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Líneas rojas con lo verde

Martes 26 de Junio, 2018
El éxito social y el crecimiento comercial que experimenta la “industria de lo verde” nos invitan a reflexionar de modo crítico, acerca de algo que damos por hecho y que va implícito con el mensaje con el que se comercializan estos productos: ¿es sano todo lo que nos venden como verde y natural?

El punto de partida ante un tema tan importante y controvertido como este es muy simple: las empresas se crean para ganar dinero. Y las industrias del sector de la salud alternativa, la alimentación natural y la suplementación no son una excepción.

Es posible que en muchas de ellas, al menos en sus inicios y antes de ser absorbidas por grandes corporaciones, existiesen códigos éticos que priorizaban la sostenibilidad ambiental, el comercio justo, la proximidad, el trato ético a los animales y controles de calidad exigentes, tanto en relación con el origen de las materias primas como con la naturaleza de los ingredientes, su proporción, su procesado, el producto final etc., pero la realidad es que las exigencias de calidad tienden a mermar cuando los beneficios peligran.

A ello se añade el hecho de la diversificación que ese sector está experimentando a través del desarrollo de nuevos productos, que buscan ofrecen mayor variedad a los consumidores, con nuevos sabores, texturas y presentaciones. Hasta hace muy poco, el tofu, el seitán y la soja texturizada, en grano o licuada, eran los productos con mayor presencia y uso.

Hoy el panorama ha cambiado y numerosas legumbres, cereales y semillas se utilizan, en combinación con hortalizas, verduras y frutas convenientemente tratadas, en el desarrollo de infinidad de alimentos «procesados» por la industria de «lo natural».

Es paradójico y puede resultar hasta contradictorio si esa ampliación de la despensa con productos «verdes», «ecológicos», «saludables», «sin aditivos», «sin azúcares añadidos», «libres de grasas trans», etc., realmente no mantiene el espíritu que tradicionalmente acompañaba a estos modelos de alimentación. A pesar de todo, sigue siendo el sector con mayores garantías si decidimos apostar por una alimentación ética y sostenible, sana y segura, aunque ello implique un sobrecoste en la cesta de la compra.

INDUSTRIA CONVENCIONAL
El peritaje del etiquetado, el análisis crítico de sus potenciales beneficios, y el contrastar lo que publicitan son herramientas clave para descubrir fraudes en productos comercializados por empresas falsamente «verdes».

Esa industria, ajena por completo al sector de la salud y el bienestar durante décadas, ha visto cómo la cuota de mercado aumentaba en ese ámbito, y se han incorporado al sector con avidez.

Primero, con reclamos publicitarios ambiguos, usando a diestro y siniestro palabras como «natural», «sano» o «bio», y a continuación, desarrollando productos que a veces van por modas, como ocurre con el hecho de incorporar omega 3, quinoa o fibra a todo lo que seamos capaces de imaginar. A veces, los productos «sanos» se obtienen quitando cosas, como sucede con la lactosa; o bien generando productos «trampa» que gracias a los vacíos legales se presentan como cosas que no son, como ocurre con la creciente gama de charcutería vegetal y apta para veganos que comercializa un gigante del sector de la carne.

Al leer las etiquetas, descubrimos, entre otras cosas, que la clara de huevo es un ingrediente esencial… por lo que no es vegetal ni vegana. Finalmente, otra zona de riesgo a destacar tiene que ver con los zumos y batidos de frutas, popularmente denominados smoothies. Algunos llevan azúcar añadida, por lo que cabría descartarlos de entrada, pero en todos ellos concurren dos factores a tener en cuenta que invitan a su consumo moderado: acumulan mucho azúcar frutal en una sola toma, con su consiguiente «chute» glucémico y exceso calórico; y, en segundo lugar, jamás sustituyen el consumo de fruta fresca por carecer de ciertos nutrientes que se pierden en el procesado o de sustancias clave como la fibra. 

CONVIENE VIGILAR
Incluso en el sector «natural», hay que estar atentos con ciertos productos elaborados para endulzar. La razón es que en ocasiones podemos descubrir fructosa, miel sin suficientes garantías, algún azúcar oculto en forma de jarabe o sirope, e incluso edulcorantes químicos.
También es demasiado habitual encontrar en productos naturales aceites de muy baja calidad y poco saludables, como es el aceite de palma. Lo más recomendable, como siempre, es detenernos un instante y leer con calma los etiquetados, mantenernos escépticos frente a los reclamos y promesas de sus efectos y beneficios, e intentar siempre verificarlos por varias vías. 

De cumplirse las previsiones, desde enero de 2018 tendría que estar listo en España el plan que permitirá reducir hasta un 10% el contenido de azúcar añadido en lo que se anuncia como «un gran número de alimentos preparados».

La buena nueva la comunicó la ministra de Sanidad, Dolors Montserrat, el pasado mes de noviembre en el marco más idóneo imaginable: la entrega de los Premios Estrategia NAOS, Nutrición, Actividad Física y Prevención de la Obesidad.

Esa reducción, al parecer, está pactada con la propia industria, que ha exigido que sea «paulatina» y en «cantidades asumibles», algo con lo que están de acuerdo los expertos de cara a lograr una deshabituación lo menos «traumática» posible. La medida afectará, según las previsiones, a muchos alimentos de consumo infantil, como galletas, yogures, refrescos y néctares.

Un inquietante dato aportado por la Universidad de Harvard cifra en un 60% el número de niños actuales que serán obesos a los 35 años, situación a la que no ayuda que sus ídolos sean los que anuncien los productos insanos.

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