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Extraterrestres entre nosotros

Jueves 14 de Septiembre, 2017
Son los casos más fascinantes y polémicos de todos los que constituyen el universo del fenómeno ovni: aquellos en los que ciertas entidades que se identifican como alienígenas, ofrecen pruebas a los testigos de que se encuentran infiltrados en la sociedad humana.
Texto y fotos Miguel Pedrero

El fenómeno OVNI no es lo que parece. En teoría, la explicación lógica es que nos enfrentamos a una o varias civilizaciones extraterrestres, cuyos cosmonautas viajan a nuestro mundo con afán exploratorio. Sin embargo, después de investigar cientos de encuentros cercanos con los No Identificados e incluso con sus presuntos tripulantes, mi punto de vista es radicalmente opuesto. Lo he escrito hasta la saciedad en diferentes reportajes publicados en AÑO/CERO: en mi opinión, el enigma OVNI nada tiene que ver con naves «de chapa » pilotadas por exploradores de otros mundos, sino con alguna clase de inteligencia o inteligencias mucho más avanzadas que nosotros –quizá originarias de un universo paralelo–, cuyo objetivo consistiría en generar un cambio de conciencia global. En realidad, el fenómeno vendría a ser una especie de puerta hacia el futuro. No en vano, a lo largo de estos años he comprobado que todo aquel que se topa con los No Identificados, sufre una apertura mental que transforma por completo su personalidad y la de los que tiene a su alrededor. Y son millones los individuos que han protagonizado una experiencia de esta clase. En ciertas ocasiones, los casos de algunos de ellos trascienden a los medios de comunicación de masas y, por tanto, de algún modo acaban influyendo en amplios sectores de la población mundial.

Pero tanto o más interesante que lo anterior son toda una serie de características presentes en buena parte de los incidentes ufológicos, que constituirían una prueba de ese origen dimensional del fenómeno. Me refiero a las materializaciones y desmaterializaciones de los OVNIs y/o sus tripulantes, a la interacción mental entre el fenómeno y los testigos, a las anomalías espacio-temporales que suelen producirse en presencia de estos objetos voladores, etc.

«ESTAMOS ABAJO, EN LA CALLE»
Desde esta perspectiva, nada impediría que esa inteligencia o inteligencias con la capacidad de manejar la materia a voluntad, no sólo pudieran transformarse en aparatos voladoras y seres más o menos antropomorfos, sino también en individuos con todo el aspecto de humanos, quienes pasarían totalmente desapercibidos en cualquiera de nuestras calles.

Lo cierto es que no abundan, pero son un puñado los casos que apuntarían a la presencia de infiltrados de otros mundos entre nosotros. Uno de los más interesantes ocurrió en los últimos meses de un lejano año de 1977 en la localidad madrileña de Alcorcón.

A pesar del tiempo transcurrido, conseguí entrevistar a sus principales protagonistas que, por primera vez, se animaron a narrar sus extraordinarias experiencias a un medio de comunicación.

En septiembre de 2014, después de haber entrevistado en varias ocasiones a Rosa Moreno, me reuní con ella y las otras dos protagonistas de este caso: su prima Cayetana Rosique y Ana M., familiar de ambas. Durante horas asistí a un bombardeo de informaciones, a cual más interesante, y luego recorrimos los lugares donde habían tenido lugar los extraordinarios acontecimientos.

«La historia comenzó como una anécdota –me narraba Rosa–. Cierto día, mi prima y yo decidimos ‘jugar’ a la ouija en el salón de mi casa. Pretendíamos contactar con los espíritus, pero al poco tiempo aparecieron dos seres que se identificaron como extraterrestres y que decían llamarse Norva y Foat. Yo me reí y dije: ‘Sí hombre, marcianitos verdes con antenitas, ¡lo que nos faltaba!’

Entonces la ouija respondió que se mostrarían ante nosotras en el momento que decidiéramos. Eran las tres de la tarde, de modo que, sin ningún convencimiento, les pregunté si podían aparecer en cinco minutos. A través del tablero, nos indicaron que podríamos verlos enfrente del balcón, en la calle. Desde luego, no me creí nada, pero justo a las tres y cinco contemplamos desde la ventana de mi cuarto a dos hombres que avanzaban por la calle y se paraban debajo del balcón de la casa».

Según me explicaron Rosa y Cayetana, se trataba de dos varones que aparentaban algo más de treinta años y llevaban unas enormes gafas negras. «Eran personas absolutamente normales –tomó la palabra Cayetana– Vestían con zapatos, pantalones y camisa. La de uno era blanca y la del otro a cuadros». En un principio, pensaron que los jóvenes estarían esperando a alguien del edificio, pero aún así quisieron ponerlos a prueba. A pesar del tiempo transcurrido, Rosa todavía se sorprende al recordar lo ocurrido: «Entonces les transmití mentalmente que si realmente eran los extraterrestres que estábamos esperando, cruzaran la calle dos veces y, sorprendentemente, así lo hicieron. Todavía no me quedé convencida, y también con el pensamiento, les pedí que cada uno de ellos encendiera un cigarrillo y luego lo apagaran. Contra todo pronóstico, realizaron de inmediato esa acción. En ese momento, sentí que se estaban comunicando telepáticamente conmigo. Me decían que no tuviéramos miedo, que nos asomáramos al balcón, que no nos iban a tirar al vacío. Ese era precisamente el temor un tanto irracional que me atenazaba, pero es que la situación era todo menos habitual».

UNA PRUEBA CONTUNDENTE
Cayetana se armó de valor y decidió bajar a la calle para ver de cerca a ambos individuos, pero a través de la ouija le hicieron saber que se equivocaría de sitio y nunca lograría aproximarse a ellos. La mujer se lo tomó a risa: «¿Cómo iba a errar si estaba cansada de ir a la casa de mi prima y, además, vivía muy cerca de ella? El portal estaba al lado contrario del balcón, pero sólo tenía que salir, dar la vuelta al edificio y llegar hasta el lugar donde se encontraban aquellos dos muchachos. Pero pasó lo que me dijeron. A día de hoy todavía no me explico cómo, pero el caso es que en vez de hacer lo que debía, empecé a caminar en línea recta y, claro, no los vi. Cuando subí de nuevo a la casa de mi prima, me di cuenta de la tontería que había hecho. Mi impresión es que, de algún modo, me habían manipulado la mente».

A través de la ouija, los supuestos alienígenas hicieron saber a nuestras protagonistas que estarían un rato más y a las cuatro en punto se marcharían, tal como sucedió.

Cayetana acabó narrando a ciertos familiares la increíble experiencia que había vivido junto a Rosa, así que no tardó en correrse la voz entre el círculo más íntimo de ambas mujeres. Todos querían participar en el «juego del tablero» para ver con sus propios ojos a los extraterrestres. Una de las más asiduas a las sesiones de ouija era Ana M., pariente de nuestras dos principales informantes y que entonces contaba tan solo con 16 años de edad, quien accedió a ser entrevistada a condición de que no revelara su identidad. «Casi nadie conoce esta parte de mi vida –me confesaba–. Es más, si no hubiera vivido las experiencias que te voy a relatar y alguien me contase algo parecido, pensaría, sin ninguna duda, que esa persona estaba mal de la cabeza».

Durante días, las presuntas entidades de otro mundo se dedicaron a transmitir diversas informaciones a los participantes en las sesiones, aunque en general nunca ofrecían datos demasiado concretos sobre su origen. Ana recordaba ante mi grabadora lo ocurrido en aquellas apasionantes jornadas: «Llegó un momento en que prácticamente no necesitábamos a la ouija, porque recibíamos en nuestras mentes las respuestas antes de que el vaso marcara las letras que formaban los mensajes que Foat, Norva y otro extraterrestre que se hacía llamar Obepus querían transmitirnos».

El lugar de reunión pasó a ser la casa de Cayetana, también situada en Alcorcón, donde una noche se encontraban nuestras tres protagonistas y otras cuantas personas, entre interesados por el fenómeno y curiosos. En el grupo de los primeros estaba Fernando, gran aficionado al fenómeno OVNI y entonces miembro de la Guardia Real, quien tendría uno de los papeles protagonistas en el incidente que sucedería esa noche. Todos llegaron a la conclusión de que era el momento de pedir una prueba más contundente a sus presuntos comunicantes alienígenas, de modo que comenzaron la sesión de contacto con ese objetivo. Contra todo pronóstico, Foat, Norva y Obepues accedieron a sus pretensiones y dejaron en manos de los presentes la elección del tipo de demostración que preferían. «Tras algunos intercambios de pareceres, hicimos una petición que entonces consideramos prácticamente imposible: en cinco minutos tendría que aparecer alguien en el portal de la casa, ataviado con una camisa azul, unas llaves en las manos, un paquete de cigarrillos Malboro en el bolsillo de la camisa y tarareando una canción», aseguraba Ana.

«TRANQUILOS, NO PASA NADA»
A través de la ouija, los pretendidos comunicantes de otro mundo sólo pusieron como condición que debían bajar a la calle únicamente tres personas: Ana, Rosa y Fernando, el Guardia Real. Cayetana protestó por no estar presente en esa terna, y los supuestos extraterrestres le respondieron que no era prudente que viviera la experiencia porque tenía ciertos problemas de corazón y su salud podría resentirse. Los «elegidos» descendieron las escaleras, salieron del portal, cruzaron un estrecho corredor que atraviesa un pequeño jardín y llegaron a la acera. El resto de los presentes se agolpaba en la ventana expectantes. Ana relataba lo siguiente: «Nos colocamos en fila y, de pronto, no sabemos cómo, vimos aparecer a un hombre de poco más de treinta años que avanzaba hacia nosotros –en este punto Rosa difiere y asegura que se trataba de dos individuos–. Era moreno, de un metro setenta de estatura y con el pelo corto y un poco rizado. Lo veíamos claramente gracias a la luz de las farolas. No tardamos en darnos cuenta de que, efectivamente, llevaba una camisa azul con un paquete de Malboro en su bolsillo, jugaba descaradamente con unas llaves en su mano derecha y estaba cantando una melodía. Los tres nos quedamos petrificados y, cuando se encontraba como a medio metro de nosotros, nos miró, dibujó una sonrisa en su rostro y soltó: ‘Tranquilos, no pasa nada’. En ese momento, me di cuenta de que no era un ser humano normal, porque sus ojos eran de un color amarillo-dorado y su cuerpo desprendía cierta luminosidad».

Ana tardó unos segundos en reaccionar, pero finalmente salió corriendo detrás del extraño individuo. Cuando se encontraba a menos de tres metros de su posición, «se esfumó delante de mis ojos, como si se lo hubiera tragado el aire», me explicaba. Rosa y Fernando, aunque no se movieron de su sitio, también pudieron contemplar cómo el hombre de desmaterializaba. La primera recordaba divertida cómo reaccionó Fernando ante tan extraño acontecimiento: «Se puso a darse golpes con la cabeza contra la pared, al tiempo que decía que eso no podía haber ocurrido. La verdad, la escena fue muy cómica». No tardaron en volver a la casa de Cayetana, donde todos los esperaban ansiosos. Decidieron servirse unos cafés mientras intercambiaban puntos de vista sobre lo sucedido. Fue entonces cuando se dieron cuenta de que los tres que habían estado cerca del presunto ser extraterrestre, estaban dotados de una especie de poder magnético. «Cuando queríamos remover el café con la cucharilla, teníamos que hacer mucha fuerza para desplazarla –contaba Ana–. Además, los vasos de cristal también estaban como pegados a la mesa. Debíamos tirar fuerte para moverlos. Pero lo más sorprendente es que nos percatamos de que éramos capaces de desplazar los vasos sin tocarlos, sólo moviendo alguna de nuestras manos por debajo de la mesa. Era increíble.

Más tarde, probamos a empujar las sillas y la mesa y tampoco podíamos. Esa ‘capacidad magnética’ duró solamente unos días, luego todo volvió a la normalidad».

ESPECTACULAR ENCUENTRO CERCANO
Sin embargo, las sorpresas no habían llegado a su fin para Ana. Una noche de agosto de 1978, meses después de su encuentro cercano, nuestra protagonista viajaba en coche junto a su entonces novio y actual marido. Circulaban por Rivas-Vaciamadrid, cuando el joven comenzó a mofarse del encuentro de Ana, Rosa, Cayetana y Fernando con el presunto extraterrestre. «Se reía de nosotros y decía que éramos unos fantasiosos. Seguía con la cantinela y llegó un momento en que me enfadé, así que mentalmente les pedí que se presentaran para darle una lección. Siquiera lo había pensado, cuando un objeto volador pasó por detrás del coche y se puso delante, a cierta distancia. Entonces comenzó a descender poco a poco, mientras nos íbamos acercando a su posición. Y justo cuando estaba sobre nosotros, el vehículo se paró. Mi novio, muy asustado, abrió la puerta y se bajó para ver qué era aquello…

…Se trataba de un objeto redondo con una cúpula en su parte superior. Su aspecto era metálico y estaba rodeado de unas luces fijas. El OVNI seguía bajando y, más o menos al llegar a los cien metros de altura, pegó un tremendo acelerón y desapareció por donde había venido, levantando una potente vestisca que incluso movió las copas de los árboles que circundaban la carretera. Han pasado 36 años desde entonces y todavía recordamos aquello de vez en cuando. Por supuesto, a partir de entonces nunca se volvió a mofar de nuestras experiencias con Norva, Foat y Obepus».

Los presuntos extraterrestres sólo pusieron una condición para continuar manteniendo el contacto: que por el momento la información recibida no saliera del ámbito estrictamente privado de los participantes.

Sin embargo, Fernando, embargado por la emoción de la impactante experiencia que le tocó protagonizar, acabó contándole lo sucedido a un conocido periodista madrileño, que no tardó en presentarse en Alcorcón para entrevistar a los protagonistas. A partir de ese instante, la comunicación se cortó. Cayetana y Ana no volvieron a protagonizar ninguna clase de vivencia extraña hasta hoy, pero Rosa comenzó a recibir mensajes telepáticos meses después. Han pasado 36 años desde entonces, y la mujer conserva escritos con decenas de mensajes revelados por sus comunicantes no humanos, bien telepáticamente o a través de la psicografía.

MANEJAN LA MATERIA
Soy consciente de que el incidente que acabo de relatar, al igual que otros de similares características, en los que entran en juego presuntos infiltrados extraterrestres en nuestra sociedad, son difíciles de aceptar por el público, más acostumbrado a otro tipo de casos mucho más «racionales» desde la perspectiva que ofrece la lógica humana. Sin embargo, no podemos obviar el componente absurdo del fenómeno ufológico. ¿Qué sentido tiene que un OVNI aterrice sobre el campo de un agricultor y sus tripulantes le pregunten por dónde tienen que ir para llegar a un determinado lugar? ¿O que un No Identificado se dedique a perseguir a un pobre conductor? ¿O que aparezca sobre un núcleo de población? ¿O que juegue al gato y al ratón con cazas militares? Es hora de reconocer que quizá empleando la «lógica habitual» nunca llegaremos a comprender por qué se muestran los OVNIs.

Por otro lado –como he apuntado al principio de este reportaje–, esa capacidad innegable de materializarse o desmaterializarse, de provocar anomalías espacio-temporales o de manipular las mentes de los testigos, nos hace pensar a ciertos investigadores que nos enfrentamos a inteligencias que son capaces de manejar el espacio, el tiempo y la materia a voluntad. Si aceptamos lo anterior, es posible que esas inteligencias también puedan tomar el aspecto de un ser humano, vaya usted a saber con qué objetivos…

Este reportaje fue publicado en el nº295 de la revista AÑO CERO

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