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Vampirismo ibérico

Domingo 28 de Enero, 2018
Durante décadas, en una España famélica y fuertemente influida por la superstición, eran muchos los que recurrían a la ingesta de sangre creyendo sanar enfermedades. Recordamos estos casos de bebedores de sangre, sacamantecas y curanderos

El cuadro Los bebedores de sangre de Joseph-Ferdinand Gueldry, de 1898, ilustra acerca de la costumbre de beber sangre de animales como fuente de vitalidad. En él se contempla retratado a un grupo de personas, seguramente se trata de tísicos, en el interior de un hediondo matadero.

En primer término, sus encargados, como extraños camareros, ofrecen una copa de sangre fresca a una mujer que se agacha para cogerla. En segundo término, un caballero ofrece otra copa a una asustada señorita. En el suelo, yace un buey. El espacio del cuadro muestra toda una horrorosa normalidad de esta situación. El agua y el vino se convierten en sangre. El mundo apesta a muerte sagrada. El tema de la pintura respondía, al parecer, a una teoría médica de la época, cuya tesis era que la anemia, especialmente la anemia femenina, una auténtica plaga en la clase media de la época, se podía curar bebiendo la sangre fresca de los animales.

Los mataderos se convirtieron en todas partes en lugares de obligada visita de gente enferma o simplemente aficionada a la sangre de buey. Tras el análisis artístico de esta obra de Gueldry, el crítico se pregunta tras considerar la sensación que debió de causar el cuadro: “¿Acaso este interés, más allá de las modas científicas, está relacionado con la imagen del vampiro? El vampiro femenino se convierte en un lugar común en este final de siglo”.

Sin embargo, las noticias de prensa en la frontera de los siglos XIX y XX aportan otros datos para ampliar la anterior interpretación del cuadro. A pesar de que la sangre era una bebida poco agradable, varias damas francesas la habían adoptado para combatir algunas dolencias, entre ellas, la anemia y la clorosis. “En el grandioso matadero de la Villette, lo mismo que si se tratase de tomar las aguas de Vichy o las de Cestona, pueden verse, por la mañana, a gran número de personas bebiendo grandes vasos de sangre de buey al precio de treinta céntimos cada uno”. Según el traductor de la primicia recortada de algún diario de París, parece que la bebida de sangre, como la del agua caliente, repugnaba al principio, pero pronto se acostumbraba uno, hasta el punto de beberla al fin como delicia, como sucede con la cerveza, el ajenjo y otros líquidos por el estilo.

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