Se encuentra usted aquí

Ocultismo medieval

Viernes 28 de Agosto, 2009
Todos los saberes ocultos y los ritos ancestrales que los maestros constructores plasmaron en la mudez de la piedra en plena Edad Media han sido recogidos con maestría por nuestro compañero Xavier Musquera en su último libro, Ocultismo Medieval –Nowtilus, 2009–, una obra de referencia donde el símbolo, el esoterismo en su más puro estado, y las construcciones realizadas por los maestros canteros, nos hablan de un conocimiento arcano y fascinante.

Libros Recomendados :
VIAJE A LO DESCONOCIDO
EL TALISMÁN DE RAZIEL
¡ Visita nuestra Tienda !
Según sostiene la tradición, en la antigüedad se ­realizaba un sacrificio humano, enterrando a un hombre en el centro de la obra –un punto equidistante de las cuatro esquinas del mismo–, pues existía la creencia de que de no hacerlo así el templo se derrumbaría inexorablemente. Con el paso del tiempo la crueldad de dicho ritual desapareció y los maestros de obras se contentaron con sacrificar un gallo negro a las entidades subterráneas cuyos dominios iban a ser violados cuando comenzaran las excavaciones del suelo.
Este sacrificio de cimentación, efectuado de noche y en secreto, que era como buscar el perdón de la madre Tierra, iba acompañado por la colocación y consagración de una piedra en un hoyo excavado especialmente para tal fin en el centro de la obra. Esta piedra era llamada “piedra angular” o “piedra cimera” y representaba el punto de mayor elevación del templo.
Con los años ese ritual se convirtió en simbólico. Una mesa rectangular se revestía de blanco para que representara un gran bloque de piedra blanca y elegían a un hermano para que interpretara el papel de víctima sacrificial de tiempos pasados. Seis hombres levantaban el supuesto bloque de piedra sobre su cabeza, tras lo cual se procedía a su examen con la escuadra, el compás y la plomada, como se hacía tradicionalmente. El “sacrificado” oía las palabras rituales que destacaban la entrega de su vida para asegurar que la solidez del edificio estaba garantizada y se mantendría en pie para siempre.
El simbolismo de la obra prosigue con la piedra cúbica esencialmente de “fundación” por ser una de las cuatro que se colocaban en los ángulos del futuro edificio –por ello es conocida como “piedra angular”–. El ritual que se realizaba alrededor de dicha piedra tenía como finalidad mágica la de “insuflarle vida” para que el alma de la misma “despertara”.
La piedra bruta, al tallarla, perdía así todas sus impurezas en un acto extremadamente simbólico. Para los maestros constructores la piedra bruta no era otra cosa que la “materia prima” indiferenciada o el caos, tanto macrocósmico como microcósmico. En cambio, cuando estaba completamente tallada o pulida, llamada “sillar”, representaba el acabado o perfección de la “obra”. No cabe duda de que este simbolismo está emparentado con el alquímico, cuya finalidad es la eliminación de las impurezas de los metales para obtener el oro, paralelismo que encontramos en la transmutación de las imperfecciones e impurezas del ser humano –vil metal– en un ser trascendido, de luz, cuyo tránsito a un nuevo estado del ser es representado por lo áureo o incluso por el símbolo solar. El oro, que siempre ha representado el poder y la riqueza, poseía también el simbolismo de lo oculto, lo trascendente y el conocimiento. El Sol venía asimismo a simbolizar la luz espiritual y por ello se convirtió en el centro de veneración de las filosofías y religiones llamadas dualistas, que la Iglesia transformó años más tarde en el Sol Invictus de Cristo, al no conseguir ­borrar de la memoria popular ese culto ancestral. Tengamos en cuenta que la astrología y la alquimia se encontraban muy presentes en la sociedad medieval y en la mente de las gentes. (Continúa la información en revista ENIGMAS Nº 166).
Xavier Musquera
Otros artículos de:

Añadir nuevo comentario