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Probamos el poder de las pirámides y… ¡funcionan!

Martes 16 de Octubre, 2018
Se han levantado pirámides en muchos lugares del mundo, pero ¿por qué? Demostramos en las siguientes líneas que las pirámides concentran alguna clase de energía desconocida. David Zurdo

Recuerdo perfectamente que en la España de los años 80 se puso de moda el asunto de las extraordinarias capacidades de los objetos con forma piramidal. Se publicaron y se vendieron con enorme éxito libros acompañados de piezas recortables para construir pirámides de cartón, con las que los lectores podían poner a prueba tal tesis.

En teoría, estas pirámides preservarían trozos de fruta durante mucho tiempo e incluso evitarían que las cuchillas de afeitar se mellasen y hasta recuperasen su filo. ¿Qué ha quedado de todo eso? ¿Se trata de un fenómeno real o es pura fantasía? La difusión internacional de estas ideas se debió al libro El poder mágico de las pirámides, escrito por Max Toth y Greg Nielsen, y publicado en 1974.

En dicha obra, los autores aseguran que las pirámides pueden obrar casi milagros: además de conservar alimentos y afilar cuchillas, aumentan la libido; mejoran la circulación de la sangre; ayudan a concentrarse, dormir y descansar mejor; reducen el padecimiento de las enfermedades reumáticas; etc. Antes que Toth y Nielsen, a principios del siglo XX, Antoine Bovis, Wilhelm Reich o Karel Drbal aseguraron haber demostrado que la pirámide, como cuerpo geométrico, goza de una serie de cualidades sorprendentes y excepcionales.

ENERGÍAS EXTRAORDINARIAS
Según diversos investigadores, dichas estructuras concentran energía a partir del magnetismo terrestre. Quienes sostienen esta idea afirman, además, que las pirámides poseen la capacidad de mejorar la calidad del agua, recargar pilas y baterías, favorecer la germinación de las semillas, reducir los dolores, aumentar la inteligencia y la vitalidad física, reforzar el sistema inmunológico, acelerar la acción de los medicamentos, eliminar los radicales libres, tan perniciosos para nuestro organismo, y hasta aumentar la efectividad o intensidad de las oraciones y los fenómenos extrasensoriales.

También aseguran que la energía que fluye en las pirámides reordena las moléculas de la materia, viva o inerte, y eso desemboca  en la regeneración de sus estructuras moleculares. Incluso se ralentiza el proceso de envejecimiento. Al menos, esa es la teoría.

Según ciertos textos, para construir nuestra pirámide casera no deben emplearse materiales ferromagnéticos como el hierro, el cobre y el níquel, ni tampoco diamagnéticos como el oro o el grafito. Por el contrario, los mejores materiales serían los paramagnéticos, en especial el aluminio. También es posible emplear vidrio, madera, plástico o cartón.

Supuestamente, la pirámide más perfecta es la que tiene las mismas proporciones a escala de la Gran Pirámide de Guiza: una inclinación de sus lados de 51º 51’ 14”. La proporción no tiene que ser exacta, algo muy difícil de conseguir, pero sí aproximarse al máximo. Una vez hecha la pirámide en miniatura, deberá usarse con una de sus caras orientada hacia el norte magnético de la Tierra, lo cual se puede medir empleando una brújula.

LOS EXPERIMENTOS
Descartados los materiales muy costosos y difíciles de trabajar, usaremos para la serie de experiencias objeto de este reportaje el material más simple y económico: el cartón; o más específicamente la cartulina. Este mismo material era el empleado en los recortables que se adjuntaban con los libros que pusieron de moda el fenómeno del supuesto poder de las pirámides.

Desde mi punto de vista, es el adecuado para que los lectores lleven a cabo sus propias pruebas, si así lo desean. Por supuesto, no basta con llevar a cabo distintos experimentos con una pirámide. Es imprescindible repetirlos con una caja cúbica del mismo material, para discriminar si hay algo de verdad o no en el poder específico de la forma piramidal.

La construcción de una estructura piramidal es sencilla. No obstante, vamos a ofrecer una serie de indicaciones para que sus dimensiones sean las adecuadas. El pri mer paso consiste en adquirir una cartulina lo bastante grande para contenerla –la de tamaño estándar sirve–. Una base de 18 cm de lado será suficiente. Si queremos mantener las dimensiones a escala –aproximadamente– de la Gran Pirámide de Keops, los triángulos laterales deberán medir 14,6 cm de alto.

Así, al plegarse para formar la pirámide, ésta será una copia en miniatura de la original. Podemos dejar unas lengüetas laterales en los triángulos para unirlos entre sí, aunque en mi caso he optado por emplear cinta de carrocero, fácil de pegar y despegar y con suficiente consistencia para el fin deseado. Otra opción es la cinta de celo o cualquier otra adhesiva.

Antes de pegar los lados triangulares, debemos practicar una abertura en la base de unos 15 cm de lado para introducir los elementos del experimento en su interior. El reborde de 1,5 cm en cada lado ayuda a mantener la estabilidad de la cartulina. En cuanto a la construcción del cubo –a fin de repetir los ensayos efectuados con las pirámides y comparar la efectividad de ambas estructuras–, no son necesarias instrucciones especiales. Se trata simplemente de que no se parezca a una pirámide. Por ejemplo, valdría utilizar una caja de zapatos.

Primera experiencia: conservación de alimentos
Siguiendo las recomendaciones de los expertos en esta cuestión, tras construir mi pirámide de cartulina, he usado una brújula –la de mi teléfono móvil– para orientarla debidamente al norte y he esperado la hora de rigor para que se «cargue» de energía telúrica.

Transcurrido ese período, he colocado en su interior un pedazo de manzana y un vasito con un poco de arroz hervido. Los mismos elementos he introducido en el cubo de cartulina para efectuar la posterior comparación. En teoría, el paso del tiempo debería afectar a los alimentos de una manera muy distinta, dependiendo de si están en el interior de la pirámide o del cubo. En la pirámide estos alimentos deberían pudrirse más lentamente o ni siquiera hacerlo. En todo caso, tendría que apreciarse una notoria diferencia.

Segunda experiencia: regeneración de una cuchilla
En este caso he optado por una cuchilla de las que se utilizan para rascar y limpiar placas vitrocerámicas; bastante usada por cierto. Si atendemos a lo que plantean las obras que popularizaron el tema, sus moléculas se reordenarían, multiplicando su duración por unas 20-30 veces. También la capa de corrosión externa debería desaparecer o, al menos, reducirse notablemente.

 

Si el experimento funciona, mi gasto en esta clase de elementos se verá muy mermado. Este tipo de experimentos requiere paciencia. Hay que esperar a que el tiempo transcurra –esto es esencial– para comprobar los resultados con plenas garantías. Durante los días en que la pirámide estuvo ejerciendo su influencia sobre los elementos mencionados, me he sentido tentado de mirar cómo iba avanzando el experimento. Pero finalmente conseguí contenerme.

Y llegó el momento de la comprobación. Lo hice en dos fases diferenciadas: a la semana y a las dos semanas. Puedo adelantar que los resultados me sorprendieron enormemente. Francamente, esperaba demostrar que el asunto del poder de las pirámides era totalmente absurdo. Mi formación científica nunca ha limitado mis horizontes mentales. Al contrario, estoy convencido de la realidad de ciertos fenómenos a priori increíbles y rechazo la veracidad de otros que aceptan la mayoría de las personas.

ASOMBROSOS RESULTADOS
Es cierto que tanto el pedazo de manzana bajo la pirámide como el que estaba dentro del cubo presentaban prácticamente el mismo nivel de degradación. Pero con el arroz el resultado fue muy diferente: el del cubo estaba más viejo y amarillento, más deteriorado, mientras que el de la pirámide se conservó más blanco, menos mermado y con mejor aspecto.

El olfato también confirmó lo evidente: el olor que desprendía el primero era bastante más intenso que el del segundo. En lo que respecta a la cuchilla en el interior de la pirámide, el óxido de su exterior no desapareció, pero nada más tocarla, noté una diferencia: su rugosidad era menor respecto a la que estaba dentro del cubo. A la hora de probarla también aprecié una mejora en su filo.

En las imágenes que ilustran este reportaje se puede comprobar que unas pequeñas mellas en su filo parecen haberse reducido. Insisto en que mi sorpresa ha sido mayúscula. Este experimento demuestra que debemos evitar las ideas preconcebidas, por mucho que en teoría se basen en fundamentos racionales. Es más, a la luz de los hechos, no encuentro una explicación convincente para los resultados obtenidos, a pesar de mi bagaje científico.

Un conocido «piramidólogo», Gabriel Silva, contó en su momento una anécdota sorprendente. En 2005 había dejado un yogur de cabra, sin conservantes, dentro de una pirámide situada en una habitación de su casa. Aproximadamente un año y medio después, ya en 2007, el yogur seguía mostrando un aspecto perfectamente saludable. Silva incluso se comió la mitad.

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