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Dybbuk: la maldición de las almas errantes

Miércoles 30 de Agosto, 2017
La tradición judía contempla la posibilidad de que espectros maléficos se adhieran a la esencia vital de personas debilitadas espiritualmente.
Paco González

En septiembre de 2001, Kevin Mannis, propietario de una tienda de antigüedades ubicada en Portland, en el estado de Oregon (EE UU), acudió al reclamo de una subasta de bienes en una vivienda de la ciudad. Obviamente, la intención de Mannis era hacerse con alguna ganga, con uno de esos muebles viejos o artefactos extraños cuyo verdadero valor pasa desapercibido a quienes, generalmente, se ven obligados a desprenderse de ellos por cuestiones económicas. Muy pronto, los ojos entrenados del anticuario se detuvieron en uno de los objetos en venta, en concreto un pequeño estuche de madera para almacenar vinos con aspecto avejentado.

Con la certeza de haber hallado lo que buscaba, Mannis se dirigió resuelto hacia la propietaria. No sólo quería conocer el precio de aquella peculiar caja, sino también otros detalles que le ayudaran a catalogarla y ponerla en más valor. La dueña, una mujer de mediana edad y origen judío, le contó una historia entre fascinante y terrible, un relato que acrecentó aún más tanto el interés como la curiosidad del anticuario.

CAMPO DE EXTERMINIO
Según le participó ésta, la caja perteneció a su abuela, quien había fallecido pocos meses atrás a la edad de 103 años. Al parecer, la anciana, un mujer judía de nombre Havela y originaria de Polonia, había visto morir a prácticamente toda su familia en un campo de exterminio nazi, del que logró escapar con un pequeño grupo de prisioneros, también judíos. Tras esto, una penosa peripecia la condujo a España, país en el que permaneció hasta la conclusión de la II Guerra Mundial, después de lo cual tomó un barco con destino a EE UU.

Havela llegó a Norteamérica como tantos otros emigrantes desplazados de la contienda europea, sin apenas nada en los bolsillos. Quizá por ello, conservaba como si fueran tesoros un baúl, un costurero y aquella caja para guardar vino que constituyeron todo su equipaje. La nieta de Havela conocía pocos detalles acerca de aquellas gastadas pertenencias, excepto de una.

Antes de morir, su abuela le había advertido sobre la caja para almacenar vinos, un delicado mueble que compró en España y que, según le confesó entre susurros, contenía un peligroso secreto en forma de maldición.

Por ello –le insistió–, la caja no debía abrirse bajo ninguna circunstancia. Es más, le manifestó su voluntad de que la enterraran con ella, deseo que su nieta no cumplió por contravenir las normas religiosas judías. Pero, ¿cuál era ese secreto tan terrible? Havela satisfizo la curiosidad de su nieta, revelándole que aquel mueblecito aparentemente inocuo contenía un dybbuk, nombre que en ciertas tradiciones hebreas designa a un espíritu maléfico…

Pese a que la naturaleza del relato causó cierta perplejidad en Kevin Mannis, éste antepuso sus intereses profesionales a cualquier inquietud respecto de la supuesta maldición que acarreaba poseer el vetusto estuche de vinos. Tras acordar el precio del objeto, lo pagó al contado y lo trasladó hasta su pequeña tienda de antigüedades, con la intención de estudiarlo más detenidamente, restaurarlo y, después, regalárselo a su madre, cuyo cumpleaños estaba próximo. Sin embargo, puesto que ya era tarde, decidió depositar la caja sobre un estante de su taller, en el sótano, y colgó el cartel de cerrado en la puerta de su negocio. «Mañana empezaré a estudiarla con más calma», se dijo.

OLOR A AMONIACO
Al día siguiente, el anticuario abrió su tienda, recibió a la dependienta que le ayudaba con las ventas y salió a hacer un par de recados. «Apenas media hora después –recuerda Mannis–, recibí una llamada en el móvil. Era de mi ayudante. Casi no entendí lo que me decía. Parecía histérica y gritaba que había un intruso en la tienda y lo estaba rompiendo todo. Además, me dijo que no podía huir, porque, al parecer, el ladrón había echado los cerrojos de seguridad desde dentro. Aquello me alarmó sobremanera, de modo que llamé a la policía, subí a mi coche y pisé a fondo el acelerador. Al llegar a la tienda, encontré las puertas cerradas, las abrí y, rápidamente, eché un vistazo en la primera planta. Ni rastro de la encargada. Entonces, bajé al sótano. Noté un fuerte olor a amoniaco y cristales bajo mis pies. Estaba muy oscuro, pero pude entreverla en una esquina del mismo, agachada y llorando nerviosa. Intenté encender las luces, sin éxito. Pronto advertí la razón: todos los fluorescentes del sótano parecían haber estallado, de ahí los cristales en el suelo.

En cuanto al intruso, allí no estaba, así que regresé a la primera planta. Tampoco encontré a nadie. Al volver al sótano, la chica ya no estaba. De algún modo había salido de la tienda sin que la viera». En aquel momento, Mannis no supo qué pensar sobre el incidente. Si acaso, dedujo que la rotura de los fluorescente pudo deberse a una sobrecarga en la red y que la encargada se asustó más de la cuenta por lo sucedido. Al día siguiente, al ver que la joven no regresaba al trabajo, la llamó por teléfono. Para su sorpresa, ésta no sólo se opuso a comentar el misterioso episodio del día anterior, sino que, además, le informó de que no pensaba regresar jamás a la tienda de antigüedades. Aunque confuso y defraudado, el anticuario decidió pasar página, refugiándose en su rutina diaria.

Por extraño que parezca, no volvió a reparar en la caja de vinos hasta transcurridas dos semanas. Para entonces, ya casi había olvidado las inquietantes advertencias de la antigua propietaria del objeto. Simplemente, bajó a su taller, se sentó frente al mismo y procedió a abrirlo. Mannis tiró cuidadosamente de una de las portezuelas, comprobando que un mecanismo de apertura desplegaba también la otra y, además, expulsaba un cajoncito en la base de la caja. No obstante, lo que más le sorprendió fue el peculiar contenido del armario. A saber: dos peniques estadounidenses acuñados en la década de 1920; dos mechones de cabello, uno rubio y otro castaño, anudados con un lazo; una copa de vino dorada; un raro portavelas de color negro; una rosa marchita y un pequeño bloque de granito con la palabra shalom –paz o bienestar, en hebreo– grabada en grandes caracteres.

A primera vista, aquellos objetos se le antojaron piezas de un puzle que merecía la pena investigar. Sin embargo, pensó que podían tener cierto valor sentimental para la mujer que le vendió el mueblecito, de modo que la llamó y le informó del hallazgo. Extrañamente –o eso le resultó a Mannis–, ésta rechazó el ofrecimiento, recordándole que el contenido del armario iba incluido en el contrato de venta.

El anticuario prefirió no darle más vueltas al asunto. Guardó los objetos en un cajón, limpió y abrillantó el pequeño armario para vinos y lo apartó a la espera de poder entregárselo a su madre.

Ésta acudió a la tienda de su hijo el 31 de octubre de 2001 y recibió el obsequio con agrado. Sin embargo, algo salió mal. «Dejé a mi madre examinando la caja, mientras yo salía a hacer una llamada –explica Mannis–. De repente, mi nuevo empleado corrió a avisarme de que mi madre no se encontraba bien. Cuando llegué, la encontré lívida, desplomada en una silla y con la caja a su lado.

Ya en el hospital, me confirmaron que había sufrido un problema coronario y que estaba parcialmente paralizada. Apenas podía articular palabras, aunque entendí perfectamente una frase entrecortada: ‘odio el regalo’». Kevin Mannis reconoce que ni siquiera entonces sospechó que existiera una relación entre la recién adquirida caja de vinos y los extraños acontecimientos ocurridos desde que ésta pasara a formar parte de su colección de antigüedades.

Claro que su opinión al respecto cambió radicalmente no mucho tiempo después.

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