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El último viaje de Drácula: Nápoles

Jueves 08 de Junio, 2017
Una reciente investigación sugiere que los restos de Vlad el Empalador podrían estar en una conocida iglesia de la histórica ciudad italiana
Paco González

En junio de 2014, numerosos medios internacionales se hacía eco de una sorprendente noticia, publicada originalmente por varios periódicos italianos. Según la misma, «Drácula» estaba enterrado en Nápoles. De hecho, la información aludía a que los restos del célebre «vampiro» podrían yacer en una tumba situada en el claustro de Santa Maria la Nova, una de las iglesias más visitadas de la histórica capital de la Campania. Obviamente, los titulares de Il Mattino e Il Gazzettino, entre otros diarios transalpinos, no aludían al legendario personaje popularizado por la novela de Bram Stoker, sino al hombre de carne y hueso en el que supuestamente se basó el escritor irlandés para dar forma a su gótica creación. Nos referimos a Vlad Dracul, príncipe de Valaquia, también conocido como Vlad «Tepes» (Empalador). Evidentemente, tras leer las primeras líneas de aquella información, surgieron varias interrogantes. ¿Cómo pudo llegar Vlad Tepes a Nápoles? ¿Acaso no murió en su Rumanía natal, muy lejos de Italia?

En realidad, desde una perspectiva histórica, nadie sabe dónde están los restos de Vlad Tepes III. Se cree que su cadáver, decapitado, fue enterrado en la pequeña isla de Snagov, en un monasterio situado a unos 40 kilómetros de Bucarest. No obstante, aunque junto al altar de la iglesia de Snagov hay una lápida con su nombre inscrito, en su supuesta tumba sólo se hallaron huesos de animales. Se trata, pues, de un caso abierto.

ESFINGES TEBANAS
Cuestión bien distinta es que los restos de Tepes acabaran en Nápoles, a más de 2.200 kilómetros al oeste de la capital rumana. Sin embargo, ciertos pasajes en la vida de este apasionante personaje han alentado especulaciones de toda clase, incluida la que pasamos a detallarles.

La historia viene de lejos, cuando un equipo de investigadores de la Universidad de Tallin (Estonia), que había analizado varios manuscritos italianos de los siglos XV y XVI, halló pistas que sugerían una insólita posibilidad: María Balsa, una aristócrata eslava radicada en el Nápoles medieval, pudo ser la hija secreta de Vlad Tepes y haber traído los restos de su padre hasta esta ciudad . Puestos a sustentar aquella sorprendente hipótesis, los académicos se propusieron descubrir evidencias sobre el terreno, en la vieja capital de la Campania. Así, cierto día, Erika Stella, estudiante de doctorado en la citada universidad y colaboradora del proyecto, se desplazó hasta el espectacular complejo de Santa Maria la Nova, en el centro histórico de Nápoles, para buscar pistas que la condujeran a la pretendida tumba de los «Drácula». No tardó mucho en encontrar lo que buscaba.

En uno de los rincones del claustro, sobre una lápida, observó varios símbolos que, a priori, poco o nada tenían que ver con el «usuario» de la tumba, el noble italiano Matteo Ferrillo. Sin pérdida de tiempo, Stella se puso en contacto con uno de sus «jefes», el historiador del arte Giandomenico Glinni. Al explicarle Erika algunos detalles de su hallazgo, Glinni le pidió que le enviase rápidamente una fotografía de la lápida. Cuando el investigador vio la imagen, en la que se distinguía a un dragón flanqueado por dos esfinges con apariencia egipcia, supo que estaban en la buena dirección. «Las esculturas en bajo relieve demuestran un simbolismo evidente. Los dragones hacen referencia a Drácula y las dos esfinges opuestas representan tan la ciudad de Tebas, también conocida como Tepes. En estos símbolos está inscrito el nombre de Vlad Tepes o Vlad Dracul», afirmaba Glinni en Il Mattino.

BOSQUES DE EMPALADOS
Fuera de contexto, las explicaciones de Giandomenico Glinni pueden parecernos vagas. No obstante, este erudito, junto con el abogado e investigador Raffaello Glinni –a la sazón su hermano– y el también historiador del arte Orest Kormashow (Universidad de Tallin), han desvelado una sucesión de acontecimientos que, por asombroso que parezca, mostrarían una estrecha relación entre Nápoles y Vlad el Empalador. Bien, en realidad, la primera asociación entre Tepes y esta ciudad ya era conocida. Su vínculo: la misteriosa Orden del Dragón.

En efecto, Vladislaus III, nacido como Vlad Dracul en Sighisoara (Transilvania, 1431) y mejor conocido como Vlad el Empalador (en rumano, Vlad «Tepes»), fue príncipe de Valaquia entre 1456 y 1462, época en la que alcanzó una fama muy notable como valuarte impenetrable frente al expansionismo otomano, cuyos ejércitos golpeaban una y otra vez el pequeño pero estratégico estado que gobernaba, fronterizo con las naciones cristianas de Europa Occidental.

De carácter irascible y especialmente fiero en el combate, Tepes fue uno de los estrategas más duros e imprevisibles de Europa Oriental, como lo demuestra el apelativo –Empalador– por el que ha pasado a la historia. Numerosos investigadores coinciden en señalar que el comportamiento sanguinario de Dracul se forjó durante su traumática infancia.

Sabemos que a los 13 años fue entregado por su padre como rehén a los turcos, criándose en la corte de Murad II, quien le mantuvo retenido durante varios años. De regreso a Valaquia, Vlad se encontró con que su progenitor había sido brutalmente asesinado por orden de un noble local, no corriendo mejor suerte su hermano Mircea, a quien tras quemarle los ojos con un hierro candente, enterraron vivo. Con tales antecedentes, no es raro que Dracul fuese adquiriendo hábitos vengativos, tan crueles o más que los que habían demostrado tener los enemigos de su familia. Así, las crónicas cuentan que era fácil reconocer los lugares por los que pasaban las tropas de Dracul. En esencia, hablan de auténticos bosques de personas empaladas, no importando si se trataba de hombres, mujeres o niños. Aquella terrible técnica de tortura y ejecución, donde la víctima era atravesada por una gran estaca, desde el recto hasta la boca, y luego fijada al suelo, disuadió a muchos caudillos turcos de acercarse siquiera a Valaquia. No obstante, la ferocidad mostrada contra los otomanos, enemigos acérrimos del cristianismo, convirtió a Tepes en aliado de varios príncipes occidentales, con quienes compartía intereses políticos y, sobre todo, la pertenencia a la Orden del Dragón, una sociedad de caballeros fundada en 1408 por el emperador Segismundo de Hungría.

Llamativamente, los legendarios dragones, con toda su carga simbólica, estuvieron estrechamente ligados al linaje de los Dracul, en más de un sentido…

Lee el reportaje completo en el nº289 de la revista AÑO CERO

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Comentarios

¿Pero es inmortal, como va a estar enterrado? la ignorancia dice tantas cosas, y mas torpes es el que se las traga.

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