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Cultos satánicos del Tercer Milenio

Jueves 20 de Mayo, 2010
La figura del maligno es una constante desde la antigüedad. El cristianismo reinterpretó esa entidad maléfica y con el paso de los siglos fue adquiriendo diferentes formas. En la actualidad no son pocos los grupos que rinden culto al diablo, a Lucifer, y a otras divinidades demoníacas. Simon Pieters nos acerca a ellas en su libro Diabolus, las mil caras del príncipe de las tinieblas (Zenith, 2006), del que extractamos el siguiente capítulo…
A pesar de la identidad metafísica entre Satán y Lucifer, los actuales cultos satánico y luciferino son muy diferentes. Los luciferinos creen en la encarnación inminente del Diablo en forma de Anticristo, y tienen una actitud militante distinta a la de los satanistas. Una pequeña iglesia protestante previno a la humanidad hace más de cuarenta años de que el Anticristo había nacido en la década de los sesenta y que espera la hora del estallido de una conspiración para acceder al poder. Esa clase de anuncios se repite una y otra vez.

Los primeros sectarios que se hicieron llamar “luciferinos” son los miembros de una congregación hereje del siglo XIII cuyos adeptos apuñalaban hostias ante un altar puesto bajo la advocación del demonio Lucifer, ante el cual solían entregarse a toda clase de excesos sexuales orgiásticos. Sostenían que Dios había arrojado a Lucifer al infierno con total injusticia, y que el creador del Universo era en realidad el demonio, que algún día recuperará el sitio que le corresponde. Ellos, es decir, los luciferinos, accederán a la vida eterna cuando Lucifer sea repuesto en el cielo. Entretanto, deben hacer todo lo que Dios prohíbe, y abstenerse de todo lo que Dios manda. En la historia mítica que proponen como antropología, el Diablo es el liberador de la humanidad. Hasta que la primera pareja humana no cedió a la tentación de probar el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal tuvo la posibilidad de vivir como yunta animal pura en el Edén: inmortal, inocente... y sobre todo ¡ignorante!
En este último epíteto plantan bandera los satanistas, que arrogan para el Diablo el don de la inteligencia y el discernimiento otorgado a la pareja humana original, liberándola de paso del Edén, cuya inmortalidad perciben como una tediosa eternidad en la cual se entregan a la absoluta –y estupefacta– sumisión a Dios. Esta idea, como se puede imaginar, procede de considerar que el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, lo que Dios prohibió, es el conocimiento puro y simple.

La secta descrita en la novela de Ira Levin, Rosemary’s Baby –en España, La semilla del Diablo–, es luciferina. Los luciferinos sostienen que el Anticristo será hijo de una mujer y de un íncubo. En los pronósticos de esta corriente diabolista, Belial es el candidato con mayores posibilidades de encarnarse en un hombre, a los efectos de incubar. El satanismo reposa en la convicción de la existencia de un ser personal, inferior en categoría y potestad a Dios, pero muy superior al hombre. Personal, pero no divino, espiritual y no carnal, desde la perspectiva monoteísta del judaísmo, el cristianismo y el islam, puesto que no puede crear, y actúa en la medida en que Dios se lo permite. No obstante, una parte del satanismo contemporáneo corteja una concepción dualista de la divinidad, porque atribuye al Diablo tanto o más poder que a Dios. Y ese satanismo está en relación con prácticas mágicas de carácter cruento que no se detienen ante el crimen –pedofilia, violaciones, estupros, sacrificios humanos–.
(Continúa la información en revista ENIGMAS 174).
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