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Esos misteriosos gatos

Jueves 20 de Noviembre, 2008
El gato es un animal reservado y extraño. A pesar de su domesticación, es solitario e incluso arisco. En algunas culturas es considerado un animal benéfico, casi divino, capaz de proporcionar buena suerte y de absorber la energía negativa del entorno; en otras, es visto como un ser ruin y mezquino relacionado con el maligno, cuando no su misma manifestación. Desde una reverencia religiosa a un odio irracional, su aura de misterio a pocos deja indiferente…
Posee un feroz instinto de independencia, una dignidad serena y jerárquica, una elegancia y gracia naturales que lo distinguen de otras especies que fueron domesticadas desde los tiempos más remotos. En la tradición popular de Japón el gato aparece como un ente malvado que mata a las mujeres y luego adopta la figura de éstas dedicándose a “engatusar” a los hombres. En el mundo hindú, sin embargo, simbolizaba la beatitud del asceta, y su aparente indiferencia al aspecto inmediato de las cosas no era más que el signo de una sabiduría superior.

En la China medieval era considerado un animal benéfico cuya figura representaba una de las protagonistas de las danzas agrarias estacionales. Era el ser que suplicaba a los dioses una espléndida cosecha. Aún ahora, en Camboya o en Indonesia, el gato sirve a los agricultores para invocar a la lluvia y para apremiar a los dioses para que otorguen a los hombres el agua necesaria e imprescindible para las cosechas. El felino es colocado en el interior de una jaula y es paseado procesionalmente por todo el pueblo. Cada campesino que se cruza con la comitiva, rocía el gato con un chorro de agua. De este modo aseguran que los maullidos del animal, molesto por su cautividad –y por los repetidos baños–, llegan a oídos de la diosa dispensadora de las aguas celestes.

Las leyendas árabes reconocen cualidades mágicas en el gato de pelaje negro. Se asegura que si uno toma de su carne, escapará a todos los hechizos, y para trazar los signos que producirán misteriosos efectos, es imprescindible emplear su sangre. Por su parte los egipcios, que lograron domesticar al gato salvaje, lo veneraban en su forma divina como Bastet, la diosa con cabeza felina, la representante del calor solar, cuyo principal centro de devoción estaba en la ciudad de Bubastis, en el Bajo Egipto. La veneración por el animal llegaba hasta tal punto que, según consta en los escritos de Herodoto, cuando un gato moría en una casa, todos sus moradores se afeitaban las pestañas en señal de duelo. Los restos eran embalsamados –ver recuadro– y su momia guardada dignamente. A quien osara matar a un gato se le consideraba peor que un criminal.

El hecho de que este animal pueda ver en la oscuridad, y su posición de descanso, enrollado sobre sí mismo, como absorto y abstraído, aparecía como la imagen de la meditación, ejemplo para los jóvenes neófitos antes de la iniciación.
(continúa la información en revista ENIGMAS 156).

Eugenio Vallvé
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