada hacia 1895 por el egiptólogo francés Hippolyte Boussac. Se trata de una sepultura del ImperioMedio, 500 años más antigua, reutilizada por el arquitecto real de Amenofis I, Tutmosis I,Tutmosis II,Tutmosis III yHatshepsut.Uno de los aspectos más destacados de su tumba es el texto autobiográfico en donde relata las construcciones más importantes realizadas por él. Allí nos habla, además de sus prodigios en el templo de Karnak, de cómo creó la primera tumba del Valle de los Reyes, la cercana necrópolis de los faraones de este período. Años después, Howard Carter, el descubridor de la tumba de Tutankhamón, se estremeció al leer una frase del texto biográfico, que refería las circunstancias que rodearon a la excavación de la primera tumba del valle real en tiempos del faraón Tutmosis I: «Supervisé la excavación de la tumba del acantilado de Su Majestad solo, nadie vio nada, nadie oyó nada», nos cuenta Ineni en su relato autobiográfico.¿A qué se refería el arquitecto de Tutmosis I con este secretismo? Carter no tenía dudas del significado. Para él, los obreros que participaron en la excavación de la tumba fueron sacrificados para que no revelaran la ubicación de la sepultura.

No era la primera vez que se encontraba una referencia de este tipo. La misma frase aparece sobre una estatua cubo conservada hoy en el Museo Británico de Londres (EA48). Su dueño es Sennefer, supervisor de los portadores del sello del reinado de Tutmosis III (ca. 1500-1450 a. C.), cuya tumba (TT99) se encuentra muy cerca de la colina en la que se excavó la de Ineni. Sobre la estatua de basalto negro del alto funcionario podemos leer exactamente la misma frase: «Nadie vio nada, nadie oyó nada», refiriéndose seguramente al celo y secretismo con el que llevaba a cabo sus tareas en la administración.Pero, además de los mencionados textos, los arqueólogos ya tenían sospechas de

que en algún momento de la época faraónica se habían llevado a cabo rituales o procesos de este tipo.Así lo constataron, por ejemplo, al descubrir restos materiales que demostraban la realización de sacrificios humanos en las épocas más primitivas de la historia de Egipto.

POR LA CABEZA DE OSIRIS
Con el nombre deOmel-Kab, los egipciosmodernos conocen una enorme explanada que se abre junto al templo de Seti I, en Abydos. Dicho término viene a significar «la madre de las tinajas» y se debe a la cantidad de miles y miles de fragmentos de cerámica que han aparecido, y siguen apareciendo, dispersos por todo el suelo de esta parte del desierto occidental.Fue un antiguo lugar de peregrinaje, un emplazamiento sagrado en el que durante 3.000 años los egipcios fueron a depositar sus ofrendas a un punto en el que ellos creían que estaba enterrada una de las reliquias más importantes del dios Osiris, su cabeza. Aquí fueron sepultados los primeros reyes de la Historia de Egipto, los que gobernaron durante la I dinastía (3050-2890 a.C.).Es muy poca la información que nos ha llegado de sus reinados, hace ahora casi 5.000 años, pero las evidencias arqueológicas son bastante espeluznantes. Y si no, que le pregunten a otro egiptólogo francés, Émile Amélienau, quien entre 1896 y 1902 excavó algunas de estas tumbas de los primeros reyes de Egipto.

La estructura de estas sepulturas, construidas con adobe, era siempre muy similar.Una gran cámara funeraria a la que se accedía por un pasillo o una rampa, era rodeada por diferentes habitaciones en las que se enterraba a los sirvientes del faraón. En la más antigua de ellas, la del rey Horus Aha, primer soberano de la I dinastía (ca. 3050 a. C.), Amélineau descubrió 36 habitaciones anexas a la cámara principal del monarca. Los estudios que realizó el egiptólogo francés llevaron a la conclusión de que en su interior estaban los restos de 36 personas, seguramente sirvientes. Las fracturas de los huesos, producidas antes de morir, demostraron que todos ellos habían sido sacrificados para acompañar al rey Horus Aha en su viaje al otromundo. Había hombres, mujeres e incluso perros y leones. También aparecieron enanos, miembros de la comitiva real, muy considerados en aquel momento no sólo como bufones, sino también como artesanos especializados. En definitiva, una completa corte funeraria de personajes cercanos al faraón.

EL DESFILE DE LA MUERTE
El hijo de Horus Aha, de nombre Djer, también se hizo enterrar en el mismo cementerio de Abydos, pero en una tumba más ostentosa. En esta ocasión fueron 338 las habitaciones subsidiarias que rodeaban al enterramiento real.Al igual que había sucedido con su padre, en su interior se encontraron los restos de los ajusticiados, que habían sido obligados a morir para acompañar al faraón en su viaje al más allá. En las cámaras subsidiarias de la tumba de Djer, los arqueólogos encontraron estelas de piedra caliza con el nombre grabado de los inquilinos, muchos de ellos mujeres. Bajo el nombre se puede ver una extraña figura en relieve: una especie de personaje acuclillado y envuelto en un manto.Su significado sigue siendo un misterio, pero es muy similar a la imagen de los tekenu, unos extraños cuerpos envueltos en un paño negro que aparecen en las procesiones funerarias del Imperio Nuevo, siendo arrastradas por un trineo y que, a falta de conocer a qué están aludiendo, algunos investigadores han querido ver en ellos una representación del alma del difunto. Cuando Flinders Petrie excavó de nuevo la zona pocos años después, descubrió sorprendido que Amélineau había realizado un trabajo muy poco preciso, perdiéndose mucha de la información existente. Sin embargo, lo que sí pudo constatar es que los enterramientos allí aparecidos pertenecían a personas que habían sido sacrificadas para acompañar a su señor, lo mismo que se había podido ver en las tumbas de ese mismo periodo, aunque privadas, descubiertas en la meseta deSakkara, cerca de la capital Menfis.

Llama la atención de qué forma este tipo de rituales cruentos desaparecen  casi de la noche a la mañana. Durante el Imperio Antiguo, la época en la que se levantaron las grandes pirámides, hacia el 2500 a. C., no encontramos ni una sola evidencia que demuestre la celebración de sacrificios humanos.Poco después, durante el llamado II Período Intermedio (1700-1570 a. C.), aparecen en la ciudad nubia de Kerma (Sudán) nuevos vestigios de sacrificios humanos.Se trata de un emplazamiento con claros contactos culturales y políticos con Egipto después de las campañas militares de los faraones Amenenmhat y Sesostris.

CRÁNEOS DESTROZADOS
Allí, cruzando la Tercera Catarata, en la Baja Nubia, arqueólogos de la Universidad de Boston descubrieron hace casi dos décadas un enterramiento de 400 personas que, por las posturas que ofrecían –los brazos sobre el cráneo terriblemente destrozado en un intento claro de protegerse–, habrían perecido para acompañar a un personaje importante. Pero no son más que una excepción, hasta cierto punto descontextualizada, al encontrarse fuera del foco real de influencia propiamente egipcia.En efecto, estos rituales empiezan a desaparecer prácticamente con el comienzo de la historia deEgipto, durante la construcción de las pirámides.En las tumbas del Imperio Antiguo el culto funerario se hace más sofisticado. Aparecen los primeros textos religiosos y, aunque en ellos se haga referencia de soslayo a algún cruel rito primitivo, el papel que desempeñaban los sirvientes sacrificados es sustituido por figuras demadera o de piedra, que recrean a estos siervos en actitudes de trabajo.Encontramos cerveceros, carpinteros, artesanos de todo tipo, etc., todo acompañado de su correspondiente texto mágico, gracias al cual la figura cobraba vida en el más allá para realizar tareas que implicaban cierto esfuerzo físico para el difunto.

El paso siguiente a la sustitución del sacrificio humano por medio de la magia lo encontramos en los famosos ushebtis. Se trata de figuras funerarias que si bien en un principio representaban al difunto en sí mismo, con el paso del tiempo y la complejidad de las fórmulas mágicas con que eran «activados», llegan a producirse en gran número, convirtiéndose en una especie de ejército de sirvientes para atender todas las necesidades del muerto en la otra vida. En definitiva, el mismo papel que desempeñaban seguramente los diferentes siervos sacrificados y enterrados en las tumbas de los reyes de la primera dinastía. Pese al aparente cese de los sacrificios, el arte egipcio no deja de ofrecernos datos para, al menos, albergar dudas sobre lo que realmente sucedía en aquella sociedad, tan violenta como el resto de culturas de la Antigüedad.

No es raro ver en los relieves de los templos escenas en las que se describe cómo el faraón sujeta por el cabello a varios enemigos del país y se dispone a aniquilarlos a golpe demaza.Esta imagen, vista en la I dinastía, contemporánea a las tumbas de Abydos y Sakkara, en la paleta del rey Narmer, reaparece con fuerza en la iconografía a partir del reinado de Amenofis II.En un texto conservado en el templo deAmón, enKarnak, el faraón dice haber aniquilado a 7 príncipes extranjeros, colgando a seis en los muros del templo y al del séptimo en la ciudad de Napata (Nubia). Las representaciones de sacrificios de enemigos o de reyes de tierras extranjeras son un clásico en la iconografía egipcia.Pero, ¿eran hechos reales o, tal vez, se trataba de la proyección de un pensamientomágico con el anhelo de que se convirtiera en algo factible? El texto de Amenofis II y su desencuentro con los siete príncipes extranjeros nos ofrece la posibilidad de que esos ritos cruentos fueron llevados a cabo en épocas más cercanas a nosotros.

UN HALLAZGO ESCALOFRIANTE
Junto al lago del templo de Mut, en Karnak, la Johns Hopkins University (EEUU) viene desarrollando durante los últimos años un trabajo extraordinario. Bajo la dirección de Betsy Brian, los arqueólogos protagonizaron en 2011 un hallazgo sobrecogedor.Uno de los enterramientos aparecidos en el lugar demostró ser el cuerpo de un enemigo, torturado y aniquilado.Con los brazos y las piernas atadas a la espalda, tal y como se les representa en la iconografía convencional, los restos del hombre, al parecer de origen nubio, fueron depositados allí después de que fuera ajusticiado. Podría tratarse de una ejecución sin más, nada que ver con un sacrificio. Pero este caso, único hasta la fecha, nos sugiere varias interrogantes. Si fue un ajusticiamiento convencional, ¿por qué enterraron al sujeto dentro de un recinto sagrado? ¿Por qué no se mutiló o destruyó el cuerpo como solía hacerse y se prefirió dejarlo bajo suelo sagrado como si se tratara de una ofrenda? Como señala Mark D. Janzen, este sensacional descubrimiento demuestra de forma contundente que los egipcios ejecutaban a sus cautivos extranjeros y –añado yo– los sometían a crueles rituales cuya magia difícilmente podemos interpretar en la actualidad.

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